Éxtasis

Primer capítulo: De amores y resentimientos
Segundo capítulo: Un corazón frío
Tercer capítulo: Sentimientos escondidos

– Sabés… No sé porque te pedí que pasaras. Estoy un poco nerviosa, tal vez sorprendida. Hacía mucho no salía a cenar con alguien. Es como que sentí que a la noche le faltaba algo para ser perfecta ¿Entendés? No se… Estar abrazados un ratito, escuchar música tranqui. ¿Querés que ponga música?

Entré a su casa, después de ese beso lleno de pasión, no lo esperaba de ella. Veía que se sentía algo confusa por esa escena, así que trate de bajar un poco el ambiente. La voz de ella lo decía todo, y yo sabía, después de todo lo que viví, que los nervios la preocupaban. Ella quiso poner algo de música y me parecía bien.

– Pone música, sentite como en casa… – dije.

Mientras ella se dirigía al equipo, aproveché para sentarme un rato en su cama. Puso música suave, Pablo Alborán, creo. Sabía que le gustaba porque solía escucharlo en el trabajo. En ese momento se sintió un poco más cómoda. Pero algo en su mirada me llamaba la atención, no era la mirada que transmitía tranquilidad. Dejó su calzado y de a poco se acercó hacía mi con unos pasos como si desfilara. Nunca la vi tan suelta en sus pasos, mientras caminaba no dejaba de mirarme… esos ojos verdes de a poco me iban hipnotizando. Esa sonrisa que esbozaba me iba derritiendo mientras se acercaba.

Todo el ambiente se iba ralentizando con sus pasos, no se que paso en ese momento pero no podía dejar de mirarla. Me perdí en lo profundo de sus ojos y no noté que sus piernas estaban alrededor de las mías y una rodilla se abría paso entre mis muslos. Se sentó en mi falda y ví su rostro iluminado que me invitaba a besarla.

Pasó sus brazos detrás de mi espalda y me atacó con un beso que jamás hubiera pensado que ella, tan frágil y delicada, daría. Me sentí fluir a través de ella en un intercambio de deseos. Sentía el calor de su cuerpo, mi pecho sentía como su corazón se fue acelerando después de unos besos. Mis manos recorrían suavemente desde su cintura hasta su espalda buscando desabrochar la unión de sus miedos y su vergüenza dándome el acceso al portal que embriagaría su pecho al punto de pedirme más. Pude sentir sus deseos con cada aliento que soltaba cuando la tocaba, me volvía loco…

La tire de una vez a la cama, fui recorriendo con mi boca su piel suave y dando pequeños mordiscos a las coronas de su torso hasta llegar a su cuello, sentí el placer con cada beso que le daba. No me dí cuenta en qué momento, ella me detuvo con sus manos sobre mi pecho. Creí que iba a pedirme que parara. Pero no. Ella quería jugar ahora. Me acomodó de manera tal, que mi cuerpo quedó debajo del suyo.

Me dejé llevar.

Me sacó la remera y rodó un camino de besos desde mi cuello hasta el ombligo. Se detuvo. Levantó la mirada y me preguntó -¿Puedo?. No sé qué actitud me voló más, sí que pidiera permiso o que con su cara de ángel estuviera por hacer cosas de demonios. Sólo asentí con la cabeza ¿Qué más podía hacer? Esta nueva Jimena que estaba por conocer anulaba completamente al Adrián en que me había convertido. Ella me volvía tímido y sumiso a la vez. Esa noche yo era suyo.

Desprendió mi cinturón con las dos manos, con sus antebrazos apoyados en la parte superior de mis muslos, mientras una mueca satírica se dibujaba a pocos centímetros de mi bóxer ya expuesto.

– ¿Seguro querés que siga? Mirá que de ésto no hay retorno eh…

– Hacé que lo que sientas…-respondí.

Tomó con la punta de sus dedos el elástico de mi ropa interior y lo separa de mi piel pero sin sacarlo. Con suaves besos sobre la tela comenzaba a sentir el cosquilleo propio de la excitación. Ya había tomado cuerpo y ella jugaba con eso. Me mordía despacito y tomaba con sus dientes el boxer, bajándolo de a poco, moviendo la cabeza hacia los lados. Que ganas infernales tenía de agarrarla de la nuca y ayudarla. Pero me contuve y dejé que siguiera. Sacó el resto de mi ropa y la tiró a los pies de la cama. Volvió hacia mí, desde mis tobillos hasta mi cintura en una postura felina, casi reptando, deslizando sus dos pechos suaves y blandos por la piel de mis piernas. Era increíble, jamás lo habían hecho para mí. Cuando hubo llegado a mi cintura le pedí que siguiera, quería sentir ese calor cerca mío. Abrazarlo. Ver sus pechos apretados contra mí y darle un beso. Jimena era mía esa noche. Éramos nuestros después de tanto tiempo.

Puso su cadera sobre mí y condujo mis manos hasta el mejor destino jamás dado. Una hacia su boca, y otra en su centro. En ambas sentí la humedad y la tibieza de un cuerpo expectante que me invitaba a conocerla más allá de ella misma. Me tomó con certera confianza desde mi medio y…

– Toc, toc,toc. -sonó la puerta de la habitación de Jimena.

– ¡No se puede! – dijo ella a viva voz.

– Jime, necesito la camisa blanca del placard, ¿puedo pasar? ¿qué estás haciendo?

– Me estoy depilando, ya te abro.

– ¿Si? ¿con una moto afuera? Dale, boluda, antes de que se avive mamá.

Me cambié volando y me dispuse a salir de la casa. Parecíamos dos adolescentes que se veían a escondidas. Nos saludamos con un beso entre fugaz y romántico y me fui.

Pensé en ella en todo el viaje, y me dormí con la idea de continuar esa maravillosa noche en algún lugar exclusivo para nosotros.

Continuará…