Elise…

– ¿Elise?

– Tengo tantas ganas de cortarme que siento las venas golpeando contra mi piel.

Reí amargamente, debería haberme acostumbrado ya a sus metáforas.

– Entra ya, está frío.

Matadepera es una localidad en Barcelona, España. Compuesta por millones y millones de casas, de todas las casas frente a las que me podía tocar, me tocó la que daba justo al hogar de Elise Mellor. Lindo nombre, vida no tan linda. Sus noches eran un ida y vuelta entre botellas de pastillas vacías, navajas brillantes y lágrimas saladas; sus días, por el contrario, eran sonrisas y la intención de hacer que la partícula más insignificante del mundo se sintiera influyente y fuera feliz. Elise había venido a vivir desde Burton Upon Trent, una ciudad cuya localización desconocía, y ahora que ella no está, supongo podría buscar. Se había marchado de Inglaterra un poco por trabajo y otro poco por estudio, pero más que nada para escapar. De sus padres, amigos, familiares y cualquier otro que la conociera y pudiera juzgar sus decisiones que, como adulta que se consideraba, ya empezaba a tomar.

Ella parecía de sesenta, hablaba con añoranza de cosas que jamás había vivido y, aún así, te lo contaba con la mirada fija en la nada, como si pudiera ver aquello que sus rosados labios describían con hermosa precisión. Podías sentarte por horas a mirarla hablar del Mayo Francés, del Flower Power, los Beatles y el Woodstock. En cierto punto, te preguntabas si realmente ella había estado allí, tal vez en otra vida. Llevaba el pelo castaño largo, siempre adornado con flores y los vestidos eran su única prenda, así en verano como en invierno. Pálida como la leche, se pintaba los labios de rojo y sonreía, consciente de que al entrar en una habitación, todos se volteaban a mirarla, pero no mecionaba aquello. Tenía una mezcla de acentos que oscilaba entre un español neutro y el de un madrileño, a pesar de haber vivido en Barcelona lo suficiente para que se le pegara mi forma de hablar. Sus ojos azules parecían verlo todo, incluso a través tuyo. No soy creyente de todas esas chorradas que dicen sobre la gente que habla con los ojos, pero cuando ella hablaba y te miraba, realmente podías verla ahí, en París con una pancarta protestando, ahí en Estados Unidos reclamando el fin de la guerra, o allí en Woodstock sacudiendo el pelo al ritmo de Janis Joplin o Jimi Hendrix. Sus brazos, llenos de finas líneas blancas, eran muestra de cuánto ella se odiaba, aún no entiendo el porqué. Sus piernas no eran mucho más diferentes, pero ella sabía ocultarlas con vestidos largos y una retórica punzante.

Con todo esto dicho, y aun siendo ella un cúmulo de desastres, una supernova de problemas siempre a punto de colisionar con el mundo, siempre resquebrajándose pero nunca quebrada del todo, ¿Cómo no iba a enamorarme de ella?

Aquella noche no era distinta de las otras. Sus vestidos habían sido reemplazado por un largo camisón blanco, su cara estaba más pálida de lo usual y sus ojos empañados. Su sonrisa era una mueca temblorosa bajo unos labios rosados y compungidos. La chica que sonreía al ser mirada no era más que una personita indefensa y descalza ante un mundo cuyo suelo estaba lleno de clavos.

Esa noche, como tantas otras, Elise quería morir.

Escrito por Puré de Valium para la sección: