El plan Carolina

Leer: Carolina y la voz

Son las cuatro y cuarto de la tarde la tarde de un Jueves. Nacho mira pasar autos sentado en la escalinata de entrada a un edificio céntrico de Mendoza. Mira cada veinte segundos su celular que no tilda en azul sus últimas palabras. La tarde que nace se vuelve gris con unos cuantos nubarrones que llegan desde el sur. Por los gestos de la gente parece que se ha puesto fresco. El no lo siente. Está tan ansioso como seguro de lo que va a hacer. Lo único que le preocupa es la lluvia para volver en la moto.

Hace unas cuantas horas se juntó a comer con sus mejores amigos.

Acababan de terminar de comer una pizza de Capri con una Coca de dos litros y cuarto. El Gordo salió del baño con el botón de la bermuda y el cinturón desprendidos, mandando mensajes por whatsap y la remera colgándole sobre su hombro derecho.

–Con lo que me gusta comer y coger, pero estos momentos me hacen dudar del verdadero placer de la vida… –concluyó dejando caer el celular sobre la mesa ratonera del living –¿Qué onda?

–Pensamos que te había pasado algo. Pasaron cuarenta minutos, Gordo –dijo el Nacho mientras miraba el reloj sobre la pared.

–Nacho está en crisis –arremetió Julián con signos de preocupación–. No sabe si va a poder sostener mucho más el plan.

–Se me está complicando.

–Tenés que bancar; es la última semana –Lo siguió convenciendo Julián.

–Lo intento pero por momentos siento que…

–No sientas, Nacho –interrumpió el Gordo–. Hacé como te enseñé. Acordate de la última vez que nos mandaste ese audio como de veinte minutos desde adentro del baño… –Dudó Nacho– El día que pensaste en contarle todo… ¡Ese que hasta te agarró asma, pues!

–¡Ah , sí! Qué día… Pero ahora es distinto. En esa época no me miraba así.

–¿Así? –Apuró Julián, dejando de estela una leve pausa– ¿Así cómo?

–Distinto. Me mira con la picardía que una persona mira a otra que conoce tanto, pero tanto, que no le hace falta que termine de decir lo que está diciendo para saber, exactamente, lo que va a decir. Me mira y me contiene. Me da un saludo de bienvenida cada vez que nos observamos. Cuando nos miramos sin querer siento como si un cubito de hielo me cayera, muy despacio, entre la remera y la espalda. Así me mira.

–Nunca nadie me miró así –comentó el Gordo y una baba espesa le cayó de la boca al brazo– Te dije que te convenía la Colorada en su momento. ¡Tenía una pinta de gauchita, esa! –Ronroneó mientras se daba un masaje en la panza, echado para atrás– A mí lo que me mata es la duda, no podría en tu lugar. Cuando una mina como la Colorada te mira te queda claro lo que te quiere decir.

–Sos un animal –sentenció entre dientes, Julián, con caidita de ojos incluida–. Hasta donde quedamos el plan viene funcionando pero vos no podes aflojar, hermano.

–No sé si voy a cumplirlo –murmuró Nacho.

–Para Ignacio, estás nervioso, es lógico. Han sido ocho semanas, muuucha tela para cortar. Muchas locuras. Enfocate solamente en lo que te queda. Repasemos. ¿Repasamos? –Nadie contestó– ¡Gordo! Sacá el plan.

Bernardo, el Gordo, sacó de la billetera un papel doblado en seis. Lo estiró dado vuelta para no manchar la parte escrita y se lo pasó a Julián. Este lo leyó en voz alta y pausada.

El Plan ¨Carolina¨

1. No tener pensamientos negativos desde que empieza a ejecutarse el plan. Ejemplo: no es para mí/no me va a dar bola/ no le gustan los narigones.

2. Escribir en ocho notas las razones por las que esa persona te deja paralizado con solo tenerla cerca y hacérselas llegar, anónimamente, una por semana. Estas razones son las que primero tiende uno a olvidar o minimizar al momento en que una relación se frustra o no se da cómo esperaba.

3. Comenzar/continuar con actividad física día por medio, como mínimo, para liberar tensiones. Sobre todo los días en que uno va a encontrarse con esta persona.

4. Acercarse con la sutileza suficiente como para que note un cambio de actitud a partir de la primer nota. Llevarla al punto de pensar que es imposible que haya sido uno el autor de las notas pero que al menos una vez, aunque remotamente, lo pueda sospechar.

5. No develar NUNCA antes de haber sido entregada la última nota la identidad de autor de las mismas. No hay excepciones para este punto. Ni siquiera la posibilidad de sexo. Queda a criterio personal el hecho de que corra peligro la vida de alguien, sobre todo la de uno mismo.

6. Antes de empezar el plan buscar a una dama sobre la que se tenga buena llegada y mejor aceptación; en lo preferente que salga de los parámetros cotidianos (muy alta, oriental, colorada, Emo, etc) y pegarse un revolcón épico. Si aun así sigue con ganas de continuar el plan, la cosa es más seria de lo que se presuponía y el mismo debe ser puesto en marcha cuanto antes.

7. No hacer nada si no se está convencido de llegar hasta el final. Lo que está en juego es el amor y hay altas probabilidades de que éste surja, lo que podría dejar a alguien lastimado.

–Esta clárisimo en el punto cinco –señaló el Gordo.

El Nacho pasaba de una tortita raspada a una con chicharrones, mate de por medio. Las manos le transpiraban de solo pensar en Carolina.

–¿Se acuerdan hace… tres meses cuando arrancamos con todo esto?; cuando les conté de que había conocido a una chica, que pum que pam… –Asintieron los dos– Bueno les mentí, en cierta manera. Carolina cursa conmigo desde que arrancamos la facu, pero no hace tres meses. Nos acercamos por conocidos, amigos en común, el cursado, en fin… Siempre hubo buena onda; pero nada más, hasta hace tres meses. Es como si ese día la hubiera visto por primera vez. No es tan llamativa, ojo. Perfil bajo… Esa tarde parecía que un eclipse entraba por la puerta del buffet cuando la vi llegar. ¿Viste cuando de repente descubrís distinto a alguien con el que pasas mucho tiempo cerca pero de un momento a otro… es otro? Y vos nunca te diste cuenta, ¿eh? Es la misma en realidad, solo que para vos es otra persona. En general, digo, más allá de lo físico. No le podes sacar la vista de encima, pero tenés una relación cercana que te obliga a no ser obvio con lo que te pasa. Es como un culo tremendo en misa, no debes mirarlo pero no te sale. Así. Es… cómo decirlo…, encantadora… ¡No! Es más sofisticado que eso. Carolina es atractiva.

–¿Edad? –Consultó buscando precisiones, Julián.

–Veinticinco, como nosotros.

–¿De dónde es? –Indagó nuevamente el Enano, como quien hace un estudio de mercado en la zona donde va a abrir un negocio.

–San Martín; pero vive en Godoy Cruz, con la hermana más grande, durante la época de cursado. He aquí uno de los apuros: Mañana terminamos y hasta dentro de quince días que ni noticias. Si la vieran –volviendo al tema–, tiene las tetas justas para que el tamaño no le sea un motivo de lamentos en ningún momento de su vida. Su voz es seca, ronca; aunque la trampa está en el laberinto de su sonrisa albina. Tiene rulos hasta el punto de inflexión de la espalda donde empieza el tobogán de su cintura. Arrastra los pies cuando camina, se viste suelto y siempre usa el mismo perfume.

–¿Qué paso hace tres meses? Antes de que la miraras con otros ojos –Pensó, en voz alta, Julian.

–Empezamos a cursar y estudiar una materia con otro amigo en común. Nos juntábamos todas las tardes en el departamento de ella. Nos fue tan bien en los parciales que decidimos prepararla juntos en el verano; rendimos a principios de febrero y el único que aprobó fue mi amigo. Nos queríamos matar, la teníamos muy bien. Rendimos otra vez más… y mal. Creo que ella pensó seriamente en no atenderme más el teléfono –se sonrió al recordar–. Me tiró un par de excusas para no estudiar hasta que un día me llamó. Quedaban tres días para el examen. Me dijo que estaba muy insegura, que si podíamos juntarnos alguno de esos días. Quedamos en encontrarnos en el buffet de la facultad tipo cinco de la tarde. Eran las seis y no aparecía, hasta que me llega un mensaje diciendo: ¨Perdón la demora. Se me complicó pero voy igual, esperame.¨ O algo por el estilo. Pensé raro, pero la bronca que estaba masticando de esperar por alguna razón se me pasó. Quise que llegara más que antes… Leí varias veces el mensaje intentando descifrar la nada misma, el mensaje era simple, sin dobleces. ¨Esperame…, esperame, esperame…¨ no dejaba de darme vueltas en el coco. Hasta que entró. El bufet era un camión jaula lleno de vacas a esa hora, yo miraba su cara de acertijo en el marco de la puerta intentando elegir para donde encarar. Le hice gestos hasta que me vió y se vino para la mesita que tenía reservada, como quien va apurado de una punta a la otra de un boliche de moda en pleno verano. Mil perdones me pidió para algo que ya estaba resuelto. Me estaba olvidando de todo. ¨Acabo de cortar con Bauti¨, me dijo sin desensillar. La espalda se me enterró en el respaldar de la silla. Lo último que hicimos fue estudiar, se imaginan. Estaba tan renovada como verborrágica. Tomamos un café y me pidió irnos de ahí. ¨Cualquier lugar del planeta menos este, necesito¨, comentó antes de que agarráramos las carpetas y saliéramos. La seguí en el auto hasta la Arístides, pensé que ahí nos frenábamos pero siguió. En eso me llega un mensaje. ¨Vamos a casa, olvidé que dejé ropa lavando.¨

–Ta tan ta taaaan –musitó sonoramente, el Gordo, frotándose las palmas de las manos–. ¡Dame un mate, Julián!

–Tomamos un par de cervezas. Ella estaba bajoneada pero aliviada. Llevaba bastante con este chico, aunque a las vueltas. El flaco es el típico pibe más grande de la facu con el que todas las chicas quieren ¨conversar¨. Cuando me dijo que había cortado no sé si me puse contento por ella o por el –agregó, sonrisa naíf de pormedio.

–¿Y qué pasó? –Insistió Julián, con el cuerpo levemente tirado hacia adelante.

–La cerveza la llevó de la risa al llanto en un momento que no me acuerdo. Quizás porque yo estaba más enganchado con la risa, con la mía. Me convidó un par de secas de unas yerbas particulares que florecían en el balcón de su departamento y nos recostamos sobre el sillón a divagar. Se apoyó en mi pecho mientras la tapaba con mi brazo izquierdo. La luz del equipo dibujaba con azules el techo del living, como estrellas que se caían de una punta a la otra del cielo…

–¡Manso flash! Interrumpió el Gordo

–…la observé desde la frente hasta la nariz, salté al escote que dejaba ver un lunar de repente habitable para mí y de ahí a sus piernas doradas que se sostenían sobre una de las sillas. Sin despertarla la acomodé mejor y apagué el equipo. Me paré como me salió y antes de cerrar la puerta supe, observandola, que iba a ir hasta las últimas consecuencias con ella.

La habitación se quedó asfixiada al menos un minuto. Julián quería arrancar con algo y lo primereó el Nacho otra vez.

–Hasta acá llegamos, muchachos –terminó y se paró dejando algunos vasos sobre la mesada. Se cambió la remera, lavó sus dientes y tomó el último envión, mirándose al espejo.

***

Alguien corre desde la esquina con una campera sobre la cabeza esquivándole a las gotas que ya no son garua. Es Carolina que se aproxima a trancos largos.

–¡Hola, hola! –Dice al pasar a su lado sin detenerse hasta cubrirse bajo techo– Estoy empapada, te saludo arriba.

Nacho empaca sus libros y la sigue por la escalera sin dejar de mirarla. En los ojos de Nacho no solo hay penetración a esta altura del partido. Sabe que esta puede ser la última o la primera de muchas veces que vea cerrar la puerta del 2º B.

–Acomodate –dice ella– voy a cambiarme.

–Ok. Caro… ¿Carolina? Escuchame…

–¡Ponete el Agua, Nacho! Plisss –Se siente desde el pasillo.

–Tengo que hablar un tema con vos –le comenta Nacho, apenas la ve entrar a la cocina.

–Está bien, pero antes necesito decirte algo yo –Nacho pone en luz alta sus ojos–. Lo vengo pensando hace mucho y no quiero dejar pasar un día más sin decírtelo. Lo tenés que saber –Agrega mientras prepara el mate.

La pava chifla al momento que Nacho se sienta en el sillón esquinero a esperarla. Cada vez llueve más; pero a Nacho, ahora, es lo que menos le preocupa.

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