El mejor amigo del hombre… mi mejor amante

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Hace cuatro años me separé de mi novio y, desde ese entonces, nadie ha vuelto a posar su lengua entre mis labios vaginales. El por qué, no estoy tan segura. Sí sé que siempre sentí como que el sexo oral era algo más íntimo. Como que me cuesta separar mis muslos y ofrecerme a la boca de cualquier hijo de vecina. Entiendo que es ilógico, casi incoherente, pensar de esa manera y luego cabalgar sobre cualquier verga que se cruce en mi camino, pero es así como lo siento.

Cuatro años sin que succionen mi clítoris, sin que me penetren con una lengua, sin que se beban mis fluidos y hagan explotar mis entrañas. Cuatro años…

Un día, tirada en el piso del living de mi casa, sola, tratando de concentrarme en las dos páginas que había releído durante dos horas de un libro que me prestó una amiga, sentí cómo un fuego empezaba a encenderse adentro mío. Me invadieron unas ganas de coger increíbles. Eran las dos de la mañana y yo estaba acompañada de mi insomnio de todos los jueves. Corrí el libro hacia un costado, agarré la notebook y abrí diferentes páginas pornográficas: algunas de relatos eróticos, otras de videos, otras simplemente de imágenes. Empecé por las imágenes. Me gusta mirar de mujeres desnudas, no por ser lesbiana ni nada por el estilo, sino porque el cuerpo de la mujer es hermoso: pieles lisas, suaves, sin vellos (en algunos casos, sólo púbicos), maquilladas, bien peinadas. Independientemente de sus curvas (más o menos pronunciadas), o las marcas que puedan tener en su piel, siempre es un deleite ver una mujer al desnudo.

Con la mano derecha iba manejando la máquina, mientras que el dedo índice de mi mano izquierda acariciaba mi clítoris, despacio, lento. Quería demorar el orgasmo lo más que pudiera.

Después de ver todo el material recopilado para mi masturbación, mi vulva estaba jugosa, pero no sentía que mi orgasmo estuviese próximo. Pensé: “quiero coger, pero no conmigo misma, no con mi mano”.

2:40 am. Ya era un poco tarde como para mensajear a alguien, pero me lo han hecho a mí en otros horarios y más que negarme o no responder, no he hecho nada. Agarré el celular y revisé la lista de contactos de mis amantes sexuales. Cinco minutos era el tiempo de espera entre un contacto y otro y sólo cuatro eran los candidatos con más posibilidades de acierto.

De los cuatro, dos no respondieron, “no puedo, mañana tengo que madrugar” y “estoy de viaje” fueron las únicas respuestas.

Volví al material que tenía para retomar mi masturbación. Mi calentura había aumentado por la ansiedad de las respuestas y por la bronca de no conseguir una positiva.

Esta vez en mi cama, desnuda completamente, separo mis piernas y las dejo curvas sobre el colchón. Ahora con mi mano derecha completa, acaricio mi vulva desde el lugar donde escurría hasta mi pelvis. Embadurné toda mi concha con mis jugos y la masajeaba en círculos, metiendo a veces el dedo mayor en mi interior, y otras con el pulgar masajeaba mi clítoris. Me movía, gemía, decía cosas en voz alta para jugar con mi cabeza. No había manera de poder explotar. Mi perro me ladraba aunque yo no entendía por qué, si había presenciado un millón de cogidas en esa cama y en cualquier parte de esa casa.

Me pongo boca abajo para ver si así podía encontrar ese orgasmo perdido. Me monté sobre mi almohada para simular un cuerpo y puse un consolador en uno de los extremos. Me frotaba contra la tela y saltaba sobre ese aparato, pero no podía lograrlo.

Me estaba poniendo histérica y por demás nerviosa. Nunca me había costado tanto acabar. Mi perro que seguía ladrando, yo que estaba empapada de tanto sudor a pesar del ventilador y el aire fresco.

Vencida por el cansancio y la indignación, tiro todo de arriba de la cama y me levanto a buscar una botellita con agua fresca, un pucho y a esperar que se me pase un poco todo. Quizás, si me relajaba un poco y hasta me diera una ducha, podría lograr reventar mi interior y hasta tener orgasmos múltiples por tanta excitación.

Desde que me levanté de la cama, mi perro (Bernardo), me seguía por donde iba. Mientras buscaba el agua, se me sentó al lado y me olfateaba las piernas. Yo le acariciaba la cabeza y el lomo como hago siempre que está cerca de mí. Él seguía olfateando y persiguiéndome por toda la casa.

Después de un buen baño, volví a mi cama. Me quedé un rato acostada sin hacer nada y mirando la nada. Mi cuerpo todavía no se había calmado, mis sensaciones tampoco. Me rozo la entrepierna y nuevamente estaba humedecida. “Mataría porque alguien me lamiera entera ahora”, pensaba mientras volvía a untar mi clítoris con mi miel natural.

Volví a separar mis piernas y esta vez me ensañe con ambas manos. Iba a lograr el éxtasis a costa de lo que sea.

Me mordía los labios y respiraba fuerte cuando sentía que llegaba, pero nada.

Harta de la situación, miro a mí alrededor a ver qué más encuentro para agilizar todo, pero no encuentro nada. Sólo lo veo a Bernardo a un costado de mi cama, sentado y mirándome, con la lengua afuera, colgando, respirando fuerte, como si estuviese sediento. Miré su lengua y sentí que podía acabar en ese momento. Me seguí tocando mientras lo seguía mirando.

-¿No te gustaría lamerme un poco, Bernardo? ¿Chupar cada rincón de mi concha empapada de jugos calientes, de mordisquearme el clítoris, de pasar tus uñas por mi raja como si quisieras meterme los dedos?

La idea me excitaba por demás y no podía seguir soportando estar en ese estado. Lo llamé a Bernardo para que subiera a la cama. Él lo hizo y se puso a mi lado a olfatearme. Sabía que sentía el olor a hembra en celo, a hembra con necesidad de ser penetrada por cada agujero disponible, de ser montada y montar una verga dura y caliente, de que revienten su culo con bombeos fuertes y desgarrantes, que la unten con litros de semen por todo el cuerpo, que la humillen y la idolatren al mismo tiempo por ser tan puta en la cama.

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Agarré a Bernardo de la cabeza y lo puse entre mis piernas, dejando mi concha a su merced.

-¡Chupamela toda, comete toda mi concha, soy tu dueña y te ordeno que me des ese placer! ¡Cogeme con esa lengua aspera y fina! Lameme el flujo que se me escurre hasta el culo! ¡Cometela, cometela! Así, me encanta, dale – gritaba entre gemidos a mi compañero, quién, por fin, logró que empapara mi cama por tres orgasmos consecutivos.

Cuando terminé, relajé mis piernas y le hice señas a Bernardo para que se acueste al lado mío.

-Ahora entiendo por qué los llaman “el mejor amigo del hombre”…  Bueno, sos el mío ahora, Berni – le decía, entre risas, a mi mascota.

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