Del y al otro lado de la ciudad

“Cuando se  durmió, ella soñó que él ya se había fumando el primer cigarrillo de la mañana. Más terrenal (ella) se alegraba, en el sueño, de tener esa cama doble para ella sola y sacaba cuentas de cuantas horas le tenía que cobrar. Mas ideal (él) se divertía formando dragoncitos con las líneas del pelo de ella, en contraste con la almohada blanca del hotel…”

Ella se levanta y se putea. Mira sus piernas y la mina no se olvida. Se da cuenta que fue un sueño y recuerda que el estuvo y ahora no. Ahora no.

Se tapa con unas frazadas por el frio. O la costumbre del frio. Mira para adentro al cerrar los ojos y tiene miedo de soñar de nuevo. La puta y el tipo, la puta y el tipo. Toda la semana soñando con la puta y el tipo. Ese que estuvo anoche. Ese que ahora no está. El que está con la puta en sus sueños o no lo sueña y es verdad. O peor.

Se duerme y si, si lo sueña. Le duele y se despierta.

Se viste y se levanta, o al revés da igual. Va a buscar a este tipo al otro lado de la ciudad, para que su cabeza no lo sueñe con la puta. Ya llega, se va acercando y ya va a llegar. Se para en la puerta del departamento de este hombre. Están las luces apagadas y ella va entrando despacio al edificio. Tenía una llave, una que nunca había usado, hasta esta noche.

Se va a acostar. Mira para todos lados y no ve nada. Se desviste y tropieza sus piernas con el pantalón.

Se putea. El hombre se mueve y ella se da cuenta que lo despertó. El se da vuelta, la mira con una cierta simpatía y entre dormido se levanta para vestirse. Ella le roza la espalda con las uñas, pero el fríamente le saca la mano y se termina de vestir. Le pregunta cuánto le va a cobrar y ella le dice que nada. El se pone contento, casi como un niño manotea los billetes que había dejado en la mesa de luz y los guarda en la billetera. Se prende un pucho, el también. Se va sin saludar, porque del otro lado de la ciudad lo espera su mujer.

Esa que, gracias a Dios, no sueña.