De mi historia de amor y otras locuras (Cap 3)

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Otra vez me encontraba sentada en mi cama, llorando con el teléfono en el oído… tenía el espejo justo frente a mi, por lo que de vez en cuando mi mirada chocaba con esa chica que sollozaba desde el otro lado e inmediatamente miraba hacia otra parte. No podía verme así… con tan poco amor propio como para sufrir por alguien que de verdad no me quería en su vida. Otra vez me encontraba a mi misma preguntándole a él mil “por qué” que no hallaban respuestas en sus explicaciones: “porque nos llevamos mal”; “porque vivimos lejos”; “porque yo no estoy listo” y por último, mi excusa favorita: “porque te estoy haciendo sufrir” en sólo cinco palabras hacía parecer que el mundo estaba al revés, que él verdaderamente se preocupaba de mi sufrimiento y justamente esa era la razón por la que debía dejarme…

Lloré y lloré; descargué todo lo que necesitaba decir y tenía atravesado en la garganta. Me escuché decir un último “te amo” y la chica desde el otro lado del espejo me miró tristemente y negó con la cabeza. ¿Qué me estaba haciendo a mi misma?

Como llevaba casi un año con el mismo circo, ya me sabía este numerito de memoria: dentro de poco tiempo me preguntaría si había comido algo, yo le respondería que aún no y entonces él me pediría que fuese a cenar y cuando hubiera terminado me llamaría de nuevo. Efectivamente así lo haría y en esa segunda telefoneada quedaríamos de acuerdo en seguir juntos para mañana en la mañana pelear otra vez. Era una historia sin fin.

Finalmente y luego de tanto llanto y excusas me dijo:

-¿Ya cenaste?

– No tengo hambre.

– Por favor… tranquilizate, comé algo y en un rato te llamo de nuevo. ¿si?-

No podía dejar que esto quedara así. Ya sabía todo lo que venía después, si yo no terminaba con esto ahora nadie más lo haría por mi.

-¡Martín esperá!- dije.

-¿Que pasa Pame?

– Supongo que este es el final de lo que teníamos. Quiero decirte que de verdad lamento muchísimo no haber sido todo lo que vos esperabas y que te deseo mucha suerte en tu vida.-

Las palabras se amontonaban en el nudo de mi garganta y salían entre sollozos, pero pude notar como iba recuperando mi compostura. Solo necesitaba veinte segundos de valor para dejarlo y ver qué venía en mi vida después de este terrible temporal que había pasado.

-¿Ah, si?- contestó incrédulo. Lo entendía, ni siquiera yo sabía cómo había hecho para decir eso.

– Si.-

-Bueno, chau- dijo. Y colgó.

Sentía que había hecho lo correcto, pero ¿por qué seguía llorando?

Entendí que había entregado mi corazón de tal manera que no había dejado absolutamente nada para mi. Me sentía completamente vacía y sin razón de ser. Mi ya dañado mundo se terminaba de derrumbar.

Esa noche no cené nada, simplemente puse el teléfono debajo de mi almohada y me dormí entre lágrimas.

Desperté alrededor de las 9 a.m y saqué el teléfono. Tenía un mensaje recibido a las 00:30:

“Pame ¿estás? ¿qué estas haciendo?”

¡Era Gustavo! Me arrepentí una y mil veces de haber llorado tanto que no pude escuchar vibrar el teléfono. Entonces recordé que entre nuestras charlas me había comentado que era Dj. y que tenía un evento el sábado… ¡o sea ese día! Me levanté en pijamas y fui directo a la computadora ya que no tenía crédito para responder ningún mensaje, se me había terminado con el último mensaje que le envié a Martín.

Se conectó recién como a las 11:30. ¡el tiempo de espera se me había hecho eterno! Él escribió primero:

– Hola Pame, ¿cómo estas?

– ¡Hola Gus! Acá andamos… ¿tenés quien te acompañe al evento de esta noche?

– No… ¿querés venir conmigo?

– ¡Dale! Si querés, para que sea más sencillo y no te vengas hasta acá, puedo tomarme un micro al centro y esperarte en calles San Juan y Alem.

– ¡Sería genial! ¿Te parece como a las 18 hs?

– Perfecto. ¡se puntual!

– Nunca me gustaron los impuntuales.

Cerré sesión y corrí a bañarme. Mi mamá miraba divertida cómo corría por toda la casa. No tenía mucho tiempo. No quise almorzar, estaba muy ansiosa así es que simplemente tomamos unos mates. Las horas pasaban rápido, ya eran las dos y media de la tarde y a las cinco debía estar en la parada del colectivo.

La semana anterior había tenido un casamiento así es que me puse lo mismo, era lo más presentable que tenía en ese momento: una calza negra calada a los costados, una remera de seda gamuzada larga, ceñida al cuerpo blanca y negra y Zapatos negros. Me puse frente al espejo a plancharme el pelo y vi cómo mi mamá desde la puerta comenzaba llorar. No entendía qué le pasaba.

– ¿Qué pasó mami?

– ¡Pame! ¿hace cuánto tiempo no te veía arreglarte?-.

Ni siquiera yo lo recordaba. La abracé fuerte y seguí con mi arreglo personal. Una vez cambiada y maquillada me dirigí a la parada del micro. Llegué de casualidad. Subí y apoyé la cabeza contra el vidrio.

Martín ni siquiera se había acordado de mí… agradecía no tener crédito en ese momento.

Llegué a la parada de calles San Juan y Alem y Gustavo todavía no llegaba. Me senté y esperé unos quince minutos hasta que llegó.

Estacionó su camioneta en doble fila y me abrió la puerta:

– ¡Uau!-soltó – ¡estás muy linda! No puedo llevarte directamente al evento, ¡estoy obligado a llevarte a tomar algo a un lugar que amerite semejante presencia! -.

Sentí cómo fuego en mis mejillas y supe que me había puesto colorada como un tomate.

Fuimos a un café de la peatonal y tomamos un submarino con tortitas raspaditas y medialunas. Entre charlas y risas se hizo la hora de irnos. Nos apresuramos a llegar a la camioneta porque hacia mucho frío y partimos hacía el salón de eventos “Caro Sole” ubicado en Maipú.

Al llegar detuvo el motor y en la cabina el aire cambió. Se respiraba una electricidad inexplicable. Lo miré y vi en sus ojos que estaba sintiendo lo mismo que yo. De repente se acercó, me tomó por la parte de atrás de la nuca y me dio el beso más dulce que recibí en mi vida; hubiera querido detener ese momento para siempre, pero luego de eso llegó un pensamiento a abrumarme por completo: ¿había ido demasiado rápido?

Me miró como adivinando mis pensamientos:

– Tenés miedo a enamorarte porque nunca encontraste a alguien que quiera estar con vos de verdad-. Dijo. Y me dejó pensando.

Verdaderamente me encantaba verlo poner música. Tenía talento para hacer bailar a la gente sin lugar a dudas. Los mozos lo conocían bien y se deshicieron en gestos conmigo. Fue una noche para el recuerdo.

En un momento se me ocurrió decir algo haciendo alusión a que todo lo que había pasado era algo del momento, y se paró en seco, se dio media vuelta y me miró fijamente: su expresión había cambiado por completo. Ahora estaba muy serio.

-Mirá, yo quiero algo serio con vos…si no querés nada me decís y lo dejamos como algo de una noche y punto, pero no es mi idea-.

Nunca nadie me había hablado de esa manera, por lo que yo también me puse seria:

– Yo también quiero algo serio, pero como ya sabés, acabo de salir de una relación…vamos despacio.

– Despacio, pero serio – repitió. Y asentí con la cabeza.

Estaba pasándola de maravilla, riéndome como nunca… ya eran las tres de la mañana y mi teléfono sonó: era un mensaje de Martín.

Continuará…