Una historia para arrancar un lunes: Las Tipas

Pedrito, el nenito mimado, el retoño de una casa de bien, se encontraba montado en su potrillo cuando la serpiente apareció. Olvidando a sus criados que estaban allí para protegerlo y que la mataron prontamente, el niño salió despedido al galope con su potrillo y muy pronto se soltó de la montura y cayó al suelo. Su cara se encontró duramente con el piso y en su boca se sentía el gusto de la sangre mezclado con la arena blanca. Quiso llorar, siempre aprovechaba los accidentes para dar un poco de lástima, las lagrimitas mojaban ese piso de tierra blanca y seca. Fueron una, dos gotas de agua y no cayeron más. Esta vez alguien apago la luz de aquel solazo de enero.

Cuando el pobre padre llegó montado en su alazán, encontró un bulto de carne amontonado e inconsciente en medio del patio. Desesperado, bajose del caballo y a los gritos lo trataba de despertar pero no pasaba nada.

El patio estaba saturado de sombra en verano por sus adultas tipas. Eran obra y arte de la resistencia del ser humano por sobrevivir a los calores que se levantaban por aquellas épocas. El mocito no reaccionaba, toda la cuadrilla de criados se habían quedado alrededor de el bulto inconsciente para ver que le depararía el destino. El patrón, hombre ya entrado en años pero muy vigoroso,  se dispuso a todo galope hacia la ciudad para traerse al primer doctor que hallara para salvar la vida de su hijito.

Cuando Pedro Almada despertó de su pesadilla, se dio cuenta que ya tenía 30 años, un par de muertes dudosas cargadas en sus espaldas debido a la muerte llorada de sus padres, así como la fortuna dilapidada en alcohol y putas. Con los gritos de esas pesadillas consiguió despertar a todo el Hospital de Villa Ángela. Los doctores, alegrados ante la mejoría del casi difunto, se arrimaron apiñados todos a la salita pobre y sucia y empezaron a probarle los reflejos, hablarle y todas esas cosas que hacen los doctores para certificar que uno no ha muerto. Se le comunico a Don Pedro que el tren había pasado por las vías, que él había estado durmiendo borracho entre las vías y que por eso ahora no tenía piernas. Le contaron también que se debía alegrar, pues muy pocos sobreviven a tanta pérdida de sangre y el era un afortunado por haber sobrevivió a tal accidente. Quisieron buscar el lado positivo pero el solo quería dormir.

Cuando se despertó, Lorena se dio cuenta que llegaría tarde a la mansión de los Almada. Le decían mansión porque por aquellos lugares de Chaco no abundaban las casas de material, mucho menos de dos pisos. La cal daba una pálida expresión a esta edificación muy nueva, rodeada de incipientes tipas. Tenía que ponerse el corpiño que el patrón le había regalado, pues hoy su esposa marcharía a la ciudad y  se quedarían ambos solos en la casa. Creía que después de servirle una botella de brandy y llenarlo en la cama le podría contar que estaba embarazada y que debían visitar algún doctor que le sacara del vientre tanta semilla sin pedido.

Miguel Almada partió temprano esa mañana en su alazán. Le recordaba sus años mozos donde solía cazar y disfrutar de su vasta riqueza heredada  infinitamente de vaya a saber dónde. Su primera esposa, no le había podido dar hijos, siempre cree que fue para mejor.  “Por suerte murió”, piensa el gaucho,  y se encuentra recitando esa frase en voz baja en medio del campo, la cual le parece algo similar a una blasfemia. Se persigna y sigue el camino, mientras piensa en su nueva mujer, una mocita criada en su estancia que con varios años menor que él se supo ganar su corazón. Las malas lenguas dirán que él se dejo engualichar y que la moza esta con el por la plata. El sabe que no es así, pero puede ser. Tal vez lo han engualichado, o peor aún, tal vez se ha enamorado. No lo sabe bien, pero cree que su fortuna es un precio correcto para tener compañía y descendencia en los últimos años de soledad. Descendencia, una criatura que siga sus pasos, que arríe las vacas y lleve las plantaciones de algodón con mano firme y justa, como le fue enseñado a él. No podía pedir mucho más en el otoño de su vida. De repente, un escalofrío le sacude la espalda. Sin pensarlo demasiado, enfila para la estancia, donde lo encontrara un bulto de carne tirado, mojando y mordiendo la tierra blanca. Una, dos gotas de agua, y no cayeron más.