Una lluvia nocturna azotaba la ciudad. Era extraño ver semejante cantidad de agua caer del cielo en un Junio que antes denotaba sequias. En el interior del bar de siempre, al abrigo de una tenue estufa, estaba Juan. Llevaba varias horas en la misma posición: tenía una libreta con hojas en blanco y una lapicera que parecía secar su tinta con la humedad del calentador.

Juan debía entregar una historia y no sabía por dónde empezar. Estaba nulo. Es que hacía un par de horas, había hablado con su amigo Gurkha y este le había traído recuerdos de las cosas que debería haber hecho y no hizo. Cosas que ya no tienen por qué ser arrepentimientos y si tendrían que ser aceptaciones. Y siempre, o casi siempre se trataba de una mujer. Esas que terminamos diciendo que no debimos haber querido…pero terminamos amando.

Mientras Juan rayoneaba los márgenes de las hojas, se acercó Canu. Ella era una habitué del bar; rellenita y culona, pero bella. Esas mujeres que inspiran desde sonetos hasta guarradas en las paredes. Sólo pasó por ahí a ver que sucedía con el ceño fruncido de Juan. Es más, casi no emitió palabra; pero fue suficiente para que Juan sonriera. La primera sonrisa en varias horas.

Martín estaba un par de metros a la derecha, bebiendo desde hacía rato una cerveza. Ya medio entonado, Martín se dejó llevar y declaró que había algún amor no correspondido que lo tenía a mal traer. Esas palabras resonaron en los oídos de Ferchu, que estaba en la barra. Ferchu, que a golpes de vida, ya tenía demasiado clara la palabra “amor” y lo que amar eternamente significaba.

Juan seguía sin poder pegar dos palabras. Estaba empezando a pensar que era una noche totalmente perdida. Hasta que llego su amigo Richard; ese amigo que habla hasta por los codos. Llegó contándole una fabula que había presenciado camino al bar: una historia donde un flaco corría desde su departamento a encontrarse con una desconocida. Donde ambos se empapaban bajo la lluvia y terminaban amándose para siempre. Los bautizo como Laura y Octavio.

Mediando una palabra de aliento para con el trabajo de Juan, Richard se marchó. Él es así, uno de los soñadores empedernidos y no había nada que hacer. Se los quiere así, se los admira así.

Cande, la bartender del lugar, prestaba casi tanta atención como Juan, a todo lo que pasaba en el lugar. Se acercó al joven escritor, y suministrándole una cerveza de cortesía, le comentó que si había notado que todos esta noche hablaban de amor. Qué si alguien le preguntará, ella también hablaría. Juan se interesó y Cande soltó algo sobre el amor a distancia. Cosa que Juan conocía bien. Limpiando un poco la barra con el trapo de siempre, Cande se marchó con un dejo de nostalgia y los ojos brillosos.

Finalmente pero no por eso menos especial, Marcela apareció. Se rió un poco de Carlos Fernando que desde el exterior soltaba incoherencias, y saludó a Juan. Juan le devolvió el saludo y le mostró la libreta en blanco. Marcela agarró la libreta y la revoleó por los aires. Le explicó a Juan que vivimos enfrascados en la rutina, que hemos perdido la pasión. Marcela era así. Impulsiva. Una persona que ansiaba luz, pero que cuando la luz llegaba ella sentía perder su hogar. Era un abismo de incoherencia donde uno quisiera perderse.

Y así, en una noche colmada de amores, de filosofías, de recuerdos. De amantes fugaces y palabras que caen como lluvia, Juan dejó su trabajo para la próxima semana y se entregó al calor de las amistades del viejo bar. Tal vez, al empaparse de tanta magia en el bar de siempre, pudiese concebir finalmente alguna obra.

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