MendoRelatos Salvajes: “Trapito”

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Miguel era un buen pibe, no era de meterse en quilombos y no le gustaban los conflictos. Tan así que frecuentemente se le adelantaban en la cola del banco, el chino le daba hasta dos pesos de vuelto en caramelos con sabor a pasta de dientes y era el que comía solo dos porciones de pizza cuando compraban una entre tres. En otras palabras, era bastante “buenudo”.

En una juntada con amigos, Leandro le comentó a Miguel que en el bar que trabajaba, estaban buscando un barman para la barra que estaban por inaugurar. Si bien Miguel había hecho un curso de barman años atrás y tenía la experiencia de una temporada en Viña, no estaba seguro de volver a la rutina nocturna. Estaba empezando la tecnicatura en marketing y no quería distraerse. Sin embargo, después de meditarlo con la almohada, decidió postularse para el puesto.

Al día siguiente, pasó por el locutorio del barrio para imprimir su curriculum y se tomó un bondi que lo llevaría al centro. La entrevista con el dueño del bar fue muy breve, considerando que Miguel venía recomendado por Leandro, uno de sus empleados de mayor confianza. Jorge, el dueño del bar, le pidió a Miguel que arrancara ese mismo fin de semana, que sería cuando la barra fuera inaugurada. 

El viernes llegó y Miguelito se pasó toda la siesta lavando el 504 hasta dejarlo hecho una pinturita. Sin dudas, amaba a su auto. No solo porque era lo único que le había dejado su viejo antes de morir sino porque además estaba impecable.  Joya, nunca taxi, negro como la noche y con techo corredizo que comenzaba a abrir ni bien comenzaban a sentirse los primeros calorcitos de septiembre. Apenas terminó de lavar el auto, se pegó una ducha y se acostó un ratito antes de salir para el bar.

Apenas llegó a la zona del bar, encontró un lugar inmejorable para estacionar. Ni bien cerró con llave la puerta del auto, desde las sombras se le apareció un tipo. Se asustó en primera instancia, pero logró calmarse cuando escuchó al sujeto decirle: – “Primo, ¿se lo cuidamos?”. Miguel no quería tener problemas con el trapito, a pesar de que siempre renegaba con ellos cada vez que iba a algún lado. Era su primer día de laburo y no quería meterse en problemas con nadie, por lo que asintió sin emitir sonido alguno mientras cruzaba de vereda en camino al bar.

¡La inauguraciónhabía sido un éxito! Mucha gente se había acercado a la nueva barra del bar para saludar a Miguel: sus amigos del barrio, algunos compañeros de la facu y hasta el Pelado Martinetti, que estaba recién llegado de sus vacaciones por el sur. Miguel se quedó hasta el final de la noche y después de ayudar a ordenar, agarró sus cosas, se despidió de sus nuevos compañeros de trabajo y se marchó hacia la calle donde había estacionado el auto. Para sorpresa de él, el trapito aún seguía deambulando por la zona y ni bien lo vio a Miguel subirse al auto, salió corriendo para interceptarlo.

–          “Amigo, son cincuenta pesitos.” – arremetió Johnny, el trapito.

–          “¡¿Cincuenta pesos?! ¡¿Me estás cargando?!” – respondió Miguel enfurecido.

–          “Si, pa. Eso estamos cobrando por acá. Tengo cambio si queres.La próxima te lo puedo lavar también.” – retrucó el Johnny con un tono sobrador.

–          “Tengo justo, dejá. Me parece una locura…” – murmuró el joven mientras sacaba la billetera.

Enardecido por lo acontecido, pero sin olvidar que había sido una excelente noche de laburo, Miguel condujo hasta su casa. Al día siguiente, vivió una situación similar. A Miguel le costaba muchísimo ocultar su descontento ante el escenario que le tocaba afrontar noche tras noche de laburo. De hecho, el Johnny ahora comenzaba a pedirle los “cincuenta pesitos” por adelantado “por las dudas que no estuviera a la salida”. Miguel ya estaba harto de estos atropellos y luego de varias semanas decidió encararlo de una vez por todas.

–          “Mirá viejo, todo bien con que estés cuidando los autos de la gente que viene al bar, pero yo laburo acá. Vengo casi todos los días y no puedo pagarte cincuenta pesos cada vez que vengo a laburar. Gracias por cuidarme el auto pero yo ya no te voy a poder pagar.” – le dijo Miguel al trapito luego de cerrar la puerta de su auto.

–          “Este también es mi laburo, pa. ¿Así que no vas a poder pagar más? Sería una pena que le pase algo a tu auto, lo tenés tan bien cuidado…” – lo desafió el Johnny.

–          “¿Acaso me estás amenazando?” – respondió enfurecido Miguel.

–          “No, nada que ver. Te digo nomás…” – se lavó las manos el trapito.

El Johnny era un tipo de pocas pulgas. Tenía antecedentes de todo tipo y ya había estado guardado un par de años. Casi todas las noches se apostaba en esa cuadra donde estaba el bar en el que trabajaba Miguel, junto a un par de restaurants y una heladería. La gente que estacionaba sus autos en esa calle no tenía más remedio que pagar lo que el Johnny les pedía, dado que solía ponerse agresivo, violento y ofensivo con aquellos que no pagaban. De hecho, un grupo de vecinos había hecho una denuncia ante el trapito porque desde que merodeabaesa cuadra, “mágicamente” había aumentado la cantidad de estéreos robados, cristales rotos, autos rayados y gomas pinchadas.

Miguel estaba un poco más tranquilo dado que el trapito no lo había increpado a la salida del boliche hacía ya varias noches. Sin embargo, aquella noche que salió más tarde de lo usual, se encontró con su 504 rayado de punta a punta. La marca era evidente, potenciada por el color del auto. Eso no había sido provocado por otro auto, sin dudas alguien se lo había rayado. Miguel miró alrededor y no pudo encontrar a nadie. Obviamente, el Johnny tampoco estaba presente, lo que hizo enfurecer aún más al barman. Lamentablemente, el joven no tuvo más remedio que regresar a su casa, con lágrimas de bronca entre los ojos. Su auto, su tan preciado auto, lo único que le había dejado su viejo, había sido víctima del vandalismo.

Esa noche Miguel no pudo dormir. Se sentía tan mal que hasta se pidió la noche libre en el bar. Necesitaba calmarse, sabía que si iba y se encontraba con el Johnny, iba a querer romperle la cara. ¿Y para qué? ¿Para ir en cana y hacer un papelón enfrente de su lugar de trabajo? No, no era la solución. Sin embargo, mientras se bañaba se le ocurrió un macabro plan para vengarse.

Al día siguiente, Miguel se dirigió a su lugar de trabajo más temprano que de costumbre. Esta vez decidió dejar el 504 en la otra esquina de la calle, un poco más alejado de la puerta del bar. Mientras estacionaba, pudo ver al Johnny acercarse con unasonrisa de oreja a oreja. El joven trató de mantenerse calmopara poder ejecutar su plan.

–          “Uh amigo, ¿qué le pasó a la nave? Pedazo de rayón le hicieron” – exclamó el trapito mientras pretendía darle indicaciones para estacionar.

–          “Si, un garrón. Pasó por acá, la otra noche, mientras laburaba. ¿No viste nada vos?” – contestó Miguel simulando cierto grado de inocencia.

–          “No, pa. ¡Qué pena! Si tuvieras alguien que te lo cuidará capaz no te pasaría esto.” – dijo el Johnny.

–          “¿Qué le vamos a hacer? Cosas que pasan… Che, ¿me lo lavas? No he podido en estos días” – preguntó el joven barman al trapito.

–          “Claro, primo. Dejame las llaves y te las llevo más tarde al bar cuando termine. ¡Va a quedar joya la nave, pa!” – respondió el Johnny.

Acto seguido, Miguel agarró sus cosas y le dejó la llave al Johnny para que le lavara el auto. El joven caminó como de costumbre hacia el bar, por más que aún no hubiera nadie para abrirle. A una cuadra, su amigo Leandro lo estaba esperando.

–          “Migue, ¿y ahora?” – preguntó Leandro.

–          “Llevame a mi casa y yo me encargo”. – respondió el joven barman.

Una vez en su casa, Miguel le pidió a su amigo que lo cagara a piñas. Leandro se opuso, pero ante la insistencia de su amigo, no tuvo más remedio que hacerlo.

–          “Migue, ¡vos estás re loco! ¡Mirá como me hiciste dejarte!” – dijo preocupado Leandro.

–          “Tranca, Lea, estoy bien. Andate y recordá: ‘vos hoy no me viste’.” – respondió Miguel tendido en el piso de la cochera.

Luego de que Leandro dejara la casa de Miguel, el joven llamó a la policía.

–          “¡Me asaltaron! ¡Se llevaron el auto!” – exclamó Miguel apenas lo atendió la operadora.

–          “Tranquilo, señor. ¿Está fuera de peligro? Ya le enviamos un patrullero”. – contestó la mujer.

–          “No se, era un tipo, me dejó inconsciente de la paliza que me pegó. ¡Se llevó mi auto!” – respondió el joven.

Al cabo de una hora, el comisario Baigorria encontró el vehículo que coincidía con la descripción del coche sustraído. Pidió refuerzos y en pocos minutos tres patrulleros cortaron la calle en la que se encontraba el Johnny, quien recién se aprestaba a lavar el 504 de Miguel. Cuatro agentes abordaron al trapito, quien sin entender qué estaba sucediendo trataba de explicar que no era su auto sino de un cliente. Mientras lo esposaban, uno de los agentes decidió abrir el baúl del coche y para sorpresa de todos, encontró amordazada e inconsciente a Susana, la anciana que había sido reportada desaparecida hacía unas pocas horas.

Los medios se hicieron eco de la noticia y no tardaron en aparecer. Mientras Miguel veía el noticiero desde la clínica donde lo estaban atendiendo por los golpes, recibió una llamada desde la comisaria confirmándole el hallazgo de su auto. Jamás se enterarían que había sido el quién había secuestrado a la anciana y la había dormido antes de encerrarla en el baúl. Jamás sospecharían de él, dado que el Johnny tenía antecedentes suficientes como para asumir que era el artífice del ilícito y de esa forma volver a encerrarlo por varios años. La policía trató de encontrar testigos para corroborar la coartada del Johnny, pero sorpresivamente, en el barrio, nadie había visto nada…