Fuego en el cine: Siempre daban una de iraníes…

No era la primera vez que una mujer me plantaba en una salida. Además convengamos que Amanda era bastante rara, por lo que no me extrañó su desaparición momentánea. Probablemente estaba sumida en alguna nube filosófica, en alguna duda existencial o en su rebuscada carrera de letras. Lógicamente no tenía más planes para ese jueves por la noche y las dos entradas para aquella película iraní en el cine Universidad no se podían devolver.

Invitar una acompañante femenina a las 21:15, para que esté a las 22 en el cine conmigo era bastante imposible y de mal gusto y pedirle a algún amigo que me acompañe más de mal gusto aún. Así que decidí ir solo.

Para mi gusto, la película iba a ser un bodrio, por lo que decidí ubicarme en los últimos asientos, ya que si me aburría demasiado me paraba y me iba sin molestar. Acostumbrado a los cines del shopping, me sorprendí cuando aprecié que en aquella sala íbamos a ser no más de diez personas.

Entonces entró ella… vestida con un sobre todo gris, una bufanda larga, gorro y unos lentes de marco ancho. Casi tan parecida a Amanda. Caminó hasta los primeros asientos, miró como buscando a alguien, realizó una llamada telefónica en silencio, cortó un poco enfadada y se acercó hacia donde estaba yo, mientras las luces del cine comenzaban a apagarse para dar inicio a la función.

Otra que plantaron, pensé. Casi sin pedir permiso pasó frente a mí y se sentó a mi lado. Siete filas más abajo habían dos muchachos y dispersas algunas otras personas. Evidentemente la película no era popular… tampoco entretenida, pero debo reconocer que la protagonista tenía algo que despertaba la sensualidad en los espectadores.

De pronto entra en una habitación vieja, sucia y casi abandonada. Comienza a quitarse la ropa y siente un ruido, se detiene. Mira por el espejo y logra ver un pequeño agujero en la pared que de pronto deja filtrar un haz de luz. En ese instante, del otro lado, la está mirando un joven desde la habitación contigua. Asustado deja de mirar cuando ella lo percibe. Entonces ella sonríe, no dice nada. Nuevamente el joven se acerca despacio, se oscurece la filtración de luz, ella sonríe y se desviste para él, que se cree espía. La escena, si bien era simple, estaba cargada de un alto grado de erotismo, su ropa cayendo al piso, sus manos acariciando su cuerpo al quitarse todo, como disfrutando de la excitación del espía. Su erección, su candor, la piel de ella… sensualidad del séptimo arte en su máximo esplendor.

Entonces sentí  que me tocaban la rodilla. Instantáneamente miré a la única persona que había cerca de mí… ella. Sin siquiera quitar la vista de la película comenzó a subir por mi pierna, yo estaba un poco desconcertado. Entonces recorrió con sus dedos mi pantalón, y comenzó a frotar sus manos por mi adormecido miembro. Entre la película y sus manos no tardé en comenzar a sentir lo mío incómodo, atrapado, entonces ella con esa misma mano desabrochó los botones de mi jean, y liberó por entre mi bóxer toda mi hombría. En ese instante fui con mi mano derecho hacia su entrepierna, bajé el cierre de su pantalón con la misma sapiencia que ella, entonces comencé a acariciar aquellos labios cubiertos de suaves bellos.

Su mano hacía movimientos circulares sobre mi verga, que se paraba toda para ella, mientras mis dedos ingresaban a su vagina, hundiéndose en un camino de placer y humedad. Sin dejar de mirar la película se llevó la mano a la boca y lamió su palma con una lengua desaforada, ardiente, mojada, logré ver su espectacular tamaño y agilidad, había desenfreno en ese acto. Volvió con la mano empapada hacia mi pija que latía esperando su llegada y continuó con su cometido, esta vez mucho más placentero y lubricado. Sus flujos bañaban mis dedos, que entraban suaves hasta lo más hondo de su ser, generando suspiros nerviosos con cada centímetro que repasaba.

Llevó una segunda vez su mano a la boca, atestada del perfume de mi piel, esta vez lamió nuevamente toda su palma y salivó sobre ella, espesa y sensual. Apenas me tocó puede sentir el calor de su cuerpo en aquella saliva, mis venas estallaban de sangre, tenía la pija a tope, desesperada por continuar.

Con mi pulgar presionaba y masajeaba su clítoris, ardiente y elástico por la excitación, con mi índice hurgando en sus puntos más erógenos, raspando suavemente todo su interior, mientras con mi dedo medio intentaba jugar por detrás. Poco a poco comenzó a abrirse de piernas, para luego levantar un poco una de ellas y dejarme entrar de lleno. Entonces cambié la posición de mis dedos y la penetré con el índice y el del medio, pintando todo su interior. Unos gemidos escondidos se escapaban sensuales. Las ansias la llevaron a masturbarme con vigor y furia, apretándome el glande con pasión.

La humedad absoluta bañó mis dedos, la extraña mujer se contrajo en la butaca sin siquiera mirarme, entonces levantó el apoyabrazos y se llevó todo lo mío a la boca, cargada de un mar ardiente de saliva y satisfacción. Era tanto el deseo, que su saliva me empapó hasta los testículos, me estaba chupando entero de una manera sublime, abriéndose por completa a mí y terminando con sus dientes contra mi pelvis.

Aquella fusión, aquella fluidez, aquel calor fueron imposibles de contener para mí. Por instinto la tomé de los pelos de la nuca y apreté la butaca con la mano libre cuando estaba por estallar, entonces estallé dentro de ella, quién en ese momento se detuvo para dejarme gozar en la soledad más placentera. Absorbió todo mi ser, sin dejar siquiera que una gota de desparrame, con su lengua se encargó de llevarse adentro hasta el último resto.

Aún tiritaba de placer cuando volvió nuevamente a su posición, se prendió el pantalón, se paró y se fue, ni siquiera pude detenerla, entre que trataba de acomodar lo mío y de prenderme el pantalón.

Salí a buscarla pero ya había desaparecido, confundida entre la gente que entraba con otra gente que salía de otra sala. Además de haberse quitado el gorro o los lentes no la habría podido distinguir.

Es fue mi primer visita al cine Universidad y la gran experiencia mía con el cine iraní.