Y todo lo demás también

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Previo a la lectura de esta historia, date una vuelta por acá: Perfeccionando vicios en los días raros

La última vez que les conté de Clara ella había decidido escurrirse en silencio, yéndose con la frente en alto, con un amor por sí misma totalmente fortalecido.

Le había dejado a Fausto todo lo que podía (y merecía) y quiso ponerle fin a la historia.

Pero el destino, la vida, el azar, los planetas, el universo o el amor, quién sabe, tenían preparado un regreso.

Fausto estaba perdiendo cosas importantes, y nuestra niña no podía soportar la idea de dejar que esos ojos grandes se volvieran más oscuros sin poder ver el camino.

Y ahí estaba, otra vez cosiendo con canciones los pedazos del alma de él. Inventando días de paz y sonrisas con encuentros esporádicos. Volviendo a oír las penas de amores pasados, de planes rotos y consecuencias de malas decisiones. Una vez más transformándose en vasija absorbente de lágrimas.

Ella sabía que no estaba bien, él también, pero ¿qué hacer ante la necesidad de compañía? Compañía, concepto un tanto distorsionado para ambos. Se necesitaban, se entendían, se conectaban sin interferencias y aún así sabían que “felicidad” y “estar juntos” no iban de la mano.

Y aquí, en esta situación que les voy a contar, es donde el desenlace comienza a tomar forma, una forma que estaba oculta en el fondo y que Clara no quería sacar a la luz.

Fausto venía teniendo días bastante olvidables, intranquilos, detonantes de sentimientos pesados, y ella decidió que una noche de tregua podía amansar un poco lo vertiginoso del presente del chico de ojos oscuros.

Improvisó una cena, llevó música que no habían escuchado nunca (a ella le encantaba sorprenderlo con canciones nuevas, le gustaba ver en la cara de Fausto ese gesto de asombro y aprobación al descubrir sonidos que, sabe, luego lo harían recordarla cada vez que los escuchara). Todo fue tan distendido y tranquilo como se había planeado y como era costumbre, le brindó la comodidad suficiente para levantar el ancla de los secretos y comenzaran las confesiones. Pero esta vez fue distinto.

“Tu entorno no me quiere” , esa frase apareció cuando fue el turno de hablar de Fausto.

Una mirada incrédula de lo que había oído tiñó de color agua los ojos de la niña.

– Y vos ¿qué sabés? Nunca le dije a nadie el motivo por el que nos separamos, sólo lo saben los que estuvieron involucrados. Hasta de eso te cuidé, del odio ajeno que te merecías.

Silencio que se quebró por un “Gracias” que él balbuceó con la voz quebrada

De ahí en más la sensación era extraña, a medida que lo fue escuchando, no sentía eso de poder entenderlo sino más bien, una sombra de desilusión iba llegando a su cabeza. Lo escuchaba y se remontaba a situaciones pasadas, otra vez la coraza estaba fallando y se deslizaban vestigios de tristeza al recordar que su corazón estaba roto por culpa de quién tenía enfrente.

Y apareció el enojo, la rabia hacia él la había aprendido a manejar hace tiempo, pero en ese momento no supo manejar la rabia consigo misma, ¿de quién se había enamorado? ¿cómo podía seguir queriendo a esa persona que estaba descubriendo ahí mismo?

Se limitó a escuchar, y masticó la idea de sentirse defraudada.

Cuando el sol decidió aparecer, se fue. Y su cabeza jamás dejó pensar y repensar todo lo que había descubierto. Sabía que había hecho bien en irse, lo sabía. Y se reprochaba el hecho de volver a hacerse presente.

Y dentro suyo, en su mente y con el corazón lejos de entrar en letargo, escribió las palabras que quería decirle y que pulsaban con desesperación en su boca:

“En un acto de amor, abandóname de nuevo. Córtame las alas como aquella vez, para que crezcan una vez más porque estas ya no me sirven, se acostumbraron a estar al lado tuyo y ya no quieren volar.

No me devuelvas los besos que hacen que me acuerde de tu boca.

Dejame. Si me querés, si algo dentro de vos quiere cuidarme un poquito, no pienses en abrazarme, bajame del pedestal y correme a un lado.

Escondete cuando te busque y no dejes que te encuentre, encontrarte es romper mi brújula y perderme.

No me digas que me querés, no me mires de esa forma en la que lo hacés. Me hace sentir única y sé que no lo soy.

Dejame, soltame vos porque…. Porque yo no puedo.”

Pobrecita Clara, gritaba sin voz.

Se sentaba en la vereda a fumar y pensaba, pensaba mucho al punto de abstraerse. ¡Cuántas ganas tenía de decir todo eso! Escribía mensajes que borraba, los escribía una y otra vez, cambiaba las palabras para que no parecieran desesperadas, buscaba la forma de no herirlo y se abandonaba de nuevo a la cobardía de quedarse callada y a sumergirse en la esperanza de que Fausto se diera cuenta de lo que tenía que hacer.

Pobrecito Fausto, no tenía fuerza ya.

Llegaba a su casa, hacía cosas, muchas cosas para aturdirse y no tener que pensar. Le daba miedo dormir y no había un día en el que no extrañara su vida en España. ¡ Deseaba tanto estar allá! Lamentaba que nadie hubiera inventado la forma de regresar los días para remendar errores. Perder se había hecho algo normal, y tanto peso lo hacía flaquear. Se abandonaba de nuevo a la cobardía de aferrarse a la idea de “es lo que hay” y a sumergirse en la esperanza de que Clara encontrara a alguien mejor y se fuera feliz.

Pobres… los veo luchando por dejarse, por separarse y por fin dejar de necesitar esos días y noches en los que él encontraba en ella lo más parecido a una conciencia, y en los que ella encontraba en él lo más parecido a sentir la libertad de ser quién es sin que nadie la reprima.

Habrá que ver si Fausto de despoja de las ropas del egoísmo y hace lo necesario para que por fin Clara se vaya.

Habrá que ver si Clara se viste de valentía y permite ser rescatada.

Mientras tanto ahí van… por la misma vereda en distinto sentido, mientras en el aire resuena una canción, esa que le cantó a viva voz con le emoción de haberla escuchado después de un montón de tiempo… “Te presté un corazón loco, que se dobla con el viento y se rompe… y todo lo demás también”

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