Así me enamore de ella, mi mejor elección

No sé como comenzó todo. Siempre en mis relaciones fallidas con hombres sentía que la de la culpa era mía, que quizá no tenía la capacidad de relacionarme con las demás personas y no pasar más allá de una simple amistad. No creo en eso de que existimos solo para procrear con una persona del sexo opuesto, sino en que tenemos que ser felices, como deba ser. Lo sé, siempre he sido rara, y es algo que está en mis genes. Irreversible.

En un intento por tener una vida más sana empecé a salir a caminar por las mañanas, levantándome mucho más temprano a lo que estaba acostumbrada. Caminando en mi barrio sola, sin celular, sin nada, solo yo y mis pies. Una mañana en mi nueva rutina diaria, habiendo caminado unas 15 cuadras, en vez de volverme como hacía siempre, me decidí a llegar a la salida a la autopista, que se encontraba a un kilómetro más de donde me encontraba.

¿Y por qué no? Me dije, total no estaba apurada. Al llegar ahí, unos minutos después, me di cuenta que había una mujer con ropa deportiva, un poco más mayor que yo, que estaba elongando, justo al lado de la salida a la autopista. Nada fuera de lo normal, la salude con un hola, me respondió, y se fue trotando por el lado opuesto al que yo venía. Algo en su persona me llamó la atención, pero no le preste demasiada importancia, y volví por el lugar que venía. Al otro día, sin pensar llegué al mismo lugar que el día anterior, y para mi sorpresa encontré a la misma mujer haciendo exactamente lo mismo, seguía elongando en el mismo lugar, y tras saludarla, me volví por donde venía, aunque me di vuelta para mirarla correr sin preocupaciones. Por tercer día consecutivo, llegue al mismo lugar, pero esta vez ella no estaba elongando, estaba tirada en el pasto llorando y agarrándose una pierna en un gesto de claro dolor.

No había nadie alrededor, más que nosotras dos, y no me podía quedar indiferente ante esa situación. Me le acerqué despacio y le pregunté que le pasaba, aún con lágrimas en sus ojos, tenía los ojos más bonitos que había visto en mi vida. Al principio me trató con una forma de ser muy distante y tratando de que yo me fuese a toda costa, y al no lograrlo, se dio cuenta que no le quedaba otra que dejarse ayudar. Me contó que estaba así porque había estado toda la noche corriendo, en un modo de escapar de la situación caótica que había vivido con su pareja, ahora ex, y que al correr tanto le dio un tirón en la pierna y cayó desplomada al pasto, en donde yo la encontré. Lloraba de dolor, tanto físico como espiritual, y me acordé de lo que lloré cuando dejé a mi ex, en medio de una relación más tóxica que inhalar monóxido de carbono. Nos quedamos charlando un rato, y cuando la noté mejor, para seguir caminando adonde sea que quisiera ir, le di un abrazo y la saludé. Cuando me estaba yendo, me dijo que su nombre era Agostina y me pidió mi número de teléfono para juntarnos a caminar por las mañanas. Me pareció una buena idea y se lo pasé. Esa mujer morocha de ojos claros tenía algo, no sabía bien que era, (y aún no lo sé) que me cautivó desde la primera vez que la vi.

La cuestión es que me llamó ese mismo día a la tarde para juntarnos a correr, y ante mi insistencia de que no hacía mucho que había empezado a caminar, y todavía ni me imaginaba corriendo, la convencí de salir a caminar al otro día en la mañana. Quedó de pasarme a buscar a las 7 de la mañana por la puerta de mi casa, y así lo hizo. Y en el trayecto nos pusimos a charlar y me contó que hacía poco tiempo que había empezado a entrenar para escalar la montaña más alta de América, el cerro Aconcagua. No voy a negar que me sorprendió, con casi 7000 metros de altura, escalar el Coloso de América, no es algo que pueda hacer cualquiera. Y bueno, seguimos charlando de la vida y riendo.

Volvimos a mi casa a las 9, en un estado físico un poco mejor del que tenía. La agregué en el Facebook, cosa de tener más vías de comunicación, y ese fue el comienzo de la amistad más deportiva que podría haber imaginado. Salíamos todos los días a la misma hora a correr, y pasado un mes me ofreció si quería sumarme a su aventura en el Aconcagua. Me pareció una locura, y se lo dije, a lo cual me respondió “La vida es una sola”. Quedamos de acuerdo en que íbamos a empezar a subir cerros de baja altura primero, y después ir aumentando la altitud, total viviendo en Mendoza, cerros no nos iba a faltar.

Empezamos por el Cerro de la Gloria, de tan solo 980mts y cuando llegamos arriba me contó que su ex ya se había llevado todas sus cosas del departamento que convivían, y que, oh detalle, era una mujer. Me llamó la atención, pero nunca he sido homofóbica, palabra para estúpidos que les gusta meterse en la vida de los demás, y odiarlos. Que su ex era muy intolerante y odiaba el ejercicio, y bueno, fue un alivio terminar con una persona así.

Cuando subimos a la cumbre del Cerro Arco, de 1600 mts le conté de toda mi historia con los hombres, y de que sentía que el problema era yo, a lo que me respondió “el problema son ellos, sos mucho mejor que un puñado de bolas” y al decir eso empecé a reír de una forma que casi me tropiezo y me caigo. Tenía razón, y ahí me di cuenta.

Llegar a la cumbre del Cerro Canario, de 3319 mts me costó mucho, y en muchos casos pensé que no podía, y gracias a la insistencia y garra que le puso Agostina, logre alzar la cabeza en uno de los puntos más altos de la pre cordillera. Saqué al menos unas 50 fotos, selfies sola y con ella, de ella sola, de la inmensidad que nos rodeaba y por primera vez en mi vida me sentí libre, con aquel aire que me recorría la cara. Ya hacían unos meses que nos conocíamos y ya era una de las personas más importantes en mi vida, y en nuestras excursiones en las montañas, aprovechábamos para hablar de todo, de la vida, como una forma de hacer terapia, mucho más aventurera y barata.

Y fue que un día, habiendo llegado a la cumbre del Cerro Penitentes, a 4251 metros sobre el nivel del mar, con una exigencia importante, mientras que yo lloraba de felicidad por haber llegado hasta ahí, sintiendo tantas cosas a la vez, sin pensar demasiado la miré a ella que me miraba fijamente con una mirada que no he visto en nadie en toda mi vida, me le acerqué y le di un beso en la boca. Ella primero descolocada por tan anormal situación, y más viniendo de mí, al principio no entendía nada pero nuestros labios supieron muy bien que hacer a tanta altura. En ese momento sentí que esos eran los labios que quería besar por el resto de mi vida, y que los anteriores solo eran la práctica para estos nuevos. Que nunca me cansaría de besarlos. De más está decir que no fue el único beso que nos dimos allá arriba, pero después tuvimos que hablar sobre todo lo que nos pasaba.

Ella estaba sola y yo también, y ella estaba enamorada de mi desde hacía bastante, y yo simplemente no me había dado cuenta. No me había querido decir nada porque sabía que yo nunca había estado con otra mujer antes, y que prefería esa amistad segura a intentar sin demasiadas esperanzas, llegar a algo más. La forma en que me miraba decía todo lo que no me podía decir con palabras, y yo no me había tomado el tiempo para leerlos. La montaña, para ese entonces, se había transformado en una verdadera pasión, como no había conocido antes, y realmente dudo poder vivir en otro lado similar a donde vivo. Un día de enero, dos días después de mi cumpleaños, y un año y medio después de habernos conocido decidimos ser pareja y seguir compartiendo momentos y experiencias inolvidables.

Y, un tiempo después me encuentro a su lado terminando de escribir esta, nuestra historia, en Plaza Canadá a 4900 metros de altura en camino hacia la cumbre del Centinela de piedra, aquel bello e imponente Aconcagua, sabiendo que las decisiones y las malas experiencias que yo había tenido antes, solo habían sido la práctica para aprender a quererme, y sobre todo a quererla a ella.