Verónica le volvió a pedir disculpas a Javier y le indicó que iba a tener que atender la llamada. El joven, con la mirada, dio a entender que no tenía problema. En realidad Vero ni sospechaba que por dentro, el Javi se estaba muriendo de la intriga y desesperación.

–          “Hola” – dijo Verónica al atender.

–          “Hola Fernando, ¿cómo estás? Mirá la verdad es que Agus no salió conmigo esta noche. Si no me equivoco me dijo que salía con las amigas del laburo, no con nosotras. ¿Está bien? ¿Le pasó algo?” – se la escuchó responder a Fernando.

–          “Ah, bueno. Me quedo tranquila entonces. Ya voy a ver si la llamo para asegurarme que esté bien. Gracias por llamar. Nos vemos.” – dijo Vero al finalizar la llamada.

Luego de cortar, la muchacha le explicó de forma distendida a Javi que quien había llamado era el hermano de una de sus mejores amigas. Agustina, la hermana de Fernando, había ido a la facultad con ella y con el tiempo se habían hecho muy íntimas. Aparentemente, su hermano no podía ubicarla y había decidido llamar a Vero para saber si sabía algo de su paradero.

Javier se sintió un poco más aliviado tras la explicación que la joven le había dado, a pesar de no poder quitarse de encima esa sensación de desconfianza que la situación le había provocado. Tratando de no pensar mucho en el tema, intentó besar nuevamente a Vero. Sin embargo, ella puso un poco de distancia y le confesó al Javi que pensaba que estaban yendo demasiado rápido y que prefería que lo dejaran ahí por esa noche. Desilusionado, Javier entendió el mensaje y comenzó a prepararse para volver a su casa. Luego de despedirse afectuosamente de Vero, el joven se subió a su coche, encendió el motor, prendió la radio y comenzó a manejar. Mientras se alejaba de la casa de la muchacha, tenía sensaciones encontradas. Por un lado estaba muy contento por cómo se habían dado las cosas con Verónica, de hecho pensaba que tenía posibilidades de comenzar una relación con ella. Sin embargo, por otro lado se sentía intimidado y dubitativo a causa del llamado de Fernando.

A partir de lo acontecido, Javier trataba de evitar a toda costa cualquier tipo de contacto con Fernando. Si bien por motivos laborales estaban en permanente contacto, el Javi buscaba esquivar a su socio sin que él se diera cuenta. Fernando, al tener mucha más cancha que su joven aprendiz, notó esa situación y lo encaró.

–          “Che, pendejo. ¿Te pasa algo a vos?” – exclamó Fernando mientras registraba las ventas del día, en su oficina.

–          “No, no. ¿Por qué lo decís?” – respondió el muchacho, luego de alcanzarle un comprobante de pago.

–          “Andás medio distraído últimamente. Es más, anoche te olvidaste de ponerle el candado a las rejas. ¡No nos chorearon de pedo!” – aclaró el dueño de la agencia mientras firmaba un cheque.

–          “¡Uh! No me digas… Mil disculpas, no va a volver a pasar. ¡No se ni donde tengo la cabeza! El tema es que ando con ganas de irme a vivir solo, a algún lugar más cerca de la agencia. El problema es que no tengo tiempo de salir a buscar algo y eso me tiene con la cabeza en cualquier lado.” – trató de justificarse Javier.

–          “Mirá, fuera del laburo hacé lo que se te cante. Pero cuando estés acá, te quiero concentrado. Sino no me sirve…” – afirmó Fernando.

–          “Si, de una. Perdón, me voy a poner las pilas.” – se disculpó el joven mientras dejaba la oficina de su jefe.

Si bien Fernando sospechaba que algo raro le sucedía al Javi, no tenía ni idea de que en realidad su falta de atención y concentración en el trabajo se debían a que se estaba perdiendo estrepitosamente en Verónica.

Al siguiente sábado, Javier había quedado en encontrarse con Vero una vez que cerrara la agencia. La idea era aprovechar las horas de sol de la tarde para ir a tomar mates al parque. Como de costumbre, la joven no aceptó que el muchacho la pasara a buscar por su casa sino que le pidió que se encontraran directamente cerca del puesto de papas fritas que suele estar cerca del lago. Javier llegó antes que Verónica y se instaló sobre el césped mientas la esperaba. Por el aroma que inundaba el aire, era evidente que el pasto había sido cortado recientemente. Al ver llegar a la joven, la invitó a sentarse a su lado mientras abría un paquete de bizcochitos de naranja.

Mate va, mate viene, el Javi le comentó a Verónica sobre sus intenciones de mudarse. Si bien estaba muy cómodo con su familia, era momento de dar un paso importante en su vida. Necesitaba encontrar su espacio, manejar sus tiempos y alcanzar ciertos niveles de intimidad que en la casa de sus viejos no tenía. Además, en la agencia le estaban pagando muy bien y creía estar a la altura del desafío. Vero coincidió con todo lo que dijo y se ofreció a ayudarle en la búsqueda de un depto. Cuando se acabó el agua del termo y el sol comenzaba a ocultarse, los jóvenes tórtolos se despidieron con un dulce beso y la promesa de volver a encontrarse en los próximos días.

La semana transcurrió con total normalidad en la agencia. Si bien no había sido una semana con muchas ventas, el promedio no bajaba de lo proyectado. Javier seguía bastante distraído pero trataba de prestar atención a los detalles que Fernando le había recalcado anteriormente. Sin ir más lejos, intentaba hacer buena letra para que su jefe le diera el visto bueno al pedido que pensaba hacerle en los próximos días.

Cuando finalmente llegó el viernes, luego de la hora del almuerzo, el Javi se acercó a Fernando. Sin muchas vueltas, le pidió le diera el fin de semana libre para poder dedicarlo a ver algún que otro departamento que le había llamado la atención en los clasificados del diario. De La Torre, sorprendido ante el pedido del muchacho, decidió concederle lo solicitado. Si bien no estaba muy de acuerdo con lo que pretendía Javier, pensó que era lo mejor. De hecho, dedujo que era conveniente darle un par de días libres para que terminara de cerrar este tema y que luego volviera con la cabeza metida en la agencia como de costumbre. Por supuesto que el Javi agradeció el gesto y prometió volver a trabajar el lunes siguiente, a primera hora.

En realidad, Javier quería usar ese finde libre como excusa para pasar más tiempo con Verónica. Si bien el pretexto de ir a ver departamentos era muy bueno, ese no era su objetivo principal.

Junto con Vero, se la pasaron filtrando avisos clasificados, llamando a inmobiliarias y recorriendo las distintas zonas donde el Javi pretendía mudarse, en búsqueda de carteles que ofrecieran departamentos en alquiler. ¡Encontraron de todo! Desde monoambientes de adobe devenido a menos, hasta dúplex en complejos privados cuyas expensas representaban casi la mitad del precio del alquiler.

Luego de pasarse todo el sábado visitando inmuebles que por alguna cosa u otra no lo terminaban de convencer, el domingo a la tarde dieron con el indicado. Mediante el dato que le había pasado uno de sus hermanos, el Javi encontró el depto en el que se vio viviendo por los próximos años. Luego de charlárselo al dueño, utilizó sus habilidades de negociante para reducir el precio del alquiler e incluir las expensas en el mismo monto. Finalmente, acordó con el propietario una reunión al día siguiente para facilitarle la documentación de los garantes y señarlo.

Eufórico por lo acontecido, Javier llamó a su madre y le contó la noticia. Le pidió que le dijera a su padre que fuera preparando el fuego para hacer un asado en conmemoración de su inminente mudanza. Posteriormente, llamó a sus hermanos y se aseguró que esa noche estuvieran en casa para festejar en familia. Luego de guardar el teléfono en su bolsillo, le pidió a Verónica que lo acompañara durante esa noche. Javier sentía la necesidad de agradecerle de alguna manera el que lo haya ayudado en la búsqueda y de paso pensó que era una excusa perfecta para presentarla en sociedad. Vero se mostró dubitativa frente a la propuesta pero terminó aceptando la invitación.

Los jóvenes pasaron por el mercadito del barrio antes de ir a la casa de Javier. Verónica decidió esperar en el auto mientras el joven bajaba a hacer las compras. Él quería celebrar esa noche y no quiso escatimar en gastos. Compró carne como para alimentar a dos familias, un par de botellas de vino de esas que suelen cubrirse de polvo porque nadie las lleva debido a su precio, algo de fiambre para una picadita y una botella de fernet para después del asado. No compró gaseosas ni pan porque estaba seguro que su madre había comprado esa mañana. Pagó con billetes de cien pesos, recibió su vuelto y se prestó a guardar las bolsas en el baúl del auto ante la atenta mirada de Verónica.

Al llegar a la casa de los Borrello, los esperaba el fuego listo y un par de sopaipillas que habían quedado de la tardecita. Mientras Javier sacaba los pedazos de carne de las bolsas y se mandaba para el fondo, su hermano menor se prestaba a preparar la picada para compartir con el asador. Por su parte, la Nancy llamaba a Vero desde la cocina para que la ayudara con las ensaladas.

En el fondo de la casa, el padre de Javi estaba tratando de mantener las brasas a buena temperatura mientras esperaba que su hijo trajera la carne. Obviamente y como de costumbre, regañó a Javier por haberse demorado tanto en hacer las compras. Mientras tanto, sus hermanos se prestaban a jugar una partidita de truco mientras esperaban la hora de comer. A los pocos minutos aparecieron Nancy y Verónica para poner la mesa. Era evidente que toda la familia estaba conmocionada por la presencia de Vero. Javier nunca había llevado una chica a casa y siempre fue de mantener sus relaciones muy en secreto. Además, la muchacha parecía salida de una publicidad de algún shopping porteño. Se notaba que venía de una familia pudiente y les costaba entender qué hacía con un tipo como Javi. Por el contrario, ella se mostraba muy suelta, como si toda la vida hubiese sido parte de la familia.

Luego de cenar, Verónica le pidió a Javi que la acercara a su casa. Ella no había ido en su auto en aquella oportunidad y se estaba haciendo tarde considerando que al otro día tenía que ir temprano a trabajar. Luego de saludar cálidamente a cada uno de los miembros de la familia, se subió al auto del joven Borrello y partieron para su casa.

La jornada del lunes comenzó de una manera atípica para Fernando De La Torre. Un llamado telefónico lo despertó cuando todavía no eran ni las siete de la mañana. Del otro lado del teléfono, el comisario Fernández le solicitaba su presencia inmediata en la puerta de la agencia de autos. Atónito, el agenciero se vistió rápidamente, tomó las llaves de su coche y se dirigió hacia el local.

El escenario con el que se encontró Fernando al llegar a la agencia, no lo encontró ni en la peor de sus pesadillas. Las rejas habían sido destrozadas a ladrillazos, de tal forma que dos de las ventanas principales se encontraban hecha pedazos. Por si esto fuera poco, habían descargado varios tachos de pintura sobre el frente del local y habían escrachado con aerosol toda la fachada. Sin embargo, lo que más preocupó a Fernando fue lo que encontró sobre una de las paredes: “Pagás vos o pagan tus hijos” habían escrito con pintura roja sobre el muro blanco. Es más, Fernando estaba convencido que no era pintura sino más bien sangre. Sin dudas, parecía sangre humana.

CONTINUARÁ…

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