Manual de uso femenino del baño

Antes de comenzar, doy por sentado de que los aquí lectores ya son conocedores del histeriqueo femenino, cualidad innata de todos los seres vivos que poseen vagina. También deberán ser conscientes del hecho asqueroso que es tener que convivir sanitariamente hablando con algunos especímenes masculinos desprovistos de cualquier tipo de modales. Hecha esta aclaración, pasemos al análisis del día de hoy.

Uso del sanitario: Primero que nada, hay que mencionar el hecho de que los hombres a la hora de apuntar con el pito en el sexo tienen la puntería de Pamela David para elegir esposo. Van por el camino correcto, jamás se equivocan y saben bien donde quieren dejar todo. Ahora, agarrándose el pitito de la misma manera delante del inodoro para hacer pipí es otro cantar. Ni que fueran Marty McFly y les temblara la mano, hijos de puta. La decoración que le hacen a la estructura del inodoro, es como si estuvieran meando mientras hay un terremoto de 9 grados Richter. Luego de lo cual, nosotras debemos apoyar nuestros preciosos muslos en ese artefacto, porque Dios quiso que hiciéramos nuestras necesidades así, y te encontrás con que la obra de arte de nuestro querido conviviente macho ha quedado adherida a nuestro culo como un tatuaje de los chicles Cowboy. Malparidos, levanten la tapa, vayan a practicar tiro al blanco o háganlo tranquilos y con paciencia, si no quieren comerse que los puteemos en arameo.

Espejo: El espejo del baño tiene una posición estratégica en cuanto a iluminación, posición, te permite tomar una leve inclinación necesaria hacia él para explotarte cuanto grano ose cruzarse por tu carompa de preadolescente pajero. Ahora bien, luego del estallido aliviador estampado en el espejito, acompañando de una buena puteada porque vencimos a la espinilla maligna, lo ideal sería no dejar el cadáver en exhibición para que todos los que entren al baño tengan el placer y el deleite de verlo. La chanchada se limpia. Esto es aplicable a los dos sexos en el caso de hermanos/as adolescentes.

Máquinas de afeitar: Primero, imagínense a la depilación como una operación de peritonitis. Es algo que en reiterados casos conlleva mucha urgencia. De ahí que milagrosamente y por algún centro gravitacional extraño, cualquier Gillette que se encuentre en cinco metros a la redonda, me la pasaré por las piernas, axilas, cavado, me haré la tira de cola e infinidades de ejemplos más. No rompas las bolas y comprate otra. O dormí con el osito Teddy.

Pelos: De por sí la imagen del jabón pasando por sus testículos peludos es una imagen que deberíamos archivar mentalmente, pero por lo menos tengan la consideración de no dejar a King Kong en el Lux Frutos del Bosque. Lo mismo con los pequeños pelitos que se desprenden en el lavatorio después de que se afeitan. Abran el chorrito, pasen una manito, despídanlos con amor y cariño, hijos de puta. A cambio prometemos sacar nuestros largos cabellos del desagüe de la ducha.

Cañerías: Sepan que cualquier cañería sobresaliente que se encuentre dentro del perímetro del baño, es el lugar ideal para colgar las bombachas que lavamos cuando nos bañamos. Es así y si ven que hay alguna, no sean tan mamertos de remojarlas, tirarlas, pisarlas y otras barbaridades. Acordate que el calzoncillo palomeado me lo dejas ahí tirado para que te lo meta al lavarropa, pajero.

Pinza de depilar: Estos instrumentos de tortura tienen la particularidad de que son objetos extraterrestres que tiene la capacidad de transmutación de un lugar a otro en apenas segundos o inclusive, de desaparecer sin dejar rastros. Esto genera cierto malestar, más cuando se convive con otras mujeres, de las cuales empezamos a desconfiar, a mirar con recelo, a echar la culpa de la desaparición del preciado instrumento justo cuando tengo más barba en el mentón que Fidel Castro. Lo importante es aprender que estas cosas son bienes colectivos, muy a lo Karl Marx, y aprender a tolerar no encontrarla donde la dejamos, ya que son bienes escasos y muy preciados.

Shampoo, crema de enjuague y máscaras nutritivas: Primero, si sos metrosexual, acéptalo en tu interior y comunícanos esa circunstancia, tras lo cual, usaremos tu tarjeta de débito o crédito para comprar Pantene o Elvive para ambos dos y así vivir felices por siempre. Ahora bien, si sos un machito pistola y no querés reconocer, lavate la cabeza con el Plusbelle Manzana y no me ocupes mis preciados tesoros capilares. Ni siquiera los abras para olerlos, porque te vas a dar cuenta del detergente con el que te estás lavando y te va a aflorar la putez de adentro, gastándome el shampoo que calculé para un mes exacto.

Bueno, mis amores, me despido no sin antes decirles que no hay actitud más hija de puta que no volver a tirar la cadena después de que quedan teresos meolans luego de la primera.