Apache, el caníbal de San José | Segunda parte

PARTE 1

Luis Ordoñez: “El Carnicero”

En la  madrugada del día 10 de febrero del 2005 la policía encontró un vehículo abandonado al costado de la ruta Panamericana. Las pericias determinaron que el conductor había perdido el dominio del rodado, sin embargo no se hallaron rastros de sus ocupantes. En primera instancia se especulo con que el coche había sido robado y que los malvivientes al colisionar lo abandonaron.

Lo que parecía un simple incidente vial se transformo en una gran incógnita cuando, al intentar localizar al propietario del coche se determino que había desaparecido junto con su novia. Se trataba de  Lucas Zalabastro de 23 años y Laura Herrera de 19.

Las primeras sospechas recayeron sobre el circulo intimo de la joven pareja, y una posible disputa que hubiese provocado la fuga de ambos, sin embargo se descarto esta posibilidad al no existir ningún conflicto de importancia en el ámbito familiar. Se investigo un posible ajuste de cuentas, pero ambos eran estudiantes sin ningún antecedente penal ni enemigo conocido.

Las autoridades se encontraron en un callejón sin salida, sin pistas, o línea de investigación que seguir. Solo quedaba sentarse y esperar que fuera una broma de mal gusto, que ambos hubieran decidido desentenderse de sus responsabilidades por un tiempo para huir de sus problemas.

Las noticias llegaron; y de la peor manera.

El día  03 de Marzo, el chofer de una combi que llevaba turistas hasta Villavicencio llamo a la línea de emergencia. Despuntaba el alba cuando diviso dos bultos sobre la ruta, disminuyo la velocidad e intento esquivarlos, pensando que eran los restos de dos cimarrones como tantos que suelen morir en el lugar. Clavo los frenos cuando distinguió una silueta femenina en uno de los bultos.

Le fue imposible evitar que los curiosos turistas se acercaran y cuando llego la policía en compañía de la ambulancia, se debió asistir a 6 personas descompensadas ante el grotesco espectáculo.

El forense se refirió al caso como “La mayor carnicería de la que he sido testigo. Desconozco la motivación del perpetrador, pero me aterra suponer que convive todos los días con nosotros”. No era para menos, la “escena del crimen” por llamarla de alguna manera era un camino de 2 kilómetros regado con sangre y vísceras.

La joven pareja había sido sujetada de las manos a un vehículo y arrastrados sin detenerse por un trayecto de 2 km. Fue imposible determinar cual de todas las heridas y fracturas les había provocado la muerte, porque literalmente eran dos bolsas de huesos.

Las familias fueron advertidas de antemano sobre el estado de los cuerpos, o mejor dicho, lo que quedaba de ellos, pero era necesario que los identificasen. A duras penas pudieron reconocerlos, además de los golpes y magulladuras habían perdido varios kilos, por lo que estaban irreconocibles. Ambos padres quedaron en total estado de shock. El hallazgo, sin embargo, no trajo más que conmoción alrededor de los hechos, seguían sin existir evidencias que aproximaran al perpetrador de los crímenes.

Con el correr de las semanas el caso desapareció de los titulares y la gente, como de costumbre, perdió el interés.

La calma no duraría mucho, puesto que un mes después de haber encontrado los cuerpos se denuncio la desaparición de Gustavo Baldivieso de 19 años y Yanina Aruantez de 18. Según las declaraciones de  sus amigos la joven pareja se había subido a un Falcón color gris plata con los vidrios polarizados a la salida del boliche “El Mambo”, ubicado en la calle Arístides Villanueva.

Difundiendo la descripción del coche, pero sin saber su dominio, se puso en alerta a la población y a las autoridades. Como es habitual, se recibieron cientos de llamadas en su mayoría se trataban solo de vecinos atemorizados y algunos malintencionados. Sin embargo el testimonio del psiquiatra Esteban Quiroga despertó inmediato interés de los investigadores.

Quiroga se presento personalmente en la comisaria 3ª de ciudad, pidiendo hablar con el comisario en persona. El estado de nerviosismo del hombre hizo que el comisario lo atendiera en su despacho.

Esteban aseguro conocer la identidad del propietario del Falcón color gris que había levantado a los jóvenes; y estaba convencido de que era el mismo que había cometido los otros crímenes. Llevaba consigo la historia Clínica de Luis Ordoñez , un muchacho que había sido su paciente hasta hacía dos meses. Comenzó su relató así…

– Hace 10 meses recibimos en el Hospital el Sauce a Luis Ordoñez, un muchacho que presentaba una crisis de nervios incontrolable. No tenía antecedentes de problemas psiquiátricos, golpes, traumas previos, solo una aterradora historia, increíble, pero aterradora.

Los propietarios de la casona ubicada sobre la calle Bandera de los Andes contrataron una empresa de demolición para  poder construir en el lugar un local comercial. Al parecer la mansión es un verdadero botín, lleno de antigüedades y joyas invaluables, por lo que la parte más importante y delicada de la demolición, era despojar al inmueble de todos los objetos de valor.

Luis trabajaba en dicha empresa, hasta que debió ser retirado en estado de shock por sus compañeros, nunca en mis años como profesional vi a una persona tan aterrada. No era capaz de modular palabra alguna, no respondía a ningún estimulo, no dormía, no comía, no bebía, solo respiraba, era un cuerpo carente de alma.

Con esmerados cuidados, medicación y acompañamiento logro empezar a modular algunos vocablos, pero apenas se lo dejaba solo gritaba como un niño pequeño, ni hablar de dejarlo a oscuras.

Debimos ser pacientes con el, ningún estudio podía realizarse sin su colaboración, el no tenía ningún daño visible, ni siquiera cerebral que justificase su estado, por lo que precisábamos de su testimonio para saber que le sucedía. Un día martes se despertó de muy buen humor; y como si nada hubiese sucedido, pidió al guardia que me llamasen, porque tenía que hablar conmigo. Le voy a pedir que deje de lado todo escepticismo y me permita leer su testimonio…

“Al final de un largo pasillo encontré una habitación muy extraña.  Desentonaba con el resto de la casa, es una pieza demasiado espartana, un viejo ropero, una cama chica con un colchón desecho y un saco colgado de una de las paredes, como esperando que su dueño lo vistiera.

En una de las paredes había un pequeño y antiguo retrato, el de un hombre de rostro anguloso y ceño serio. Revolví la habitación buscando algo de valor,  pero no encontré nada. Estaba por salir cuando una nota que había encontrado dentro del ropero me llamó la atención. Me devolví para leerla y lo que describía era espantoso:

Una joven pareja se había acercado su casa a pedir ayuda, era un lugar muy retirado y se les había parado el motor del auto. Él dueño de casa les ofreció quedarse en una de las habitaciones, a lo que los chicos accedieron agradecidos.

A mitad de la noche lo despertó el ruido de la cama y los gemidos de la muchacha. La pareja estaba teniendo sexo. Intento obviarlo, pero le producía asco, el impuro acto le causaba repulsión. Esperó a que se durmieran y tomó un mazo de madera macizo. Los observó dormir por unos minutos, se acercó a la cama, tomó de los pelos al hombre y le golpeó la mandíbula, el pobre infeliz escupió una espesa sopa de sangre y dientes. El humor salpico su rostro y se relamió al probarlo. Sintió como el hueso se deshacía con cada golpe de su mazo y continuo hasta que los ojos se le salieron de su órbita, aunque seguía gimiendo. Recién ahí noto a la chica que intentaba detenerlo, la tomó  de los brazos y la arrojó contra la pared, la pateo una y otra vez, la pobre se retorcía y escupía sangre mientras suplicaba piedad, la golpeó hasta que dejó de retorcerse y regresó a su cuarto.

Cuando dejé de leer me di cuenta que estaba sentado en su cama, de repente sentí un insoportable hedor a sangre y me paralice. El aire se tornó irrespirable. Sentí la imperiosa necesidad de salir de ese cuarto, hasta que una voz profunda y grave comenzó a murmurarme al oído: “Nunca te vas a ir de acá”. Me paralice por completo,  por más que intentaba mover mis pies y mis manos, era inútil,  la sensación de ahogó y opresión era cada vez mayor. Intentaba gritar pero era inútil,  me sentía prisionero de mi propia mente. Junte fuerzas y con voz moribunda grité desesperado por ayuda.

Y así fue como me encontraron, en estado de shock, catatónico”

– Cuando me contó su historia estaba tan asombrado como cualquiera, soy una persona muy escéptica, pero como profesional conozco a la perfección como una experiencia traumática puede afectar la salud de una persona, aunque dicha experiencia haya ocurrido solo en su mente.

A Luis se le diagnostico “Stress Postraumático”, el mismo cuadro que presentan los excombatientes y aquellos que han pasado por situaciones límites. El tratamiento se limito a sesiones de terapia, ansiolíticos y pastillas para dormir, era un muchacho sano que paso por una experiencia aterradora.

Después de algunos meses le dimos el alta, no había nada que hacer, su problema no era psiquiátrico; y lo mejor para su salud mental era volver a un ámbito familiar, o al menos eso pensamos.

Pero había algo en su mirada, en su forma de hablar y de expresarse, no se porque pero sentí que por primera vez en toda mi carrera alguien conseguía engañarme, alguien o algo.

No había pruebas que pudieran inculpar a Luis, solo una suposición, pero era el único indicio en toda la maraña de atrocidades cometidas. Además, Luis era un muchacho alto y de contextura fornida, habituado a los trabajos pesados, por lo que podía perfectamente someter a una pareja desprevenida.

Las autoridades ordenaron que se contactara a Luis, sin poder levantar contra el ninguna acusación, pero al menos  se lo tendría vigilado de cerca. Fue un móvil con dos agentes hasta la vivienda ubicada en la calle Cabildo Abierto, del barrio Bancario de Godoy Cruz, donde vivía con su madre.

Para sorpresa de los oficiales, la mujer supo de inmediato la razón de la visita, Luis se ausentaba del hogar desde hacía al menos un mes y no atendía su teléfono desde hacía dos días, ni siquiera su novia conocía su paradero.

El hecho despertó aún mas sospechas sobre el chico, por lo que se alertó a las autoridades para que detuvieran a todos los vehículos que coincidieran con la descripción “Falcon Futura, modelo 74, vidrios polarizados”.

Una vecina del carril Elpidio González llamó desesperada al servicio de Emergencias.

– Mientras cenaba con mi familia escuchamos una fuerte colisión, salimos a ver lo que pasaba junto con mi marido, desde la entrada distinguimos la silueta de un vehículo y una moto de baja cilindrada.

Mi marido corrió a socorrer a la pareja que viajaba en la moto, puesto que gritaban desesperados. Del coche se bajó un hombre de figura imponente, cuando mi marido se le acercó lo golpeó con una piedra. Empecé a gritar, no entendía nada, vi que el hombre se acercaba a mí, entre y me encerré mientras buscaba el arma de mi esposo, cuando salí no había nadie, solo quedaba la moto y las huellas del vehículo. ¡Se llevó a los tres!

La declaración de la mujer avivo aún más las sospechas sobre Luis y se elevó el pedido de captura. Pesaban sobre él la desaparición de cinco personas. Conocer el paradero de los desaparecidos podía significar su supervivencia, puesto que si continuaba operando del mismo modo que con las víctimas halladas en el camino a Villavicencio, existía la posibilidad de que aun vivieran.

Todos las seccionales y comisarias estaban atentas a cualquier movimiento sospechoso, se montaron decenas de operativos con la idea de dar con el sospechoso, pero no hubo ningún avance.

Alrededor de las 3 am el guardia del cementerio de capital solicitó la asistencia de un móvil policial. No es extraño que se produzcan saqueos, lo extraño eran las circunstancias en las que el robo había sido perpetrado. Según declaró el empleado, mientras hacia su ronda nocturna encontró destrozada la entrada del Mausoleo de la acaudalada familia Mirkovic, pero del lugar solo habían retirado el cajón de Darko Mirkovic, de mas dos metros de largo y sin ninguna ornamentación.

El hecho por poco pasa desapercibido pero el agente Martín Ponce, que había participado en el año 2002 del procedimiento que dio con  los cuerpos del comisario Gutiérrez y de Darko Mirkovic en el caserón de la calle Bandera de Los Andes, relacionó el saqueo de la tumba con los recientes secuestros.

Ante la advertencia del agente Ponce, se enviaron dos móviles hasta la lúgubre mansión.

Tras el pesado portón se encontraba el Falcon modelo 74 que buscaban, en su interior un reguero de sangre, que confirmaba las sospechas y los ladrillos de una de las ventanas derribados.

No tardaron en llegar otros tres móviles, en compañía de una ambulancia.

Se solicito la presencia del Oficial Martín Ponce, puesto que era el único que conocía el laberíntico interior del lugar, al menos en parte.

Del interior de la casona emanaba un hedor insoportable, no solo los años y la suciedad eran los responsables, era el agrio olor de la sangre putrefacta lo que aturdía.

El viejo piso se estremecía con cada paso que daban, la luz se disipaba hasta perderse sin poder dibujarse una figura, parecía que el lugar se resistía a la claridad.

Poco podía hacer Martín para guiar a sus compañeros, el lugar parecía tener vida propia, los objetos, aunque inmóviles perseguían los movimientos de cada uno de los que habían osado penetrar por sus paredes. Solo un lejano murmullo los guiaba, tan lejano y tan difuso que nadie podía asegurar que no fuese producto de su imaginación, pero algo los hacia perseguirlo.

Martín se alerto al atravesar una puerta, ilumino con su linterna y advirtió…

– Esta es la cocina, acá es donde ejecutaron al comisario Gutiérrez. No muy lejos de acá esta el sótano donde hallamos los dos cuerpos.

Un largo pasillo los separaba de la puerta del sótano. Con cada paso que daban el murmullo se hacia mas nítido.

Al cruzar la puerta se encontraron con una escena espectral, salida del mismísimo infierno. Sobre un antiguo mesón yacía el cuerpo de uno de los adolescentes desaparecidos, aparentemente Baldivieso, en avanzado estado de descomposición. Apoyado sobre un banquillo estaba el joven motociclista, que aun luchaba, susurraba incoherencias, el casco parecía ser lo único que mantenía su cráneo completo, un golpe lo había hundido hasta dejarlo irreconocible. El marido de la mujer que había hecho la denuncia estaba decapitado en un rincón… su cabeza no estaba.

Detrás de una segunda puerta se filtraba un difuso haz de luz que permitía adivinar movimiento tras de si.

Ni la mente mas perturbada habría imaginado lo que encontraron en ese oscuro rincón. Luis silbaba tranquilo mientras peinaba la enmarañada cabellera de una de sus cautivas, al tiempo que le recitaba una canción al oído, la joven tiritaba, mientras con mirada suplicante esperaba el fin de su suplicio, era la única sobreviviente, había recibido incontables golpes que le habían producido 15 fracturas, le era imposible moverse por sus propios medios. Detrás de ella, en la misma posición, pero con la mitad inferior del cuerpo mutilada, yacía el cuerpo sin vida de la muchacha Aruantez. Sus ojos aún estaban abiertos, presos del pánico.

Sobre una antigua cocina de hierro reposaban los restos mortales de Darko Mirkovic, aun conservaba gran parte de la piel, aunque los gusanos y las moscas devoraban su carne. También estaba mutilado y parecía que se le habían cocido partes al cuerpo.

El joven no se inmuto en lo absoluto ante la presencia de la policía, incluso con tono pasivo los invito a tomar asiento mientras el terminaba con su trabajo. Martín Ponce tomo la iniciativa y lo redujo, esposándolo.

Retirar los cuerpos fue una tarea monumental, de por si llegar hasta el lugar era casi imposible, con el equipo médico aún mas. Luis estaba en un estado de total desconexión, desconocía cuál era su situación, repetía todo el tiempo que solo faltaba uno para que su trabajo estuviera completo.

Fue trasladado hasta la comisaría más cercana y por orden del comisario en ningún momento se le retiraron las esposas.

El forense pronto determino que se habían diseccionado una parte de cada una de las víctimas, sin siquiera tomarse la molestia de acabar con su penuria, dejándolos morir tras una prolongada agonía. Nunca se encontraron las partes y los órganos faltantes.

En la mañana se ordeno el traslado de Luis hasta un lugar más aislado. Cuando los oficiales entraron al cuarto lo encontraron arruchado en un rincón, sonriente, mientras goteaba de su boca  sangre espesa… “todavía no termino mi trabajo” decía.

Había hincado profundo los dientes en sus propias muñecas, tan fuerte había sido el mordisco que hasta el hueso había sido marcado. Las paredes del lugar mostraban aun la sangre fresca, como burla a sus captores había decorarlas con la más nefasta de las pinturas…

Tuvieron que atenderlo de urgencia los médicos del lugar, antes de sacarlo de la habitación para llevarlo al hospital, con una mirada fría, perdida y brutal todos lo escucharon decir riéndo sarcástico entre dientes “voy a terminar mi mandato”.

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