El comisario Fernández le pregunto a Fernando De La Torre si tenía alguna sospecha sobre quién podría haber destrozado la fachada de la agencia de autos. Fernando fingió no saber de quién se trataba, aunque por dentro estaba casi convencido que podría haber sido alguien relacionado a la concesionaria para la que solía trabajar. De todas maneras, tales destrozos tendrían que haber sido hechos por un grupo de personas, sino era inexplicable…

Mientras se subía al patrullero que lo llevaría a la comisaría, Fernando llamó a Javier. Sin darle muchas explicaciones y en un tono hostil, le ordenó que fuera de inmediato al local. Luego de darle esta indicación al joven Borrello, llamó a uno de sus hombres de confianza y le pidió que juntara un grupo de personas para que fuera a reparar los daños causados en la agencia.

Afortunadamente para Fernando, la comisaría a la que fueron para tomar sus declaraciones no era la misma en la que había terminado aquella noche de excesos y descontrol. Y se ve que era su día de suerte, ya que parecía que ninguno de los oficiales presentes esa mañana parecía reconocerlo de aquel incidente. El comisario asentó sus declaraciones y lo dejó ir, con la promesa de notificarle sobre cualquier novedad que tuviera sobre el incidente.

Al volver a la agencia, Fernando se encontró con uno de sus hombres de confianza y el grupo de personas que lo estaban ayudando a arreglar la fachada del local. Para su sorpresa, Javier aún no había llegado. Mientras se predisponía a llamarlo, vio que el joven se bajaba de su auto con cara de asombro y espanto. Ni bien puso un pie en la vereda, Fernando lo tomó fuertemente del brazo y lo llevó para su oficina. Una vez allí, cerró la puerta bruscamente y empujó a Javier contra la pared.

–          “¿Qué mierda tenés en la cabeza, pelotudo? ¡Te dije que tenías que venir urgente a la agencia, no después de dos horas! ¿No entendés el significado de la palabra urgente, ignorante de mierda? ¿Quién te pensás que sos? ¿Te crees que ahora que tenés dos pesos, sos alguien importante? ¿Sabés cuánto te falta, pendejo? ” – amenazó Fernando a Javier mientras lo tomaba de la campera con ambas manos.

El ambiente podía cortarse con un cuchillo. Justo cuando parecía que se iban a las piñas ahí mismo, Daniela, la secretaría de la agencia, golpeó la puerta. Fernando soltó a Javier y mientras se acomodaba la corbata le indicó que ingresara a la sala. La joven dejó sobre el escritorio una factura que había dejado unos de los proveedores de la empresa y se marchó de la oficina. Ni bien la señorita cerró la puerta, Fernando le dijo al Javi: “Tomatelás antes de que te cague a piñas”.

Abrumado, el joven Borrello dejó la agencia y se subió a su auto. Antes de arrancar el motor, dejó escapar un grito de desahogo que llegó a alarmar a dos vecinas que estaban barriendo la vereda mientras chismoseaban como de costumbre. Mientras manejaba con rumbo incierto, Javier rechinaba los dientes tratando de contener su calentura. ¿Qué le pasaba a Fernando? ¿Qué habría hecho anteriormente para provocar tales destrozos en la agencia? ¿Dónde se había metido? ¿Corrían riesgo su familia y amigos? Al no poder encontrar respuestas para ninguna de estas preguntas, mayor era la preocupación que le generaba.

Por su parte, Fernando no podía ocultar su intranquilidad. Se había fumado un paquete de cigarrillos en menos de una hora. ¡Y eso que él no fumaba! Si bien miraba de reojo el tercer cajón de su escritorio donde tenía su reserva de cocaína, sabía que tenía que tener la mente en claro y eso no lo iba a ayudar. Todavía no podía descifrar quién había sido el responsable de los destrozos en su empresa y eso lo tenía muy inquieto.

Mientras comprobaba que el grupo de personas reacondicionaran las instalaciones, recibió un mensaje de texto de un número que no tenía agendado. El mismo decía: “Dentro de 3 horas en el bar de la calle Sarmiento. No llegués tarde”. Fernando no necesitaba preguntar más detalles, sabía bien a lo que se refería ese mensaje. Su instinto le decía que esto tenía que ver con lo sucedido en la agencia y temía que lo peor estuviera por venir.

Al cabo de las tres horas, Fernando De La Torre ingresó al bar al que había asistido varias veces en los últimos años. Esta vez, era distinto. Esta vez no venía a dejar ninguna mercancía ni a recibir ningún pago atrasado. En esta oportunidad, acudía en busca de respuestas. Al ingresar al bar, notó que apenas había un par de mesas ocupadas. Si bien el bolichón estaba muy bien ubicado, los dueños se habían encargado de que el mismo pasara desapercibido para el público en general. Uno de los matones que custodiaba la entrada lo miró de reojo y después de comunicarse con alguien por radio, le indicó que subiera al primer piso.

Mientras subía las escaleras, su pulso se aceleraba. Sentado en una de las mesas, lo esperaba Víctor Romero. Fernando conocía al “Indio” Romero hacía varios años. Apenas vio a Fernando, el Indio le pidió amablemente que se sentara a su lado. De La Torre prosiguió lentamente. Si algo no quería era alarmar a los dos muñecos que custodiaban la salida de emergencia, ubicada a la derecha de la escalera.

–          “¿Cómo andás, De La Torre? Espero que mis hombres hayan sido sutiles para pedirte que vengas a verme.” – exclamó el Indio con mucha ironía.

–          “Como de costumbre, Víctor. Como de costumbre…” – respondió Fernando entre suspiros.

–          “¡Te habías escondido! Te fuimos a buscar a la concesionaria y nos enteramos que nos trabajabas más ahí. Por suerte, un pajarito nos contó sobre tu nuevo negocio. ¡Felicitaciones! Me imagino que ahora que sos tu propio jefe, no vas a tener problemas en pagar la deuda que tenés con nosotros.” – amenazó sutilmente Víctor Romero.

–          “No, no. Yo no me escondí. Pasa que estoy manteniendo un perfil bajo para que desde la concesionaria no me rompan los huevos. Si, por supuesto, tengo lo que les debo del último negocio que hicimos. Solo necesito un par de días para recolectarlo y es todo suyo, Víctor.” – dijo Fernando tratando de mantener la calma.

–          “Espero así sea, Fernando. No creo que haga falta que te recuerde lo que le pasó al último que trató de cuentearme, ¿no? Yo se que vos sos mucho más inteligente que ese delincuente, así que estoy seguro que harás las cosas bien. Sería una pena que les pasara algo a tus dos criaturitas…” – soltó el Indio mientras le hacía señas a uno de sus bravucones.

–          “Ni se te ocurra tocar a mis hijos, ¿me escuchaste?” – respondió agresivamente De La Torre.

–          “Te doy hasta el final de la semana, Fernando. Considerate advertido.” – exclamó Romero mientras le indicaba a uno de sus matones que acompañara a Fernando hacia la salida.

Una vez que Fernando dejó el bar, se dirigió hacia su auto. De lo nervioso que estaba, le costó más de la cuenta colocar la llave para darle arranque. En un acto de desesperación e impotencia, rompió en llanto desconsolado mientras golpeaba el volante de su coche. ¡No podía permitir que nada le pasara a sus hijos! Sabía que iba a tener que actuar rápido para mantenerlos a salvo…

En otro lugar de la ciudad, Javier terminaba de hacer todos los trámites relacionado al alquiler del departamento y finalmente tenía la llave en sus manos. Si bien iba a necesitar tiempo para hacer la mudanza completa, le había pedido a sus hermanos que le ayudaran a llevar la cama y la heladera como para ir instalándose de a poco. Ni bien se desocupó, le pidió a Verónica encontrarse cuando saliera de su trabajo para tomar un café. El Javi estaba saturado de la situación que vivía en la agencia y necesitaba desahogarse con alguien. Sorprendentemente, en esta oportunidad no había acudido a su madre, sino a Vero.

Ni bien llegó al local, la muchacha saludó afectuosamente a Javier. Ella pudo notar que él estaba por demás alterado y trató de calmarlo con un tibio abrazo. Apenas tomaron asiento, el joven comenzó a soltar todo lo que tenía para decir. Que Fernando aquello, que la agencia lo otro… La charla se convirtió en un monólogo y se mantuvo así durante casi una hora ante la atenta mirada de Verónica. Casi sin darse cuenta, comenzó a hacerse de noche y notaron que el local estaba por cerrar. Javier le propuso a Vero conocer su flamante departamento. Ella había sido partícipe en la búsqueda del mismo y sentía que estaba en deuda con ella. Verónica accedió pero con la condición de que fuera una visita rápida, dado que tenía planes para esa noche.

Ni bien llegaron al departamento, Javier se disculpó por la ausencia de la mayoría de los muebles y comenzó con la visita guiada. El nuevo hogar del Javi era bastante pequeño pero satisfacía con creces las necesidades que el joven tenía. Cuando el tour llegó a la parte de la habitación, pudo sentirse que el clima cambió súbitamente. Verónica se mostró un poco avergonzada y el Javi había empezado a tartamudear un poco. Como todavía no había traído la mesa ni las sillas, se sentaron a los pies de la cama para continuar con la conversación.

Javier recordó que en su auto tenía una botella de vino que le había regalado un cliente de la agencia, por lo que rápidamente salió a buscarla. Como era de esperar, no encontró ningún sacacorcho por lo que tuvo que recurrir a la técnica del zapato para poder descorcharlo. Tampoco tenía copas ni vasos, por lo que no quedaba otra alternativa que tomar directamente desde el pico de la botella.

A medida que el alcohol iba haciendo efecto, la charla se volvía más amena y menos incómoda, considerando el escenario en el que estaban. Javi suele tomar coraje cuando toma y esta no era la excepción. Eso sí, arriesgaba de a poco. Cada tanto reposaba una de sus manos sobre la rodilla de Vero y aprovechaba cualquier oportunidad para acercarse lentamente a ella. Verónica no oponía resistencia pero era cauta. Si bien ya habían tenido su momento apasionado, tampoco era cuestión de apresurarse.

Javier estaba obnubilado por la belleza de Verónica. Sentía que era su oportunidad y decidió no postergarlo más. Tomó la iniciativa y comenzó por besarla por el cuello, deteniéndose en su oreja. Mientras rozaba una de sus mejillas con la yema de su dedo índice izquierdo, la tomaba por la cintura con su brazo derecho. Vero se sorprendió ante tanta determinación pero se dejó llevar por el momento.

El joven temblaba un poco, producto de los nervios y la ansiedad. Mientras besaba a Vero apasionadamente, desprendía de a uno los botones de su camisa. La respiración de ambos se aceleraba y se fusionaban al unísono. Vero se quitó las botas mientras Javier se sacaba su chomba azul. Luego ella comenzó a dibujar figuras con sus dedos en la nuca de él. Javier nunca había deseado tanto a una mujer, era imposible no perderse en el frenesí que provocaban sus besos.

Sin la necesidad de decir nada, sabían que era el momento de dejar que el deseo los llevara hasta el límite. Se desnudaron por completo, uno al otro, y se metieron velozmente entre las sábanas. Javier no desvió, ni por un segundo, la mirada de los ojos de Verónica mientras se perdía entre sus brazos. Vero tomaba al muchacho por la espalda, enterrándole sus uñas, mientras gemía de placer.

Al cabo de casi una hora, la hoguera comenzaba a apagarse lentamente, al menos por esa noche… Vero no podía quedarse mucho tiempo y Javier lo sabía. Mientras se vestía rápidamente ante la atenta mirada de Javier, Verónica tomaba su teléfono y llamaba a su amiga. Era el cumpleaños de ella y comenzaba a excusarse por su irrevertible tardanza. Le preguntó en qué lugar iban a juntarse y perjuró que iba en camino. Luego de besar tiernamente al Javi, quién aún estaba en la cama, dejó el edificio con mucha prisa.

Vero llegó a su casa, se duchó rápidamente, se tomó su tiempo en arreglarse y volvió a salir. Cuando llegó al bar en el que la esperaba su amiga, la llamó para preguntarle en qué parte estaba. Su amiga le indicó que estaba cerca del baño, dado que no había podido conseguir una mejor ubicación.

–          “¡Hola, gorda! Perdón por la demora.” – saludó fervorosamente Verónica a Flavia, su amiga.

–          “Nena, ¡qué raro vos haciéndome esperar! Siempre lo mismo…” – respondió Flavia, un tanto irritada.

–          “¡Tenés razón! Soy un desastre. Pero te juro que no lo hago a propósito. Estaba con el pibe este, Javier. ¿Te acordás que te conté?”– trató de justificarse Vero.

–          “Si, si me acuerdo. ¿El mecánico devenido en empresario? ¿Qué onda, te sigue creyendo el jueguito ese que me contaste?” – dijo Flavia mientras miraba la carta.

–          “¡No te das una idea! Lo tengo en la palma de la mano. ¡Pobre! Te juro que a veces hasta me da pena.” – exclamó entre risas Verónica mientras le escribía un mensaje a Javier agradeciéndole por haber compartido un maravilloso momento juntos.

CONTINUARÁ…

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