Metiéndose los sentimientos en el orto

Bueno, al fin llegó el día en que te diste cuenta que esa especie de relación tóxica iba a dejarte con el corazón herido. Que todo este embrollo no camina para adelante ni con las piernas mágicas del Teniente Dan. Por lo tanto, decidiste eliminarlo de una vez por todas de tu vida. Como parándote frente a un lunes, lista para empezar la dieta, así de decidida analizaste las mejores maneras de olvidarte de tu gran amor. Ese amor que lo flasheaste vos sola, tal vez, porque es raro que ellos mientan o prometan cosas que no son, por ahí sólo tiran una puntita y la novela te la inventás vos solita de principio a fin. Y acá estamos, bloqueándole todos los canales de comunicación para que no te llegue nunca más un puto mensaje. Esos mensajes que te hicieron feliz con tan sólo leer su nombre titilando en la pantalla del celu y te sacaban una sonrisa al instante. En el momento en que lo estás reseteando de tu vida, de tu Facebook y de tu Whassap, ya te estás arrepintiendo, ¿Cómo va a hacer si quiere comunicarse con vos? ¿Decirte que te ama, que te extraña? No, repelotuda, eso no tiene que pasar más, te decís a vos misma, aunque triste porque ya no vas a recibir ese montón de palabras que te alegraban el día. Por el motivo que sea, la cosa no va a poder ser.

“¿Y si de verdad me quiere?” Si de verdad te quiere, te va a venir a golpear la puerta de tu casa. Los hombres no son tan enroscados. O quieren con toda su alma o no quieren. Y vos ya sabés que no te quiere lo suficiente como para molestarse en jugarse aunque sea para pasar media hora con vos. Tus amigas tratan de ayudar y, aunque les das la razón, vos seguís en la dulce espera. La espera de que él se comunique por algunos de los canales que dejaste abiertos a propósito autoboicoteándote a vos misma. Que te llame al fijo, al laburo, te mande un mensaje de texto. Pero no. Muy en el fondo sabés que eso no va a pasar. Te consolás sabiendo que hacés bien en tratar de eliminarlo, recordando las veces que te dejó plantada llorando y puteándolo, las veces que te clavó el visto o no te contestó los mensajes y después aparecía como si nada. Es más decidiste que esto no iba más cuando lo viste histeriqueando con otros gatos públicamente en la red social. Y te dolió, hija de puta. Te dolió el alma. Tal vez lo que te pasa es que ya no te bancás más esta sensación de soledad. Que nadie te haga un mimo ni se preocupe por si hoy amaneciste con vida. Tal vez sea eso lo que nos lleva a depender absolutamente de un tipo. Tal vez sea eso lo que hace que mirés sus fotos y le hablés. O que releas mil veces las conversaciones que te hicieron feliz con él. Mientras tanto te cagás de angustia de ganas de escribirle, de ver su “escribiendo” en la pantalla, de sentirlo aunque sea a la distancia. Sabés que sos débil, y él también lo sabe. Rogás que no se acuerde de tu existencia, porque sos consciente de que aparece y te la vas a volver a echar. Vas a volver otra vez a lo mismo, a saber que no hay futuro, pero desde la efímera comodidad del presente. El tema es que en el camino, quedás con el orto y el corazón roto. Mientras tanto, y extrañándolo a morir, te consolás con la verdad de la frase: “Vos te merecés algo mejor”