Es el terrorismo, estúpido

“Nunca se hace el mal tan bien como cuando se hace con buena consciencia” Blaise Pascal

Podría comenzar esta nota con un sinnúmero de lugares comunes y emotividad impostada, de esa que le brota a borbotones a quienes les causa escozor el asesinato de franceses y les chupa un huevo la de decenas de yemeníes que perecieron ese mismo y horrible día en otro atentado terrorista en el país árabe. Podría escribir frases de condena nominal contra la matanza de París, exagerando indignación o levantando el estandarte de la libertad de expresión como si fuera mi propiedad, como quienes asumen que es más grave atacar periodistas que asesinar a los pobres idiotas a los que se les ocurrió ser cristianos en medio oriente. Honestamente, no me parece  necesario ni importante sumarme al coro de indignados virtuales, matar es una barbarie siempre, sin importar ninguna cualidad accidental que identifique a las víctimas, el crimen total y definitivo, y quien no entienda esta idea por si solo que consulte a un psicólogo, una declamación más a los ríos de tinta y bytes que vertieron y verteránlos hipersensibles de ocasión no agrega (ni resta) nada. Mejor dejarlo para los adalides de la protesta líquida en las redes sociales.

Lo que sí me parece más interesante es tratar de desbrozar los errores en que parecen incurrir quienes por un lado niegan cualquier posibilidad de análisis con el pretexto de que se lo estaría relativizando (al parecer nadie les enseñó la diferencia entre los verbos “explicar” y “justificar”) y, por el otro, quienes intentan (solapadamente) edulcorar la gravedad de lo ocurrido recurriendo al argumento pelotudísimo de los crímenes que comente occidente o la agresividad supuesta de la revista (lean bien, me refiero al uso que se hace de los hechos, no a que occidente sea un buen samaritano o que la sátira sea inmaculada o incuestionable).

El primer grupo es el de los liberales con emotividad selectiva que se soliviantan exclusivamente cuando el terror se carga europeos (¡y encima humoristas!) mientras decenas de crímenes tanto o más brutales les resultan totalmente indiferentes. Sí señores, aunque se molesten, este es ni más ni menos que otro eslabón en la larga cadena de atentados y asesinatos que se cobra el terrorismo, islámico en este caso, pero que antes atacó a españoles, ingleses, norteamericanos, argentinos e israelíes. Claro que cada caso presenta sus propias particularidades, pero el elemento común que los enlaza es el terror, o sea, el miedo en su máxima expresión, sembrado y espectacularizado para multiplicar su efecto sobre las instituciones democráticas y las conciencias de los ciudadanos. Ese es el enemigo, se disfrace de lo que se disfrace, lo ejerza quien lo ejerza en nombre de lo que carajo sea; las víctimas del terrorismo son todas iguales, ¿qué mierda importa si lo hace la ETA, el IRA, montoneros, sendero luminoso, milicos variopintos o los fundamentalistas árabes?

El terrorista no necesita de razones para matar, no es un ataque particular contra la libertad de expresión como analizan superficial y apresuradamente, y esto lo demuestra la miríada de actos que se cometieron antes que éste en los que las motivaciones aparentes eran otras. Ahora la excusa fueron la viñetas contra Mahoma, antes la participación de España y Gran Bretaña en la guerra de Irak, más atrás el odio contra los EEUU,  por estos pagos la revolución socialista y mañana será cualquier otra, no importa, porque simplemente el terrorista sufre de una desconexión moral que lo habilita a provocar el mal per se, sin motivaciones racionales, un mal que las sociedades infantilmente buenistas de este lado del mundo parecieran incapacitadas para afrontar.

“La fe que no sepa burlarse de sí misma debe dudar de su autenticidad. La sonrisa es el disolvente del simulacro” NGD

El segundo grupo es el de los progre fachos que intentan disfrazar su simpatía con todo movimiento que huela a antinorteamericano, por más brutales que sean sus ideas o prácticas,  declarando solemnemente que rechazan cualquier tipo de violencia para, con un “pero” de por medio, analogarla con otras acciones o violencias armadas. Es una estrategia tan pero tan chota, tan pedorra, que da para dudar de la pertenencia de estos mamarrachos a la especie humana. Una estrategia que los lleva a acercarse sin prurito con dictadores sanguinarios que son la antítesis del sistema cuyos beneficios y derechos usufructúan cotidianamente en este país.

Para estos monos la violencia terrorista se debería aquilatar con la violencia que ejercen EEUU e Israel (acá otra nota clásica de los amorfos en cuestión: les zapatea el enano antisemita) y recién ahí decidir sobre su gravedad. Sería más o menos así: “Sí, estos matan, pero los otros también, así que no es para tanto porque ahora están en igualdad de condiciones”. Un esquema tan chirleno merece análisis, tan solo un calificativo: Hijos de puta.

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Menos aún es admisible la idea de que los ataques fueron provocados por la caricaturización de Mahoma. No solo porque, como ya dije, el terrorista no precisa de razones para cometer sus crímenes, sino también porque es imposible escribir o decir algo que sea absolutamente neutral, que no moleste ni ofenda a nadie. Las caricaturas podrán ser insultantes y de mal gusto para la mayoría, pero el significado profundo de la libertad se juega allí donde es difícil decidir, en los extremos, en las zonas grises donde se rozan los límites. Basta con ver la filmación que muestra cómo fusilan a un policía indefenso para comprender la sinrazón del terrorismo: incluso si admitiéramos como hipótesis (disparatada por supuesto) que el objetivo era vengar al profeta ¿qué sentido tiene esa muerte, no habían matado ya a los hipotéticos ofensores? No, tan solo es un intento siniestro de justificación que se desmorona ante la crueldad de la evidencia.

Valetambién un palo para los analfabetos jurídicos: todos los derechos tienen límites, pensar lo contrario es admitir que son absolutos, algo que, sabiamente y para escándalo de algunos, no existe en los ordenamientos jurídicos occidentales. Otra cosa es que los límites se sujeten a subjetividades arbitrarias y difícilmente comprobables como los sentimientos, aquí es donde falla la idea de quienes pretenden amoldar el humor a sus interpretaciones personales.Además, quienes se sienten ofendidos tienen la opción de usar esa misma libertad y devolverles el favor de una forma más creativa y divertida: Burlarse todavía más, con más vulgaridad y encono de las ideas, dioses o ideologías de los burladores iniciales.

Es lo que ha sucedido en El Mendolotudo: cada vez que se escribió una nota satírica o polémica, se invitó a los disgustados a escribir una contra nota y hacernos recontra mierda, porque la libertad de expresión no es solamente nuestra, sino también del otro, del destinatario de nuestra crítica, y es allí donde se juegasu auténtica vigencia: enestar dispuestos a comérnosla doblada cuando nos toca ser burlados.

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