Una mujer magnífica… simplemente ese fue el adjetivo

Retumban las bocinas y el ruido de los molestos parlantes sigue repicando en mi cabeza. Alcohol en cantidades poco recomendables y más cigarrillos de los que normalmente se cuentan son los únicos testigos de este momento. Llenarme la cabeza de ruido y banalidades parece ser la única escapatoria. No logro esquivar su imagen en mi mente por más voluntad que empeñe. Consejos miles y de los buenos, de esos que vienen de amigos de las entrañas. No puedo seguir ninguno, los escucho por el respeto que le tengo a la buena intención. Las horas siguen pasando. El desfile continúa incesante, las miradas, las sonrisas, las invitaciones… nada de eso logra captar mínimamente mi atención. Solo puedo procesar imágenes recurrentes de nuestras andanzas. De “ella”… Ella que hoy no está. Ella que ya no es más MI “ella”.

Espléndida fue el primer adjetivo calificativo que pude emplear apenas la conocí. No podía siquiera pensar en cuestiones mundanas ante la realeza de su presencia. Reina sin corona, abanderada de la femineidad perdida. Su estandarte debilitaba hasta los más seguros asegurados.  Y ahí estaba yo frente a ella. Un apostador fuerte, sin miedo a arriesgarse. Sabía que con ella no existían los términos medios, era jugar un “all in” y esperar a que la fortuna se apiadara de mis sentimientos y me jugara una buena pasada.

La atracción mutua fue inevitable e incontrolable. Los dos contábamos con más décadas de las que se aconsejan para el amor a primera vista. La experiencia siempre fue un verdugo insoslayable al momento de decapitar falsos encantamientos y verdades de perogrullo. Pero ahí nos encontrábamos frente a frente, desafiando al destino, a las casualidades y a las causalidades. Nos enfrentamos a ese sino cruel y determinado, vilipendiando absurdas esperanzas que pronto encontrarían noble asidero en corazones mellados por lágrimas sin dueño y cicatrices que no reconocen horizontes esperanzados y siguen recordando con sus marcas los desengaños de los fracasos vividos.

Pero sobre todo eso primó el encantamiento. Ella, amiga de una antigua administración, que al día de hoy siquiera recuerdo su mirada. Pero ante todo honesta y determinada. Jugadora de fichas traer, pero mostrando siempre la verdad de los cantos de las nereidas. Fiel a su estilo y a sus convicciones, redobló la apuesta ante la adversidad y conquistó sin ton ni son a este corazón que no conoce de esperanzas y que solo se guía por la amargura del que se sabe conocedor. Rompió los esquemas en la noche de los tiempos sin tiempo. Jugó un pleno esperanzador que derrocaba cientos de prejuicios inanes.

Los planes y las expectativas se multiplicaban día a día. Mis sueños comenzaron a ser compartidos y nuestros objetivos se vieron afortunadamente entrecruzados. El destino esta vez, decidía que podría ser feliz por más de que las vivencias pasadas determinaran lo contrario. Un torbellino de ilusiones llenas de magia guiaba nuestro camino. El convencimiento era pleno, la decisión ya estaba tomada. El momento había llegado… y había llegado en el momento justo.

El tiempo cruel pasó y fue evidenciando nuestras carencias, que a priori, podían ser vencidas por nuestros sentimientos, pero que con el tirano discurrir de los días fue poniendo de manifiesto diferencias irreconciliables. Días de furia, de dolor, de frustración teñían lo que otrora supo ser un fértil campo de esperanzas, donde solo se cultivaba el amor. Los más crudos inviernos castigaron esa cosecha que tuvo certeza en los comienzos, pero fue debilitándose con los golpes del día a día.

Doy vuelta la página, pero sigo pensando en las letras del párrafo anterior. ¿La decisión fue la correcta? Siempre fui un altruista desmedido, sobre todo en cuestiones del corazón. Pero esta vez, si bien sabía que estaba haciendo lo correcto, no se sentía así. El gusto metálico que tiene el adiós cuando tiene que ser definitivo, sazonado con lágrimas que no fueron, pero que se sintieron en el corazón. Esa tristeza crepuscular que no se expresa, para no ser “usada” como absurda excusa cobarde, pero que penetra las entrañas hasta lastimar.

“Y la vida siguió como siguen las cosas que no tiene mucho sentido”… Hoy lejos de la certeza, la recuerdo y la evoco en mis delirios provocados. Sueño con ella y con su ideal. La quiero, pero por sobre todo la quiero bien… Por eso es que esta vez, tuve que elegir dejarla ir. Con todo el dolor del alma y el arrepentimiento que me perseguirá incesantemente durante los pocos o muchos días que me queden por vivir. Con la convicción de que fue la decisión más dura, la que me haría más infeliz, la que me atormentaría a cada paso… pero la que a ella menos le dolería. La amé hasta el instante en el que nos despedimos, y sospecho que un poco más… por supuesto que no se lo dije.

Pasan las hojas, vuelvo sobre el tintero, miro de reojo esa pila de libros a los que “les estoy debiendo un tiempo” y no puedo parar de pensar en ella. No puedo enfocarme en otra cosa desde el momento en que la conocí, hasta el día que nos dijimos ese definitivo “adiós”. El pecho sigue sintiendo esas punzadas amargas y le recuerda a mis recuerdos los besos y las sonrisas compartidas. El dolor –cual noble escudero- ladea mis sentimientos y los acompaña callado hasta el abismo de la voluntad.

Miedos y frustraciones se vuelven patentes. Interminables “te lo dije” que condimentan aún más la desoladora escena, convierten mi realidad en un calvario. Un laberinto con dos minotauros. Un tren sin salida. Vuelvo sobre mis reflexiones e intento dilucidar qué pasó. Muy dentro de mí quizás siempre lo supe, pero inconscientemente no lo quise ver. Busco paz en la certeza y a cambio recibo resignación cobarde en la experiencia. No encuentro caminos que me lleven a ninguna parte, no encuentro rutas para alejarme de ella… pero sobre todo no logro dar con el verdadero camino hacia su corazón, hacia ella que es fuerte de raíz…

Magnífica… ese fue el segundo adjetivo calificativo que se me cruzó cuando la conocí… Y probablemente sea con el que la guarde en un lugar especial en mi interior. Y como un ave exótica y hermosa quizás no esté determinada a atarse a los designios profanos y mezquinos de sociedades post-socráticas, pseudo-nihilistas que urden escaramuzas por lo bajo mientras se vanaglorian en sus colectivos inconscientes. Quizás los tiempos no fueron los acertados. Quizás no pudimos darle la importancia que correspondía. Quizás no nos supimos escuchar. O quizás ella era demasiada reina para este simple peón.

Magnífica… ese fue el adjetivo…