Yo podría haberlo hecho mejor, vos podrías acercarte a mí

Perfeccionando vicios en los días raros
Y todo lo demás también

“Vestirse de valentía para irse, sacarse las ropas del egoísmo para salvarla”

Así fue la última vez que les conté de ellos, esas eran las actitudes que esperábamos que tomaran.

Y si, siempre estuvieron a destiempo pero por primera vez, en los miles de segundos que pasaron desde que se conocieron, cronometraron sus acciones.

Clara, en ese afán imparable de protegerlo, había cambiado sus prioridades. Insistía en dar cosas que amortiguaran las caídas de Fausto, en poner señales iluminadas por luciérnagas para que el niño no se extraviara.

Insistió hasta el hastío, el cansancio llegó y Clara desesperó.

¿Cómo podía ya no tener ganas? Si las fuerzas las sacaba del amor que le inspiraba aquel ciudadano del mundo. Eso solo podía significar una cosa: ese amor se había vuelto frágil como los pétalos volátiles de un diente de león.

Pero… ¿Cómo?

Y aquí es donde comprobamos que, aun en los desenlaces que no traen buenos augurios, ellos estaban entrelazados.

Por un lado, Fausto entendió, a su manera, que debía hacer algo para salvar a Clara. No alcanzaban las redes que la niña tendía debajo de ese ir y venir en trapecio que era la vida de él. Tampoco eran suficientes las señales luminosas, millones de luciérnagas no bastaban para tantos ratos de penumbras.

Y fue así como comenzó a dejar a Clara.

Una vez mas, los atajos le servían a Fausto.

Ya no habían encuentros furtivos, los mensajes que una vez supieron hacer los días mas llevaderos, se transformaron en palabras tan filosas como el papel de la carta que una vez ella le escribió (si, una carta escrita en papel, con letra imprenta, chiquita e inclinada como en ese momento tenía torcida el alma)

Por otro lado, Clara. Lo había deseado tanto, muchas veces pidió que la dejara en un acto de amor. Las ansias de ser libres uno del otro eran tan intensas como el amor que se profesaban al principio.

Jirones por todos lados, fragmentos con bordes irregulares que difícilmente podían volver a colocarse en su lugar, viejos rencores, bocanadas de enojo.

Todo se venía abajo, como golpes en una pared de la que van cayendo uno a uno sus cuadros.

Fausto permaneció inmóvil, quieto ahí, impermeable a los pedidos de un reencuentro por parte de Clara. Inmutable a los reproches, a los desahogos viscerales y desesperanzados de ella.

Había llegado el momento.

Clara entendió al final, que cuidar tanto de alguien no siempre está bien. Después de todo, cuando caemos es cuando aprendemos a levantarnos, y ella no estaba dejando que Fausto aprendiera, y no sólo eso, sino que si caía, no tenía ya la fuerza para levantarlo.

Y por ese amor, ese diente de león bastardeado por el viento, respiró, calmó el temblor de sus manos y escribió: “FUE AMOR”.

Después de enviarlo corrió, corrió rápido, con el rostro entregado hacia adelante, intentando colapsar sus pulmones de aire, sin rumbo, buscando perderse. Hasta sentir el dolor en sus pies, cayendo de rodillas con los puños apretados, conteniendo el grito, el llanto haciendo implosión en cámara lenta.

Lo hizo. Se vistió de valentía al fin.

Fausto… sus ojos grandes y oscuros leyeron esas dos palabras y entendió.

Dos palabras y una historia encerrada en ellas. Se lamentó por no quererla como merecía.

Y se quedó ahí, mirándola ir. Se sacó las ropas del egoísmo y la dejó correr, mientras veía como con cada paso se alejaban lo prometido, el cadáver exquisito, las velas que los alumbraron, las confesiones, las danzas, el vino, las palmas flamencas, el asombro de las canciones nuevas, los buenos días, las buenas noches, París, Copenaghe, el saber que hay muy poca gente, los “creo”, la costumbre de ver fotos y dormirse en una habitación, los días raros y todo eso que los hacían un pequeño desastre animal.

Entendió su canción, cuando el mundo le hable de ella, no va a dejar de reír.

Clara, Fausto, fue amor.