El vagante y sus pájaros

Me pierdo en los laberintos de mi mente atormentada y no logro encontrar explicación alguna. En el parque central de a poco la botella de Smirnoff se fue vaciando, y eso fue cierto. Tomamos después lo que haya sido que él llevaba en el termo, tenía gusto a ginebra mezclada con algún tetra barato. O eso supongo, ¡no lo sé! Ya todo me es tan confuso.

Si todo empezó tan bien, tan normal, ¿en qué momento se dio vuelta y ahora es esto que no logro descifrar? Y me enamoré, como una quinceañera. Y ahora voy a tratar de relatar la historia para ver si en algún momento tuve indicios de lo que pasaría después.

Él era el amigo de una compañera de la facultad. Después de cursar una materia tenía un buen rato libre y me puse a charlar con ella, en una de esas me cuenta que va a venir Santiago, su amigo a buscarla para tomar algo al centro, y no sé si puse cara de lástima o qué, pero me invitó y no hubo caso de que le dijera que no. Y cuando vi a Santiago a la cara me enamoré. Se parecía a una versión mejorada y no tan salame de Sebastián Estevanez. Pero sus ojos eran raros, como nunca he visto en mi vida. Ahí está, debí haberme dado cuenta por sus ojos.

Como no tenía vehículo, esa noche me ofreció a llevarme a mi casa. Después de llevar a mi compañera (a quien misteriosamente después de todo esto nunca más volví a ver) me dejó en la puerta de mi departamento, y no lo pensé mucho. Esa noche la pasamos juntos. Me llamó mucho la atención que en la nuca tenía tatuado al ojo que todo lo ve, ese el que está en el billete de un dólar. No le di importancia en su momento. Que pelotuda.

Empecé a faltar a clases para estar con él, y la situación iba en aumento cada vez más, estábamos juntos mucho tiempo y empecé a dejar muchas cosas de lado. Él me decía que me amaba, que quería estar conmigo. Y una noche, lo juro por lo que sea, cuando estaba durmiendo en mi cama boca abajo, juraría que vi al ojo tatuado pestañear. Lo atribuí a la cerveza que había tomado, ni siquiera se me planteó que había sido verdad.

Me dijo que no tenía familia. Que era adoptado y sus padres adoptivos se habían muerto hacían unos años. También que tenía 28 años y trabajaba de contador en una fábrica. Cuando le pregunté en donde había estudiado, me dijo que había sido en una universidad en Uruguay, donde había vivido toda su niñez. Nada con quien relacionarlo acá, pero yo estaba tan embobada con él, que no quise escuchar a mi mente cuando empezaron a sonar las alarmas.

Todo corría sobre rieles hasta que me invitó al parque a tomar algo. No fue nada extraño, estábamos en esa parte que está al lado de la calesita, en los columpios. Se había hecho de noche, había muy poca gente, yo estaba en un columpio sentada tomando mate y él estaba en el columpio al lado mío, cuando se paró de golpe, me dijo “ya vengo” y se fue a la arboleda que está cerca. Me resultó muy raro, sobretodo porque inmediatamente después de haberse ido vi sobre la arboleda, que una bandada de pájaros negros salió volando. No me animé a seguirlo, ahí al final, le di bola a una de mis alarmas mentales. Cuando volvió estaba raro y así estuvo el resto de la noche. No quiso entrar a mi casa cuando se lo ofrecí y pasó. Ahí empezó a hacerme ruido.

No hubo más cosas raras hasta la semana pasada que me invitó al parque central, también a la noche. En un momento la parte donde estábamos nosotros se vació (o eso creí) y fue cuando las bebidas se nos acabaron. Con la excusa de que iba a buscar algún kiosco para comprar una cerveza, se paró de golpe y se fue. No me pude contener, esta vez lo seguí. De lejos, para que no me viera, vi que se metía a una parte alejada, y atrás de un árbol vi una bandada de pájaros negros que salió volando. Cuando me acerqué más vi (y lo juro por lo que sea) que se había transformado. No era él. Le habían salido unas cosas raras en la piel, como costras y el ojo que tenía en la nuca brillaba, como los ojos de los gatos. Cuando me vio empezó a seguirme y alcancé a subirme a un taxi que pasaba por esa calle. Le dije al conductor que me habían intentado violar. La verdad a esta altura, ya no era creíble.

En Internet no pude encontrar nada. Esa imagen no me dejó dormir durante muchos días. Y me supuse que si en la computadora nada aparecía es porque se trataba de una leyenda urbana. Yo sé bien lo que vi. Y de golpe me fui a donde quizá hubiesen respuestas, a la biblioteca San Martin. Cuando en la biblioteca una mina media amargada con anteojos, detrás de un mostrador me preguntó que buscaba, le dije que quería algún libro con leyendas urbanas de Mendoza. Me señaló una estantería al fondo, y allá fui.

Había un viejo al lado mío sentado leyendo algo sobre la organización territorial después del terremoto de San Francisco, el que dejó las famosas ruinas. Y le pedí ayuda para bajar un libro muy alto que captó mi vista. “¿Así que buscas leyendas, querida?” Me dijo en el momento que le leyó el lomo al libro. “Si, estoy haciendo una investigación para la facultad, ¿usted sabe de algo que pueda ayudarme, de algún monstruo o algo así?” Le dije en tono curioso. “Sentate, me dijo, hay mucho para contar” Dicho esto dejé el libro en el estante y me senté al lado suyo, y después de muchas anécdotas curiosas e interesantes, me contó la que yo andaba buscando. “Y por último hay uno que en realidad es nuestro por adopción, porque viene de la región del Maule, en Chile. Nadie le sabe su nombre, yo le digo “El ojo”, es un loco que anda con un ojo tatuado, que dicen que en la noche se mete entre los árboles y llama a los pájaros que salen volando después. Siempre son pájaros negros. Sé que ha sido el responsable de varias desapariciones de chicas, así como vos, pero eso son cuentos, nadie sabe bien que hace. Pero ese ojo, dicen que si lo miras directamente te volvés loco. Que tiene una necesidad de atraer mujeres para robarles el alma, y transformarlas en pájaros que van vagando por la noche” pero son todos cuentos, ¿o no?” Me dijo haciéndome una guiñada de ojos.

Y ahí lo entendí. Santiago no era Santiago. Era ese ser raro que el hombre de la biblioteca me había contado. Tuve que cambiar de número y de celular, pero nunca (y por más de que lo sabía) nunca me fue a ver a mi casa. Y es el día de hoy que habiendo pasado un buen tiempo, me pregunto que vio el en mí. Solo sé que anda por ahí, vagando con su ojo tatuado y sus pájaros negros en los árboles, para así un día engañar a otra como yo, que no se resista a sus encantos.