Los juegos infantiles del Chori (Primera parte)

Creo que la razón principal es que me encuentro a pasitos de pisar los 30 y mi transformación de “veinteañero inmaduro” a “viejo choto” es inevitable, pero cada día que transcurre y que aumenta mi cuenta personal, pasean melancólicamente por mi cabeza imágenes de mi divertida, y cada vez más lejana, infancia.

Son latentes los recuerdos de esos entrañables noventas, donde la mayoría de los argentinos veían el cable en los modernos televisores 29 pulgadas y gastaban sus sueldos en innecesarios electrodomésticos; mientras chilenos, norteamericanos y europeos se disputaban una parte del territorio y minerales de propiedad nacional.

El deporte, y especialmente el fútbol, se robaba una generosa porción de mi tiempo, así fuese practicándolo o simplemente observando a otros hacerlo, ya sea en la tele o a pasos de mi nariz.

Como todo pibe noventoso, las preocupaciones eran mínimas y la imaginación volaba a niveles inalcanzables a la hora de crear una forma de diversión, previo a que el sexo y las mujeres asaltaran injustamente nuestras mentes. Con mi grupo de amigos inventamos un sinfín de juegos deportivos que despojaron horas y horas de inocente infancia, libre de redes sociales y de difícil acceso a la pornografía (gloriosas las páginas de la revista que consiguió el Chichan).

La siesta era nuestro aliado y la tarea en casa el enemigo.

En los siguientes párrafos le brindaré a mis escasos lectores una lista de los divertimentos que alegraban nuestras tardes de barrio y que nunca pudimos registrarlos, así que son libres de tomarlos prestados. En esta primera edición, enumeraré los que practicábamos en la casa del Chipi, un inmueble arquitectónicamente mágico para nuestras invenciones juveniles, que contaba con una sola contra: la señora N., madre de nuestro amigo y propietaria del lugar, quien desplegaba todo su repertorio de insultos (con razón) cuando invadíamos su territorio, regando hormonas preadolescentes por doquier.

“Vení, vení, le dice”

Breve descripción: El “vení…” se jugaba de a dos en un espacio perfecto, celosamente ideado inintencionalmente a nuestro favor por el padre del Chipi, que formaban tres escalones que daban paso a un segundo acceso a la vivienda. El primero de ellos hacía las veces de arco y la vereda delineaba los límites de la cancha. Uno de los protagonistas trasladaba una pelota de tenis y a través del grito de guerra “Vení, vení, le dice”, solicitaba al portero a que abandonara su arco y fuese en busca del balón a toda velocidad. Quien portaba el diminuto esférico debía eludir al “1” cumpliendo ciertas reglas y, una vez el jurado aceptara la maniobra como “mareada”, disponía de un tiro para anotar. En caso de errar o no poder cumplir con el objetivo de gambetear al rival, los roles se intercambiaban. La línea divisoria entre pasto y baldosa cumplía el rol de “casa” del poseedor de la bola en el caso que requiriera de una nueva estrategia. El portador de la pelota contaba con una opción única de utilizar un solo “Andate, andate le dice”, cuando creía oportuno alejar al obstinado oponente, quien obedecía cual perro guardián a su perverso dueño.

Detalles inútiles: Cuando uno se sentía jocoso (?), solía jugar con el lenguaje y confundir al arquero con frases similares a la que daba nombre al juego, pero que variaban en alguna letra o cita, tal como “vení, vení le diJe”, que servían para distraer al rival y distender el tenso ambiente. Muchos parches ganaron el lugar de las rodillas de mis joggings debido a este juego, ya que el rol de portero conllevaba arrastrarse cual porcino en el lodo. Salieron más versiones del “Vení”, hasta una que incluía penales, pero, como el destino de toda secuela, no fueron tan exitosas como la original.

Impacto socio-político: Desvalorización indisimulada de la posición del arquero en el fútbol, definiendo al mismo como un simple títere, dependiente del capricho del pícaro y mejor remunerado jugador de campo. Promoción de la discriminación y la esclavitud, donde el que maneja el balón es quien manda, y el portero el ser inferior que obedece sin chistar. Nacimiento del bullying.


“Toque”

Breve descripción: Una deformación del ultra conocido “dos toques”, aunque con algunos condimentos adicionales que lo definían adictivo. Dos jugadores, una pelota dura, uno contra uno, un toque cada uno (cabeza habilita), mano vuelve a su arco, los de afuera son de palo (?). Lo original en el juego se hallaba en el sistema de campeonato, todo un preludio de los actuales torneos de AFA. Todos contra todos, el que más puntos saca es campeón y el último debe enfrentar al hermano del Chipi, unos cinco años menor, en una especie de promoción por el ascenso. Si bien el Juancito, así su nombre, era un rival endeble y limitado por su corta edad y estatura, los duelos contra él cobraban la emotividad de las ya erradicadas promociones del fútbol local. La posibilidad de perder repercutiría en la psiquis del derrotado para toda su vida, no sólo por las incansables gastadas que recibiría, sino además que debería comerse toda una rueda mirando al resto competir, incluso al Juancito.

Detalles inútiles: El “Toque” se vio abruptamente interrumpido el día que un pelotazo impactó de lleno en la cara de la hermanita del Chipi. Las excusas y disculpas planteadas ante su madre fueron vanas para impedir la prohibición de hinchas visitantes y del desarrollo normal del deporte.

Impacto socio-político: El hecho de que en la promoción todos estuvieran del lado del Juancito, es decir, el más débil, colaboró con la aparición de la Asignación Universal por Hijo en el futuro. Si Siria finalmente no fuese invadida por Estados Unidos, mucho de ello se debería al Toque.


“Teja”

Breve descripción: Una vez más, los dioses que idearon la casa del Chipi nos regalaron un recoveco en el frente, perfecto para practicar esta disciplina, que constaba en arrojar un balón al sector del techo que contaba con tejas y una pendiente, aguardar a que la gravedad realice su trabajo, y luego luchar por cabecear el cuero para introducirlo en una ventana con rejas, que cumplía la función de arco. La emoción radicaba en el hecho de que ninguno sabía dónde caería el objeto cilíndrico y en la disputa por impactarlo, que en algunas oportunidades ocasionaba rasgadura de vestimenta y golpes bajos ilegales.

Detalles inútiles: Lamentablemente para la señora N., el piso de la cancha era un cantero con flores, las cuales morían indefectiblemente en una batalla desigual contra las suelas de nuestros calzados. Este detalle tornaba casi imposible practicar el Teja, limitando el momento de jugarlo sólo cuando la mujer dormía o se ausentaba.

Impacto socio-político: Colaboración directa con la casi extinción del pichiciego en Mendoza, la elección de un presidente negro en USA y de un hincha de San Lorenzo al frente del Vaticano. Causal principal de la elección de una promotora de Speedy como reina departamental de Las Heras.

Nos reencontramos (?) en la segunda parte, con menos minas en pelotas y más videos de Youtube.