Nuestra historia hot en la oficina

No era mi primera vez, de hecho había vivido muchas diferentes en múltiples ocasiones pero ninguna como esta. Era la primera vez de una entrevista laboral con una mujer tan atractiva. No me la vi venir. Pero ahí estaba sentado, frente a un ángel que no pasaba los 25 años exiliada en la tierra. Sonriente, alegre, todo lo que a cualquier persona normal le faltaba, irradiaba ternura y fragilidad. Sus curvas se dejaban ver por la campera de lana ajustada y un jean desteñido en los glúteos, que después de una invitación a seguirla a la oficina alcancé a ver. Yo venía de una serie de eventos un tanto desafortunados. Pero esta visión me había mejorado el día. Imaginarla desnuda me animaba más que un café cargado directo a la garganta. “Como te devoraría en este mismo instante,sobre la mesa, en el piso, en la pared.” Intentaba alejar mis pensamientos y dar una perfecta impresión. Necesitaba poseerla, la quería para mi y para nadie más.

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Un día más en la oficina. Misma taza de café, mismos compañeros y gente esperándome en la puerta para ser entrevistada. Para todos iguales preguntas y presentación del trabajo. Sin dudas un día más de tantos en la vida de Mina Murray. Pero había que sonreír, era la primera impresión que tendrían de la empresa.

Los hacía pasar de a dos. Después de algunas parejitas dije – ¡Adelante! y entró un chico muy bonito. Era muy correcta para esas situaciones pero creo que con él sonreí más de la cuenta. No podía dejar de pensar lo bien que se le veía esa barba un tanto desprolija – me pueden las barbas- y ese piercing…. pufff me acuerdo y me muerdo los labios. Me distraía este pendejo, claramente más chico que yo. Hacía un esfuerzo por no perder el hilo de la entrevista. Estaba contratadísimo. Quería verlo otra vez.

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Cada mañana, de cada día de la semana, a cada hora, giraba a verla. Esperaba a que se acercara disimuladamente a susurrarme provocativamente instrucciones. Si, era mi jefa y me volvía loco. Un par de veces despegaba sus ojos de la pantalla para mirarme, todavía intento convencerme de que era para observarme y no para controlar si hacía mi trabajo. Yo, esperaba mi oportunidad. Como un animal que acecha a su presa. Sus movimientos incitaban a que era el manjar perfecto para una bestia como yo. Mi primer paso: le invite un cigarrillo en el horario seguro para nosotros. Era la primera vez que podíamos charlar a solas, fuera de ojos chismosos. Con su paz y delicadeza alimentaba mi hambre por quererla tirar al suelo y usar mi fuerza para arrancarle la ropa y dejarle la piel marcada a besos intensos. La charla no se despegó de lo normal, las cenizas se consumían como parte del tiempo mejor aprovechado en conocerla por su lado más común. Por segundo paso decidí acercarme con seguridad, el deseo me podía. La sangre se me amontonaba en la yema de los dedos con el deseo de rozarla. No mediamos palabras, en su mirada brilló el desafío. Mis manos subieron naturalmente a su nuca y con una seguridad casi instintiva me acerque mis labios se encontraron con el calor de su boca.

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Cada tanto miraba sobre el monitor solo para recordar cómo era su espalda. Salía del escritorio, inventaba algún error operativo para acercarme a su mesa, bajar el torso y hablarle al oído. Tenía que tener mis precauciones por cuestiones jerárquicas. Pero cómo encontrar la forma correcta para decir que las ganas de girar su silla, sentarme en sus piernas, comerle la boca y que abriendo mi camisa me mordiera los pechos, me mojaba. No, no hay forma correcta. Era así. Pasé cerca de él cuando caminaba hacia la terraza del edificio que era el lugar donde salíamos a fumar. A esa hora nadie salía, podía disfrutar de la vista y la paz sola, al menos por un rato. Para mi sorpresa, Facundo me siguió.

No alcancé a sacar los míos que él me invitó un cigarrillo, se lo acepté y charlamos como gente normal. Cosas simples, familias, gustos. No mencionamos parejas y dejé claro que vivía sola. Terminamos el fuego y nos unió una mirada que decía entre líneas que el deseo era mutuo.

Se acercó a mí y comencé a sentir un calor que me recorría el cuerpo y mis labios se encontraron con el calor de su boca.

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Después de ese beso incomparable ella lo tomó de la mano y lo llevó a un rincón donde podrían estar tranquilos. Decididos y envueltos en la pasión de mil fuegos se dejaron fluir entre roces y caricias. Facundo tenía alma de bestia y la fama de los leoninos, no iba a dejar que Murray dominara la situación. También tenía que hacerse notar. La puso contra la pared y mientras no dejaba de deleitarse con su boca, recorría con la palma abierta desde el muslo, apretando sus glúteos con fuerza al mismo tiempo que un suspiro se hacía incontenible. La forma de manzana, la firmeza era única. Los latidos se agolpaban contra su pecho y la boca de él siguió por su cuello. Sus gemidos eran música. Mina tomó partido de esa espalda que, a través del calor que emanaba, pedía a gritos ser recorrida con las uñas que daban inicio a una implosión de sentidos que despierta al instinto animal.

Facundo no se resistía a la iniciativa, era su debilidad. Cada vez que Murray pasaba su mano por el pecho de él, mordía sus labios. Se sentía sobre la tela el relieve de un torso trabajado y las ganas de deleitar sus ojos invadieron su curiosidad. Levantó la remera para saciar su sed y no pudo evitar notar el abrupto crecimiento de su entrepierna que la llamaba a tocarla. Antes incluso de dudarlo él tomó su mano y la puso directamente sobre todo su tronco sobre la tela de sus jeans.

Ante lo endeble de su carácter ante estas situaciones, Mina no dudó en desabrochar el botón que separaba la lujuria del placer tangible. Corrió la ropa y le tomó el tronco con fiereza y determinación. Sacó sus pechos con un rápido movimiento mientras sus palabras concisas brotaron instintivamente.

– ¡Que hermosa pija tenes!- Sin titubear bajó sus rodillas al suelo, adoptando posición de sumisa y mirando hacia arriba como pidiendo permiso, la empuñó hacia su boca. Él blanqueó sus ojos y la dejó hacer lo que sabía. Pasó su lengua contorneando el largo de todo su miembro, lubricando con saliva mientras la humedad tomaba todo su ser a la vez que él jugueteaba con sus pezones rosados. Los pellizcaba y masajeaba acompañando el movimiento todo el tiempo.

La levantó de un brazo y con fuerza la giró. Ella apoyó sus palmas abiertas sobre la pared, que acariciaba mientras encorvaba la espalda. Facundo, usó su mano derecha para desprender el botón de su pantalón que Mina terminó de bajar hasta el pliegue que separa la cola de la pierna, mientras que con el antebrazo de la izquierda hacía presión sobre la espalda alta para asegurarse que no se moviera, ni intentara alejarse cuando él hiciera lo suyo. Se agarró desde el tronco y buscó entre los glúteos perfectamente redondos la puerta de entrada al éxtasis. Un gemido mezcla de dolor y sorpresa salió de su boca. La sostenía desde la cintura y se hizo cargo de cada movimiento. Podía leer lo que el cuerpo de ella pedía a gritos y sabía cómo hacer para llegar a todos esos puntos donde las mujeres se vuelven locas. Mordió su cuello y detonó en ella el momento del final. Las contracciones del cuerpo de Mina incendiaron a Facu que en dos enviones profundos, dejó de contar esta historia.

– De esto sale nota. ¿Leés el Mendo?- dijo Facundo.

– Sí, a veces. ¿Por?

– Soy Vampichoco.

– Mina Murray… Un placer.