De mi historia de amor y otras locuras (Cap 4)

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El mensaje hablaba de que no quería que nuestra relación terminase mal, sino que quedásemos como amigos. Lo vi pero no le contesté; en primer lugar porque no tenía crédito y en segundo lugar porque no quería darle ni un poco de lugar a la tristeza en ese momento, así es que sencillamente guardé el celular en mi bolso y me decidí a terminar de pasar una noche maravillosa.

A eso de las 5:30 de la mañana cortamos la música y se prendieron las luces del salón. No conocía esa otra parte de los eventos, la que queda luego de que todos los invitados se van… desarmamos el sonido y nos dispusimos a partir.

Durante todo el viaje estuvo presente entre los dos esa electricidad inexplicable. En cuanto nuestras manos chocaban o nuestras miradas se cruzaban, la cabina cambiaba su aire por completo y se me aceleraba el corazón tanto que me daba miedo que él pudiera escuchar mis latidos.

Llegamos a mi casa y me despidió con un casto beso en los labios que me dejó con ganas de mucho más. Se aseguró de verme entrar por la puerta y se perdió en la oscuridad.

Mi mamá estaba despierta, esperándome para que le contara todo… no sabía por donde empezar. Luego de una larga charla nos fuimos a dormir… fue la primera noche que recuerdo haber sonreído al cerrar los ojos después de mucho tiempo.

Al despertar miré de nuevo mi teléfono y tenía otro mensaje recibido. Lo abrí entusiasmada hasta ver que era de Martín. Había reenviado el mensaje tal vez con la esperanza de que le respondiera.

Fui hasta la computadora y entré en la página de personal que permitía enviar mensajes a celulares vía web y escribí:

“No hay problema, a mi también me gustaría que seamos amigos. ¡Perdón por no haber sido lo que esperabas y que seas muy feliz!”

Casi inmediatamente recibí una respuesta:

“Sabes que no es así vos sos todo lo que yo esperaba”

Anonadada miraba la pantalla de mi celular… ¿cómo alguien que me trató tan mal todo el tiempo y se cansó de dejarme podía estar diciéndome ahora que yo era todo lo que él esperaba? Enojada guardé mi celular en el bolsillo de atrás de mi jean y seguí con lo que estaba haciendo. Minutos después otro mensaje llegó:

“¿No pensas decirme nada?”

Estallé. No podía creer que ahora estuviera pretendiendo enredarme con sus palabras después de todo lo que me había hecho pasar. Fui hasta la computadora y escribí el último mensaje que estaba dispuesta a enviar:

“¿Qué querés que te diga, Martín? ¡Vos me dejaste! No fui yo…”

Esto provocó una catarata de mensajes de texto que comenzaron a llegar a mi celular. Algunos de enojo, otros de arrepentimiento y de enojo de nuevo. Yo simplemente los leía y dejaba el celular a un lado en la mesa.

Me disponía a responderle otra vez cuando una bocina sonó en mi puente. Corrí a la ventana. ¡Era Gustavo!

Se bajó de la camioneta con esa onda canchera que tanto me derretía y se me acercó para saludarme, esta vez con un beso en la mejilla. No hizo más que tocarme y otra vez el aire cambió entre nosotros. No sabía que era lo que había entre los dos pero me gustaba cada vez más.

Lo miré incrédula cuando pasó por al lado mío y fue a saludar a mis padres como si los conociera de toda la vida. Venía de Palmares, donde había comprado una docena de facturas que traía para el mate. Las puso sobre la mesa e inmediatamente me miró:

– ¿Vamos?- dijo.

– ¿Qué? ¿a dónde?

– Vamos.- repitió.

Miré a mi mamá, me encogí de hombros y me subí a la camioneta.

Ese domingo me llevó al cine a ver “linterna verde”; salimos de ahí e insistió en pasar por su casa con la excusa de buscar su play station para jugar con mi hermano, así es que nos dirigimos allá. Llegamos y me miró apoyando su espalda en el portón.

– ¿Cómo te presento? ¿Cómo amiga? ¿Cómo novia?

– Yo soy tu amiga fiel- dije.

Me sonrió sabiendo que yo no permitiría que las cosas fueran tan rápido y entramos.

Se que en el fondo simplemente quería que su familia me viera y que fueran imaginando que él estaba en una relación.

Su mamá muy simpática me invitó a la montaña. Irían al día siguiente, ya que estábamos en fin de semana largo por el feriado de la muerte de San Martín. Le dije que sí y de inmediato me arrepentí de haber hablado tan rápido. Ay Pamela, ¡cuándo vas a aprender a pensar antes de hablar! Estaba conociendo a Gustavo, pero una salida con su familia me parecía demasiado rápido… de todas maneras ya había aceptado, por lo que decidí preparar todo para el día siguiente.

Al salir de su casa fuimos a “Bonavía” una conocida rotisería de Maipú donde compramos dos pizzas y gaseosas y volvimos a casa para cenar con mi familia.

Como yo no tenía llaves, golpeamos la puerta y abrió Esteban, mi hermano menor.

– Ah bue… este se viene con todo.- dijo al ver todo lo que traíamos.

Esa noche se fue como a las dos de la mañana.

A las 9 del día siguiente ya estaba tocando bocina en mi puente. Empezaba a amar ese sonido.

Pasamos un día maravilloso que se hizo muy corto. De repente mi celular comenzó a sonar. Claro, llevaba casi dos días sin siquiera prestarle atención. Tenía como 20 mensajes recibidos y ahora me estaba llamando Martín. Atendí pero la pésima señal que hay en la montaña no me permitía escuchar absolutamente nada. La situación se repitió unas cinco veces más y cuando me di cuenta de que seguramente no dejaría de insistir, decidí apagar el teléfono y disfrutar del resto del día.

Se hizo la hora de regresar pero su familia decidió pasar la noche en la cabaña en la que estábamos, por lo que Gustavo llamó a mis padres para hacerles saber que mi teléfono estaba apagado y aprovechó para pedirles que me dejaran quedarme. Casi no lo creí cuando escuche a mi mamá decirle que si. Me sentí tan contenta que no pude borrar la sonrisa tonta de mi cara durante lo que quedó de la noche.

Él me había presentado como una amiga por lo que enfrente de su familia decidimos guardar las apariencias, pero bastaba un simple cruce de miradas para que la electricidad se desatara nuevamente.

¿Qué era eso que me hacía sentir y por qué no lo había sentido nunca con nadie? ¿Por qué este chico tan atento y extraordinario vendría a fijarse justamente en mí? Me fui a dormir con todas esas dudas rondando en mi cabeza.

Al amanecer me despertó llevándome el desayuno a la cama y tuve que contener mis increíbles ganas de besarlo porque se encontraba su hermana mayor en el marco de la puerta para ver mi reacción.

Durante el camino de regreso, el ambiente raro ya típico entre nosotros se acrecentaba… tanto que sentí que el aire podía cortarse con un cuchillo. De repente rompió con el silencio:

– Yo se que me voy a casar con vos.- lo miré incrédula. ¿De verdad me estaba proponiendo matrimonio cuando sólo llevábamos 4 días de conocernos?

Abrí la boca para responder y las palabras salieron solas:

– Yo también se que me voy a casar con vos.- ¿otra vez había hablado demasiado rápido? En realidad no me importaba. En ese momento estaba segura de que había dicho exactamente lo que sentía.

– ¿Qué te parece si nos casamos en Marzo?- dijo.

– ¿Te parece el 15 de marzo?

– Me parece perfecto.

Genial. A sólo 4 días de conocernos ya habíamos fijado fecha de casamiento. ¿Sería todo real o estaría soñando como tantas otras veces? ¿Me estaría apresurando demasiado a entregar nuevamente el corazón? Despacio por las piedras, Pamela… no queremos salir hechas harapos otra vez…decidí tomar con pinzas lo que habíamos acordado en ese viaje, aunque los dos parecíamos haber sido muy sinceros.

Llegué a mi casa casi caminando entre nubes. No podía creer el fin de semana maravilloso que había pasado con Gustavo.

Como de costumbre, mi mamá me estaba esperando para conocer absolutamente todo con detalles con el mate arriba de la mesa.

Me encontraba metida adentro de la historia que le estaba contando porque no quería perder ningún detalle de lo ocurrido cuando de repente mi celular, que acababa de prender, comenzó a sonar.

Era un mensaje de Martín donde se leía lo siguiente:

“Pamela voy en el Bondi a tu casa. Llego en 40 minutos.”

Continuará…

NDA: Dedicado a Juli Cruz. Espero que hayas pasado un día maravilloso.