Una historia para arrancar un lunes: El Centauro

“…Y así, de la unión de Ixión, rey de Tesalia e hijo de Flegia, y Nefele,

ninfa con forma de nube que Ixión dio a entender por Hera,

nació el gran Centauro, a la vez que Ixión fue torturado de por vida 

en el Gran Tártaro de Hades…” 

El marinero Funes un día llegó al cabo Cortés, y toda la tripulación se miro extrañada, sabiendo que los esperaban en Barcelona. Un buen hombre le sugirió que aquel destino no era el que buscaban, él dijo que realmente era imposible volver al lugar que habían dejado, ya que ese lugar deja de existir apenas uno echa la vista hacia adelante. Dio su respuesta por buena, le perforó la cabeza de un escopetazo al buen hombre que se atrevió a preguntar y ordenó a los demás que saqueen el pueblo y violen a las mujeres. Funes había descubierto que era el momento de descansar y a la vuelta, al barco lo dejaría para sus marineros y él se iría a buscar a Nastasia. Una lástima no haber aclarado los términos, pues el motín que prosiguió a sus órdenes lo dejo tirado en las costas, con una herida que no dejaba de sangrar y con escasos segundos de vida.

Funes, lejos de abatirse, se dio cuenta que moriría. Cuando de morir se trata, solo los hombres con coraje son capaces de no sucumbir ante el terror, pero él no se aterrorizó, solo se dedico a recordar.

Empezó a recordar cuando no lo llamaban por su apellido, sino por un cálido y familiar “Nicolás”. Así como Ixión, Nicolás nunca fue un hombre muy atento, celebres son sus anécdotas de los bares en Estambul en las que confundía un whisky importado con un vodka del pago, ruidos extraños con demonios enjaulados y amores eternos con nubes de tabaco y opio.

Antes del antes, Nicolás no era así, no soñaba con tener esa vida de pirata sin puerto y menos de borracho sin hogar. Al igual que Ixión, Nicolás tuvo una vida ejemplar, toda su vida era una oda a las buenas costumbres y a la templanza. Su sabiduría y sensatez llamaban la atención de todo el pueblo, y a su casa llegaban funcionarios de todo el Imperio y de reinos vecinos a pedir su asesoría. En una de sus asesorías, fue cuando conoció a Gaminedes, asesor de los principados de Montenegro y asiduo concurrente a orgias, burdeles, lupanares y puteros varios.

Conviene aclarar para que el lector ávido de curiosidad ponga en valor de juicio a los personajes, que Gaminedes era un ser despreciable. Gordo obeso, con un pantalón gigante que se quitaba ante la menor insinuación, un sable que no sabía blandir y una boca que no sabía cerrar. Todo eso le causo de inmediato a Nicolás una profunda simpatía, por lo que dejo su vivienda y lo siguió por sus andanzas por toda Europa.

En primer lugar, esa sabiduría que poseía en antaño le fue siendo perjudicial para la vida de excesos que poseía Garminedes, asique, digamos así, la suspendió. Se entrego a los placeres más vulgares, bebió de la jarra de Raki como hacían los animales y supo decir que si a mujeres horrendas que habitaban en los puertos.  Una de esas tantas noches entre los puertos, conoció a una mujer que llegaba de polizón en uno de esos barcos con escritos en una lengua ilegible, el creyó entender que se llamaba Nastasia. Era una mujer calma, taciturna, que llegaba hasta esos lugares después que toda su familia había sido ejecutada por orden de algún rey de algún lado. Inmediatamente, abandono el Raki y las partidas de mizhit para convencerla de ir a algún lugar donde pudiesen estar solos. La mujer, asintió sin mucho entusiasmo y juntos salieron hacia los lugares más oscuros del puerto, donde él la tuvo por convicción y prepotencia mientras que ella solo pensaba en algún lugar, el cual él no podía descifrar cual era. Una verdad aterradora lo alumbro: él tendría su cuerpo pero jamás podría vulnerar su alma. Se levanto sin dar ninguna explicación y se fue del lugar.

A Garminedes no le extraño demasiado que desapareciera, supuso que, habiéndose cansado de sus aventuras, volvería con remordimiento a su hogar a vivir la vida de una persona decente. En parte tenía razón, Nicolás volvió a su patria y a su hogar, pero vendió todo por monedas que a duras penas le alcanzaron para comprarse un barco. Aprendió las grandes lenguas de Oriente y Occidente con una puntualidad de nativo, aprendió a tocar el violín, el piano y el arpa y a escribir poesías y relatos en diferentes idiomas, solo para volver a encontrar a Nastasia. El pensaba (al igual que todos) que no tener ninguna virtud y pretender tener al lado a una mujer como ella era, ante todo, una canallada.

Empezó su vida como comerciante primero, como pirata después. Junto riquezas y hombres a su lado por igual, ya solo le faltaba encontrar a ella. Pensó, con toda la razón, que ella también lo amaba, y lo esperaría en algún puerto, pero a cada puerto que llegaba era la misma decepción, nadie conocía a Nastasia. Continúo su ardua búsqueda hasta que unos hombres trajeron como prisionera a una Nastasia en Portugal, que había escapado de alguna guerra. Nicolás la observo, descubrió la belleza en sus ojos claros de nuevo y fue feliz por un instante. Le pidió amablemente que la acompañe en sus travesías y ella acepto, lo cual lo amargo profundamente, pues sabía que Nastasia jamás subiría al barco de un bucanero a vivir una vida tan cruel como la piratería. Así como Ixion, dio su nube por Hera y dejo a toda la tripulación contenta por largos 30 años, hasta que la mujer sucumbió a enfermedades varias y tuvo que ser arrojada sin vida en medio del mar, momento en el que le confesaron que la supuesta Nastasia era una pobre mujer que había obligado a mantener esa falsa identidad para el bien de su capitán. Nicolás no quiso dar su opinión al respecto.

Funes continuo con sus travesías, las cuales cada vez eran más crueles, donde mataban a toda la población sin mediar palabra y robaban cualquier cosa que encontraran a su paso, no por avaricia sino por tener el presentimiento que en algún lado le estaban escondiendo a su preciada Nastasia. Así, se fue transformando en un hombre viejo y despiadado, el cual llego un día a un pueblito cerca de Barcelona y se encontró con una niña, que le comento que conocía a una señora llamada Nastasia, sin familia, que había escapado de algún rey y alguna ejecución. Él le suplico entre lágrimas que la mande a llamar y la niña le dijo que ahora no podía, que perdone la vida de su humilde poblado y que a su regreso Nastasia lo estaría esperando en el puerto.

Así como el centauro, esta historia es hija de una unión que jamás llego a producirse, pero que aun así  se pago hasta el último centavo. Nicolás jamás volvió al pueblito cerca de Barcelona, y así como Ixion, sufrió el castigo de cortejar a una mujer que jamás obtuvo. Eso, lejos de una desgracia, contiene el verdadero secreto de la sonrisa profunda en los labios de Nicolás antes de morir, porque los dioses se encargan de aplicar su ira solo en aquellos hombres que, al igual que Ixión, rozan la inmortalidad.