El fantástico parque de diversiones de mi pueblo

Bueno, siguiendo con la segunda parte de mi relato (click acá para ver la primer parte), si había algo que entretenía a las masas en mi pueblo, además de tigres chocofagos, eran los parques de diversiones. Generalmente, este menjunje de arandelas oxidadas y autitos chocadores todos abollados venían para la época de mayo o junio, cuando en los otros lugares ya se habían podrido de los parques de diversiones.

Se instalaron en el descampado roñoso que dejaron los Hermanos Macana. Vamos a tratar de no  quemar tampoco a este simpático parque que todavía anda dando vueltas por los pueblos, asique lo vamos a llamar “Sabot”. El Parque Sabot tenía atracciones que mas que atracciones eran repulsiones: un gusanito loco que de loco no tenía nada, una montaña rusa más corta que patada de chancho, unos tiros a unos patos con un aire comprimido que tenia la mira desviada, el negro Eto´o vendiendo garrapiñada y finalmente el famoso barquito vikingo. La particularidad de este barco era que, a diferencia de otros parques, este no tenia frenos, sino que lo frenaba un tipo al costado de la maquina. Ponele que se llamaba “El Flaco Aguirre”, bah así le decían, nunca supe el nombre. El Flaco siempre llegaba a la noche al último, por eso el barquito vikingo era el último que empezaba a funcar en ese antro.

Acá conviene hacer un paréntesis  y describirlo al Flaco Aguirre: rubio, pelo largo mas allá de los hombros, camisa floreada que en cualquiera de nosotros se veía híper bala, pero a él le quedaba como si recién venia de Hawaii, unos pantaloncitos blancos que al final de la noche quedaban negros y unas zapatillas de esas con onda de fiesta. El loco se cargaba con una facha impresionante, todas las minas hacían cola para subirse al barquito vikingo. Nuestra bandita, al verlo a este no dejar títeres con cabeza, planeábamos una venganza. Nunca pudimos hacerla, el Flaco encima era muy buena onda: nos daba vueltas gratis, le decía al Negro Eto´o que nos regale garrapiñada y nos hacia el gancho con alguna minita, siempre que primero le haya dado bola a él, ese era el único peaje  que aceptaba como recompensa.

Era gracioso verlo al flaco, cuando se hacia la hora de bajar a la gente, colgado del barquito, yendo y viniendo arrastrando sus zapatillas blancas en la tierra hasta frenarlo… todos nos quedábamos pasmados, y las minas haciendo un charco en el piso que al final de la noche era un barrial todo a la vuelta del juego. Así son las minas de Mendoza en los pueblos, se calientan de cualquier cosa.

Al final el Flaco Aguirre se quedo entre nosotros, se fue el parque y el siguió acá nomas, culiando como hijo de cafiolo.

El que si se fue y dejo el tendedero fue el Negro Eto´o. Era casi como otra atracción su sola persona, todos íbamos al grito de: “¡Foto con el negro, foto con el negro!” y los llenábamos de flashes al congolés. Lo que no nos enteramos en ese momento era que el negro llenaba la panza de huesitos mientas a él lo llenábamos de flashes: allá por marzo del otro año, empezaron las primeras huellas de los pasos del Negro por mis pagos: 4 pichones de Pele aparecieron de la nada en el pueblo.

Inútil fue echarle la culpa a los trabajadores golondrina que venían norte, todos sabían que eran tímidos, introvertidos y rescatados… además la genética cuando quiere es flor de hija de puta, ¿vieron que los morenos norteños tienen una tez marroncita tipo dulce de leche?, es un rasgo bien distintivo. Pero no, estos retoños tenían ese halo violáceo azulino, esa oscuridad que de tan oscura es azul. No cabía la menor duda, eran hijos de Eto´o… pero para ese entonces ya el negro estaba de carnaval por el norte o vaya a saber por dónde. No volvió al otro año, probablemente olfateó el linchamiento que le estaba esperando, o quizás simplemente se harto de los flashes.