El gran escape

Uno siempre tiene algo para recordar de las personas con las que alguna vez salió, cosas buenas o malas, alguna experiencia rara o quizás no, pero en mi caso, de todos mis “amores” Facundo es a quien más recuerdo, de un modo muy particular de hecho.

Nos conocimos en mi segundo intento para ingresar a la Facultad de Filosofía y Letras, el primer año me habían metido palos hasta por los agujeros de la nariz y no había ingresado, asique me propuse volver a intentarlo y fue ahí en donde me lo crucé y conocí.

Caminando por los pasillos del segundo piso del edificio de la de Filosofía, pasa corriendo un flaco, me choca y me tira los libros y la carpeta, me caigo de culo y lo puteo a mas no poder, me pedía disculpas y toda la bola, pero mi bronca era tanta que ni lo miraba a la cara, estaba muy ocupada juntando mis cosas pero cuando lo vi baje un cambio.

-Perdoname, me dejé el teléfono en el bufet – y se fue corriendo.

Me quedé pensando en lo lindo que era y en lo histérica que soy, pero en fin,  pensé que no lo iba  a ver más en la vida.

Sentada en el frente de la facultad fumándome un pucho caen  unos amigos,  en compañía de quien hacía unas horas me había dejado tirada en el piso y con la cabeza en las nubes. Me lo presentaron y los dos nos miramos con picardía, pero ninguno dijo una palabra al respecto y como si nada nos presentaron.

Facundo era totalmente normal, nada fuera de lo común: Pestañas largas y arqueadas, ojos marrones claros, la nariz un poco grande pero que lo hacía ver más varonil,  labios marcados, sonrisa brillante, tenía algo particular en sus dientes, la forma quizás, no sé, pero me llamaban la atención, extrovertido en exceso, con un tatuaje de círculos negros en la muñeca que jamás entendí, en fin, él estudiaba música pero sus amigos estaban cursando para ingresar a la carrera de Historia.

Después de un rato mis amigos se fueron y antes de irse Facundo me pidió mi número de teléfono y quedamos en ir a tomar algo como recompensa de haberme dejado tirada en el suelo.

Nos vimos un viernes en la tarde en el parquecito cerca del Carril Urquiza en Guaymallén, Facundo había llevado su guitarra y pegamos onda al instante, todo iba más que bien, salvo que nos asaltaron a mano armada y bueno, eso, un recuerdo inolvidable. Pero no es por eso que lo recuerdo sino por otro de nuestros muchos encuentros.

Una noche saliendo de trabajar me llama para que lo pase a buscar por su trabajo e irnos juntos, me tomo un taxi, lo busco y nos vamos caminando por Catamarca. Casi llegando a la parada me pide que me quede a dormir en su casa, que su mamá estaba pero que no pasaba nada. Al principio la dude pero en fin, hacía un frío de cagarse, estaba empezando a llover  y ya era tarde.

Llegamos y no había nadie levantado, de repente un par de patas me hunden las tetas y me apoyan contra la pared, me quedé helada.

-¡Ah! Te presento a Filomeno, ¿lindo no?

Filomeno era un perro de mediana estatura, de pelaje manchado que no hizo más que verme y se me tiró encima. “Por nada me prefiero a los gatos” fue lo primero que se me vino a la cabeza pero bueno,  Facundo lo besaba y abrazaba de tal forma que si yo hacía ese comentario  iba a quedar mal. Onda que si quería gustarle más tenía que ser simpática con su “amigo”, al fin y al cabo era solo un perrito.

Nos fuimos a su pieza y de atrás Filomeno que no paraba de meterme el hocico en el culo, posta que no entiendo porque los perros hacen eso con la gente que no conocen, no sabía cómo sacármelo de encima, ya me tenía los ovarios a cinco centímetros del piso.

En eso Facundo se va al baño, cerró la puerta y dejó al perro conmigo, me miraba con cara de “Te voy a comer” y  “Puedo hacer más que olfatearte el culo” Se paró como para jugar y empezó a ladrar como loco, no paraba, de repente se siente abrirse la puerta de la pieza de la madre de Facundo seguida de puteadas.  Yo no sabía qué hacer, me movía de la puerta a la ventana, la mujer seguía puteando con que hiciera callar al perro, parecía enojada, había tenido un día largo y poco agradable por el tono de voz.

Atino a agarrar al perro por el hocico y le pongo la almohada en la cabeza pero  de nada sirvió, la agarró y la hizo mierda en menos de dos segundos. Apurada y para asegurarme de trabar la puerta, la agarro del picaporte y escucho a Facundo y a su mamá discutiendo por Filomeno, de que ella estaba muy cansada, de los ruidos y de la nada siento que vienen unos pies descalzos hacia la  puerta y por detrás Facundo corriendo para impedirle la entrada a su pieza.

-¿Que escondes?

-Nada, ¡tengo la pieza hecha un quilombo ma!

-¿A quién tenés ahí adentro? ¡Odio que traigas pendejas a la casa, no me respetas ni a mí ni nadie!

Yo escuchaba desesperada, Filomeno no paraba de ladrar, la pieza era una pileta de gomo espuma y lo único que me imaginaba era a la madre de Facundo cegándome a trompadas. Me asomé a la ventana, parecía que todos los males se habían juntado esa noche, me cagaba en el perro, en la madre, en mí por haberme quedado y en la lluvia.

Detrás de la puerta seguía la discusión asique no tuve mejor idea que salir por la ventana que daba justo al patio. Entre que me caí mil veces, me llené de barro y me empapé porque  llovía más que en el diluvio que hundió todo menos el Arca de Noé, salí corriendo hasta el portón de rejas, me trepé y rajé lo más rápido que pude.

Al otro día Facundo me llamó con tremenda vergüenza, pidiéndome perdón por lo de su mamá y su perro y que no iba a volver a pasar, pero no solo me dijo eso, hubo algo de lo que no me percaté y fue que cuando yo estaba huyendo cuan ladrón, su papá estaba recién llegando y me reconoció y le dijo a Facundo que yo había sido su alumna todo el secundario.

Obviamente no iba a volver a pasar, no solo su papá me había visto, sino que también sabía mi nombre y apellido y a hasta conocía a mis viejos.

¿Mal orto? ¿No tenía que pasar nada con Facundo? ¿Filomeno era un perro hijo de puta? No sé, la cosa es que jamás había corrido tanto en mi vida.

Con Facundo nos vemos de vez en cuando, y cada vez que nos acordamos de esa noche nos reímos, el se caga de risa porque no fue el que se pegó tremendos porrazos, se hundió en el barro ni tuvo que trepar un portón, ser reconocida por su antiguo profesor en una situación bastante incómoda y tomarse un micro hecha el hombre de las cavernas,  pero bueno, ahora la situación se torna graciosa.

La moraleja: Si te gusta un flaco, asegúrate de que no tenga perros, son lindos, pero se pueden convertir en tu peor pesadilla, peor que una hermana jodida, peor que una suegra rompe pelotas e incluso un padre celoso. Sin Filomeno me hubiera ahorrado un gran quilombo, pero como dice el dicho “Por algo pasan las cosas”.