Curiosa y placentera anécdota de un enero bárbaro

No sin cierto morbo, el 30 de diciembre de 2008 corté con Rebecca. Corté porque era la clase de chica que le gusta a mamá, porque me no entregaba el culo y porque el calor me pone de mal humor. La soledad fue un alivio y un desconcierto. Decidí comprarme una pelopincho; chiquita, como para que sea fácil de limpiar y llenar.  Cerveza y un libro. Enero iba a ser eso.

Me voy al Wallmart tipo 2 de la tarde porque a esa hora la monada duerme la siesta y está tranqui. Hacen 258ºC: los perros que me cruzo están metidos en el agua. Una compulsión canina muy mendocina. En otras ciudades los perros simplemente se cagan de calor.

Vuelvo, torpe, con un paquete enorme al borde del shock por calor. Entro al palier y me  intercepta Bárbara, mi vecina. La gordita de arriba.

– ¡Qué lindo te compraste una pile!

– Sep. Me pudrí del río del orto que no tiene un puto árbol y de las piletas con pis.

– Avisame cuando la llenes así me invitás a tomar sol.

– Daaale… Venite mañana y listo.

– ¡Me encantó!

Después de esa charla estupidísima, armé mi pile con mentalidad egoísta. Se llenó rápido; le puse alguicida, (si la hacemos la hacemos bien) y cloro. Leí al sol, que es la única forma en que puedo estar quieto al sol. Releí a Borges en su ensayo sobre el Martín Fierro y un libro mínimo de ediciones Osprey sobre los Chasseurs a Cheval de la guardia.

A las 20:30 de la noche entendía los aspectos según los cuales la  poesía gauchesca inició y terminó con Hernández y la disposición en anillo defensivo que ejecutaban los Chasseurs al detenerse el carruaje del Petit Caporal. Una tarde maravillosa.

Me ilumino y dispongo una forma para traer el televisor y la play al lado de la pile y jugar al GT4 y al Resident Evil 4 que me tiene del orto.

Soy un geño. Me acompaña una Corona apoyada en el esquinero de la pile. Juro no ir más a la Arístides. Se me hacen las 00:23 y me debato entre irme a la cama caliente o quedarme un rato más arrugándome las pelotas y hacer una etapa más.

No da, pero me voy a dormir. Mañana hay que laburar. Pero es enero: voy a hacer como que laburo.

Vuelvo del yugo y me esperan la pile y dos libros: “El Afrika Korps” de K.J. Macksey, un tratado conciso pero estricto sobre esa épica y “Livro do Desassossego” de Pessoa, que leo en portugués, porque soy un grosso. Para el atardecer entiendo que la derrota de Rommel fue primero una imposibilidad logística y que Pessoa (que es de lo mejor que leí en poesía) está bueno para levantar minitas medio emo.

Suena el timbre.

Me hago el pelotudo, porque estoy en bolas metido en la pile y porque me disponía a matar zombies en la Play y porque es probable que moje el living solo para atender a un monigote que vende escobas. Suena otra vez. Ok… Me pongo algo que tengo a mano, abro y es Bárbara. Creo que es la segunda vez que me pasa esto de decirle a alguien, “venite después”, asumiendo que no va a venir, pero se aparece. La primera fue en el `93.

Bárbara  apenas viste short de jean, ojotas, top de la bikini roja. Buenas tetas. Culo grande, rollitos asomando. Dos Corona de las grandes en la mano. Bien ahí.

­- ¿Eh como andás? Pasá.

– Cagada de calor estoy boludo, metámonos a la pile.

– Dale.

Bárbara tiene esa cosa abrumadora de las gorditas: la seguridad de las tetas grandes y la desfachatez del mito de putonas. Se saca el short y se mete, abriendo primero una cerveza. Hablamos de todo. De los noticieros, de libros, de pelis. Sostuvimos una discusión según la cual a mi Harry Potter me parecía una cagada. Mi argumento sostiene un error estético según el cual si a un pendejo que entra a una escuela de magia le dan una varita de madera para canalizar los Abrakadabra, debería haber un correlato físico a medida que aumentan sus poderes. Por ejemplo un grosso como Voldemort debería usar un báculo o cetro o algo más interesante que un palito de madera que le dan a los pibes en 1º año de Hogwarts. Afirmo dando de ejemplo a Gandalf que cuando es Gandalf el gris tiene un palo largo todo nudoso y cuando se convierte en El Blanco aparece con un báculo de marfil muy cool. Además carga una espada muy heavy. Eso es un mago. Me dice que como soy hombre me fijo en esa clase de aspectos fálicos. Le digo que en general Harry Potter me parece un choreo barato. Que soy fan de Star Wars y que los sables de luz son lo más y que Obi Wan a Voldemort lo parte como un queso mantecoso.

– Culiado me voy. Es la 1:30 y yo hablando con vos de espadas y magos. Mañana vengo.

– Bueno, te espero.

En al laburo se rompió el aire acondicionado y hacen 39ºC. Vuelvo a casa desvastado. Me meto con Brooklyn foolies de Paul Auster (lo leo en inglés porque soy grossísimo); el final me desconcertará más que cualquier otro libro del autor. Tanto que decido dejar de leer a Auster. La idea de la pileta  es la mejor idea que he tenido en años. Habré leído 4 capítulos cuando cayó Bárbara. Trae una botella de ron, limones y una bolsita con menta. Qué clara la tiene.

– Decime que tenés hielo.

– Mucho tengo. Hago hielos con los tupper y los voy juntando.

– Y yo que pensaba que eras un boludo.

– ¿Vas a hacer unos mojito, hija de puta?

– No, voy a cocinar una paella.

El alcohol y las discusiones absurdas de la noche anterior lubricaron la confianza entre nosotros. Me meto mientras ella aborda la cocina. Incluso usa un mortero que me trajo mi ex de Perú que yo ignoraba. Una grossa.

Se mete a la pile con los dos vasos. La misma bikini roja.

– Vos y yo deberíamos coger, así me puedo meter en bolas.

– No hace falta que garchemos para que te quedes en bolas

– Pero me da cosa que me veas las tetas si no cogemos.

– Que boluda sos.

– Bueno, también tengo ganas de coger.

– Boluda te puedo citar así no más, tres razones por las cuales no deberíamos garchar.

– No me interesan pero por curiosidad decímelas.

– Primero: sos mi vecina. Tener una amante de vecina es para quilombos. Segundo: acabo de salir de una relación. Estoy emocionalmente sensible (las mujeres creen que no, pero los hombres sufrimos). Tercero: estoy escribiendo esto para el Mendolotudo y los relatos sexuales me tienen las bolas chatas. No quiero caer en ese recurso para que me aplaudan un par de postadolescentes pajeros.

­- Yo lo único que  te digo antes de que termine enero vos y yo cogemos.

– Me voy a matar a pajas así no me hacés caer.

Se sacó el top de la bikini con cierto gesto, para ver que me pasaba. Soy un hombre sofisticado, no un chimpancé sin pelo. Miré descaradamente, porque la discusión me lo permitía, devolviendo el gesto de superación.

– Buenas tetas.­

– Ya lo sé, gracias. Hacéte la idea de que las vas a tener en la cara en algún momento.

– Bueno.

Esa tarde se quedó solo hasta las 11. Se puso la remera y se llevó el top de la bikini en la mano. La tarde había sido un interrogatorio sobre mi ex y mis ex anteriores. Y sobre mi ex esposa. Ella preguntaba, yo contestaba. Averiguó los detalles escabrosos y yo se los conté, porque Bárbara, aunque vive arriba mío, está fuera de mi mundo. No conoce a mis amigos, ni a mi familia ni a nadie. Es buena charla la gordi.

Hoy es sábado, calor del orto. Busco varios libros en la biblioteca para variar con el que estoy leyendo de Auster. Hacia el mediodía encuentro un error en la ilustración de un libro sobre francotiradores. Un tirador selecto del RI25 en Malvinas armado con un M21 con visor nocturno que hasta donde sé no estuvo nunca en servicio. Subo la ilustración al foro de Zona militar para preguntar qué onda. Mientras, almuerzo un sándwich de pollo, tomate, lechuga y aceitunas. Uno del foro me dice que muy probablemente el autor confundió el M21 con alguno de los Garand-Beretta que tenía la infantería de marina. Ok…A partir de entonces empezaría a dudar de todo.

Hacia las 4 de la tarde aparece Bárbara, short, remera y en patas. Viene con una caja en la que hay dos sidras, un champagne y un Ananá fizz. Mete todo en la heladera, se saca la remera (no tiene el top), el short y se mete a la pile.

– Que bueno que me voy a broncear las tetas. Estoy chocha.

– Ves que con hablarlo ya estaba.

– Si, igual me jode que no quieras coger.

– No es que no quiera… Cambiemos de tema, ¿ok?

– Ah entonces me tenés ganas.

– ¿Viste algo copado que den en el cine?

– Están dando una de un libro de Jane Austen con Keira  Knightley.

– Tengámosla en agenda.

– Son las 4:40 de la tarde. A las 8 quiero estar revolcándome con vos adentro.

No dije nada, porque hay un punto en que los hombres intuímos a la sensibilidad femenina al borde del colapso de la misma forma en que  los animales perciben un terremoto. En general, no tenemos el nervio para enfrentar esa circunstancia.

Hacia las 7 de la tarde una serie de nubarrones oscuros interrumpieron una charla sobre comida peruana. Nos metimos con los primeros gotones más que nada por el tema de los rayos. Bárbara en tetas, me  agarró de la mano y me llevó a mi habitación. Me besó como si me amara. El debate físico a continuación fue motivador, extenuante y duró lo que duró la tormenta. Hacía ese calor de las tormentas de verano. Ni nos dijimos nada y nos metimos en la pile que era como una bendición.

– Como me cogiste putito; ¿viste la que te ibas a perder, no?

– Te aprovechás de un hombre sensible.

– Seh, seh…

Me asaltó sexualmente en el sofá, antes de irse, asumiendo mi permiso. A Bárbara no se le puede decir que no. Me metí en la pileta otra vez. Esa noche dormí sin sobresaltos y sin apretar los dientes.

El domingo, Bárbara no apareció. Dediqué esa soledad a una serie de volúmenes sobre la guerra de Indochina. Me distendí releyendo una novela gráfica de la Doom Patrol escrita por Grant Morrison. Los americanos debieron verla venir; Morrison es un geño de los geños. Al atardecer perseguí records en carreras de 25 vueltas en el GT4.

El lunes Bárbara apareció con un kilo de helado en  la mano.

Lo metió en el congelador y se sacó la remera.

– Después te lo pongo en la pija y te lo chupo. Ahora no, hace mucho calor.

Hice un gesto de aprobación.

– ¿Me extrañaste ayer putito? Me fui a la pile de una de las chicas.

– Mínimamente. ¿Cuál?, ¿la hija del bodeguero que tiene perturbaciones alimenticias?

– Esa. Se murieron todas con mis tetas bronceadas.

– ¿Vos venís a mi pelopincho cuando una de tus mejores amigas tiene pileta?

– Si, mirá: vos sos más interesante para charlar, sos raro (la palabra no es raro pero no me sale), pero interesante; mis amigas tienen unos novios que son unos giles y además vos estás más cerca de mi casa.

– Ligeramente excéntrico es el concepto que buscás. Motivos demoledores, claro.

– Y con vos cojo.- Me dice mientras me mete una mano en el culo con un dedo invasivo.

Esa tarde Bárbara me acorraló hasta que tuve que preguntarle sobre su vida sentimental. Supe que tiene novio. Un gordo bodeguero que maneja una Audi re cabeza y que la quiere para casarse, tener hijos y quedarse en la casa dándole latigazos a las mucamas mientras el se estressa todo el día y la coge mal los fines de semana.  Bárbara tiene planes menos estrictos.

– Yo podría pasarme el resto de mi vida haciendo esto Salvador. Viniendo a tu casa cuando salgo de trabajar, tomar algo, hablar de pelotudeces y que me arranques el clítoris a chupadas antes de irme a dormir.

– Es un plan tan bueno como cualquiera.

– Voy a hacer eso.

– Bueno.

Escrito por Bob Saccomano para la sección