Los cómplices*

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¿No sería más progresista preguntar dónde vamos a seguir, en vez de dónde vamos a parar?

Mafalda

El paisaje corría en sentido contrario al vehículo. Los árboles, edificios, personas, tráfico, pájaros y demás caían entre la velocidad y el tiempo y eran fagocitados por la confusión.

Las ventanillas del colectivo estaban un poco sucias, eran un caleidoscopio hecho con diferentes reflejos de mugres y lo que estaba afuera.

Traqueteo, traqueteo. A pesar del aparente desorden, de la explosión continua y constante, las cosas se movían al mismo ritmo.

Los pasajeros eran pocos, no más de ocho ni menos de cinco, probablemente seis o siete -la señora ninfómana, el señor con un ramo de flores amarillas, el que no sabe quien es, el que lo sabe pero no se lo dice a nadie, el que quiere salvar al mundo y el que lo destroza, el resto era sólo una mancha.

Tenían cara de aparente felicidad, de sentir un beneplácito creado por el vértigo que surgía de las cosquillas en su ombligo y que subía hasta el gaznate en un tobogán invertido.

Cada uno con su apuro; con su desasosiego;con su angustia de que es tarde aunque no se sepa para qué es tarde.

Cada vez más rápido, más veloz. La vibración de las cosas se incrementaba. El colectivo era un bólido hipersónico esquivando baches intergalácticos.

Una nebulosa planetaria fue parte del paisaje exterior por unos instantes, pero nadie se percató.

El chofer pisó el acelerador, casi hasta el fondo y las tuercas se aflojaron y los vidrios se trizaron y los números de los boletos se confundieron y los neumáticos lloraron y el motor bufó moribundo y los pasamanos tiritaron de miedo y el espejo retrovisor tuvo un ataque de pánico y el suelo de goma se bamboleó como un terremoto de 12° Mercalli.

La situación se manifestaba como un nirvana esquizofrénico.

Entonces la mujer ninfómana cayó al suelo abrupta e intransigentemente. Su pensamiento ulterior fue la imagen de su cuerpo desnudo y fluido siendo investigado por miles de sexos; luego un humo de bomba lacrimógena inundó su mente hasta quedar todo blanco por siempre.

Presto, el chofer detuvo el colectivo y fue hasta la mujer caida; con delicadeza y cierta experiencia dedujo que estaba muerta, y más aún, determinó la causa.

– Se le hicieron polvo los huesos- Sentenció.

Miró al resto de los pasajeros, nadie dijo nada. Entonces el chofer levantó a la mujer, descendió cuidadosamente con ella por la puerta trasera y la depositó en la vera del camino.

Subió y arrancó el desfallecido colectivo y partieron hacia la incógnita de las distancias.

No había tiempo que perder, ya no se pensaba en la señora ninfómana tirada en la muerte; sólo en la celeridad de la materia, de las cosas, cada vez más rápido para disfrutar del tobogán invertido.

Eran cómplices.

Lo que no sabían todos era que no eran inmunes, también se les estaban haciendo polvo los huesos.

El colectivo fue engullido por el horizonte.

*Nota del autor, o sea yo: Éste relato fue inspirado en el cortometraje homónimo, que a su vez se se basó en el cuento con el mismo nombre, de mi autoría; que como era de esperarse se extravió. Este es el cortometraje en cuestión. que fue generado por el cuento perdidoy generador de este nuevo relato. Un tema circular parece.