Que no me olvide

“Que me deje de amar si así lo quiere” pensé, he inflé el pecho en señal de superación y aceleré el paso. Volvía de una larga caminata que sin querer me dirigió al recuerdo. Para cuando llegué a casa ya estaba con el ánimo por el piso, las manos heladas y el corazón triste. Nunca me gustó hacer el papel de “todo lo puedo” y terminar de esta forma pero aún conservaba un poco de orgullo que no dudaba en esfumarse entre cuatro paredes.

“Que me deje de amar, pero que no me olvide” susurré mientras me quitaba la bufanda de colores y el saco verde militar y me senté a leer un poco.

En mi libro aparece un personaje llamado Leopoldo Jacinto Montes, padre de Blanca María Montes, quien en la historia lo ama y admira con todo su ser y me acordé del mío, de mi papá, a quien también amo y admiro y a quien disfruto mucho escuchar cada vez que lo veo. Me gusta tomarle fotografías con la mirada, para recordarlo los días en los que pasa tiempo que no me visita y lo extraño. Suelo grabar en mis oídos su voz, para que me guíe a casa cuando me sienta perdida.

Papá es como un libro viejo, tiene mucho para decir, cosas importantes para quien sabe apreciar un buen libro. Me ha hablado sobre tanto que sería casi imposible recordar todo en este momento, pero sé que en caso de necesitar algunos de sus consejos, automáticamente vendrán a mi cabeza, como si me lo hubiera dicho ayer. Hoy recordé aquella vez en la que me habló sobre el amor, y no de esa vez en la que me vio llorar por esa razón, sino de un amor, uno de sus varios amores de juventud.

Malena, la jovencita de cabellos largos y de cuerpo escultural, es para él, uno de sus más lindos recuerdos. Me habló de ella con una luz en los ojos que se me encogió el corazón, la describió con tanta delicadeza que por momentos podía sentir que no era un hombre de sesenta y un años quien me relataba aquella historia, sino un jovencito de veintitrés. Las anécdotas sobre sus tardes en el parque acuático o en la ciudad me tenían concentrada como a un niño viendo una película de dibujos animados pero todo ese ambiente se vio interrumpido por el tono de su celular.

Papá se tenía que ir pero antes de despedirlo en la puerta le pregunté:

– ¿Y qué pasó con Malena?

– Su mamá se entero de lo nuestro y la envió a vivir a Chile

– ¿Y no la buscaste más?

– Le mandé varias cartas, pero su mamá nunca se las dio. El tiempo pasó, después conocí a tu madre y nos casamos. Malena es solo un lindo recuerdo – Me abrazó fuerte y se fue.

En cierto modo la frase “Ahora es solo un lindo recuerdo” me dolió. Todo aquello se convirtió en no más que eso, un recuerdo. Su amor apenas si vio la luz.

Me imaginé siendo Malena, tanto ella como yo pasamos de ser las protagonistas de una historia de amor a un recuerdo y de cierto modo me sentí aliviada o más bien conforme. Era y eso me consoló pero ¿Y si no era? Me preocupé por un instante.

Dejé el libro sobre la mesa del living y me preparé un té, estaba bastante dispersa como para continuar con mi lectura. Ya en la cocina y dejando que el vapor humedeciera mi rostro me pregunté: ¿En qué momento el no ser recordada se transformó en mi peor miedo? Volví al sillón con tristeza y rogué al vacío de la habitación: “Que ya no me nombre, que ya no sea su tema de conversación, pero que no me olvide. Que al recordarme se le dibuje una sonrisa en los labios, que llegue a su memoria cuando visite los lugares que solíamos frecuentar pero por favor, que no me olvide, que quien olvida deja de amar, pero quien de alguna forma amó, nunca olvida”

Es tan corto el amor y tan largo el olvido.”
Pablo Neruda