Siempre lo fuí

Las calles Lujan siempre me han parecido lindas a pesar de su mantenimiento deplorable. Caminaba con paso decidido, siempre he sido de caminar muy rápido, dando zancadas, es algo que ha causado la molestia de varias amistades con pies aplomados.

Levanté la cabeza y me la topé de frente. Ahí estaba ella, una chica que no destacaba por su belleza, me parecía muy linda, su corporalidad, su pelo y ese lunarcito en su cuello hacían que la fémina en cuestión llamara la atención. Pasó sin siquiera mirarme, giró a la derecha por Taboada y se metió en un local donde vendían telas.

Tramites importantes, esos papeleos interminables que parecieran estar buscando problemas y mordiéndote los tobillos, una piedra en el zapato. Esperaba sentado que me llamaran por el número cuando la vi nuevamente. Inesperadamente. La chica atendía con gracia y simpatía, ponía sellos y se encargaba de que la gente terminara una parte pequeña de su trámite.

Busqué su mirada en varias oportunidades sin respuestas positivas hasta que el anuncio del número ochenta y tres  que estaba en mi mano sonó por el altoparlante.

–          Hola ¿Cómo andas? Vengo por el sellado.

–          Eh ¿Por qué esa carita? A ver, pasame el papel… yo bien ¿vos?

–          Ja! Bien… si, es que anoche tuve un cumpleaños y bueno, hoy había que laburar igual…

–          Esta re bien, hay que ser responsable, tomá.

–          Muchas gracias ¡nos vemos en el próximo trámite!

–          Dale ¡te espero!

¿Nos vemos en el próximo trámite? Bueno… ¿Qué clase de estupidez es esa? Tendría que por lo menos haber averiguado el nombre… La mañana era larga, me quedaban varias oficinas por visitar, rodeado de personas encajonadas en rutina, en un cajón de verduras de primera calidad estos burócratas de la fruta pasaban a mi lado sin control de calidad.

Al llegar a la oficina de ordenamiento territorial (¿frutal?), para mi sorpresa me la crucé ahí nomas en la fila. Desde atrás podía ver su lunar, apreciar como su pelo jugaba entre su pullover y su cuello. Era raro encontrarla en la fila, siendo que ella era empleada municipal, pero no le di mucha importancia. Al terminar su turno (dos personas delante mío) paso por en frente “hola” le dije e hizo como si nunca me hubiera visto en la vida, prosiguió con paso firme y salió del edificio. Qué raro. Bueno, tampoco es para tanto, es obvio que se enojo por la estupidez de “¿nos vemos en el próximo tramite?” y decidió no darme más bola.

Me quedaban unas cuatro oficinas por visitar y no podía creer lo que me estaba pasando. En cada oficina que acudía la veía, y cada vez que la saludaba o: se hacia la indiferente, o: me saludaba como si nunca me hubiera conocido. Estaba exasperado, enojado ¿Había perdido el toque ese que en mis años de adolescente me ayudó a conseguir tantas mujeres? No creo. Debe ver que tengo cara de trasnochado, de vivo, suponiendo que lo único que quiero es sexo casual (en realidad no estoy muy seguro de no querer eso tampoco). Tal vez. Pero lo que me estaba pasando iba más allá de la lógica.

Volvía a mi departamento, ese lugar que me había ganado con años de laburo, mi pequeño aposento en donde estaba más tranquilo que en cualquier lugar a pesar de estar en pleno centro. La mujer no dejaba de aparecer, literalmente. Júzguenme como ustedes lo deseen.

Primero la vi en el semáforo dentro del auto de al lado, vaya coincidencia pensé. Después caminando por la calle, al estacionar, de espaldas, de frente, conversando con la portera, tendiendo la ropa en un balcón, comiéndose un sanguchito de jamón crudo. Ya alarmado, asustado de una posible enfermedad psicológica entré al edificio. Fui hasta el 5º “C”, abrí la puerta y fui directamente al baño.

Tenía que tranquilizarme y un baño iba a ayudar a relajarme. La ducha siempre lograba acomodar mis ideas, ahora pensaba en ella, la veía, la sentía más cerca, como el Zahir de Borges, en mi piel, en mis manos que estaban sorprendentemente suaves, mi cara y mis pechos, mi todo… salí, me miré al espejo y la ví. Soy hermosa.