De mi historia de amor y otras locuras (último cap.)

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Tal y como lo había dicho, 40 minutos después estaba parado en el puente de mi casa tocando el timbre.

El corazón me estallaba. ¿Estaba realmente preparada para enfrentarlo?

Antes de salir de mi casa, decidí no dejarlo entrar. Ya no le permitiría inmiscuirse en ningún espacio. Esto se había terminado. Ni siquiera yo me sentía segura al decirlo, pero alguien tenía que tomar de una vez la decisión. No daría marcha atrás.

Salí y fuimos a caminar a algún lugar donde pudiésemos hablar tranquilos y solos. Nos detuvimos en el puente de un canal que corre cerca de mi casa, prácticamente en el medio de la nada.

Lo miré y las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas… básicamente la misma historia de siempre, pero con una diferencia: él también lloraba esta vez.

– Nunca me habías apagado el teléfono- dijo con una expresión de dolor mezclada con decepción. Hizo una pausa y luego continuó con mil y un motivos por los que teníamos que seguir juntos. Me dijo lo bien que le hacía a su vida, lo mucho que me necesitaba, que no imaginaba un futuro feliz sin mi, me hizo otras cientos de promesas y para finalizar su discurso dijo lo que yo había esperado oír de sus labios durante un año.

– Me di cuenta de que te amo. Por favor, no me dejes.

En ese momento sentí literalmente cómo se estrujaba mi corazón. Él sabía exactamente qué decir para tenerme a sus pies. Rompí en un llanto desconsolado. Me tomó por la cintura, me atrajo hacia él y me abrazó tiernamente mientras besaba mi pelo.

Cuando por fin recuperé la compostura, puse mi mano en su pecho y lo alejé. Me había dado cuenta de que ya no era en sus brazos donde me sentía feliz. Me di cuenta de que esta relación sólo había traído tristeza a mi vida y que no iba a cambiar. Entendí que la vida me estaba dando la oportunidad de conocer la felicidad y el amor verdaderos y yo estaba empeñada en permanecer en una relación enferma y completamente tóxica. Lo miré a los ojos con todo el amor que aún sentía por él y que me ardía dentro del pecho y le dije:

– Creeme, que esto va a ser lo mejor para los dos.-

Siguieron un montón de excusas de su parte, lágrimas y promesas que ya no tenían sentido ni razón de ser. Emprendimos el camino de regreso a mi casa y lo despedí en el puente donde tantas veces lo había recibido enamorada.

Me miró y me prometió esperar hasta que yo quisiera volver con él. Me tomó por la cintura una vez más, me besó y se fue.

Lo vi partir como quien cierra de una vez un capítulo de su historia. Con él se iban millones de recuerdos, infinidad de lágrimas y un corazón completamente destrozado.

Entré a mi casa y mi papá me miró enojado. Pensaba que había decidido volver con Martín.

– Se terminó todo pa.- le dije. Me abrazó con fuerza y lloré en su hombro por última vez.

Cuando fui a buscar mi celular, me encontré con un mensaje de Gustavo donde me decía que me había hecho una carga de saldo y que por favor lo llamara.

Salí afuera y marqué su número. Estaba preocupado. Había llamado a mi teléfono, lo había atendido mi papá y le había explicado que yo estaba teniendo una conversación con Martín. Quería saber si todo estaba bien.

Le comenté todo lo que había pasado y me prometió sanar cada herida.

Doce días después me pidió que lo acompañara al centro a hacer unos trámites. Después de dar vueltas por varias calles, entramos en una joyería.

– Estoy buscando alianzas de compromiso. -dijo. Lo miré completamente sorprendida. ¿qué estaba pasando?

Una vez que llegamos a la camioneta, en la playa de estacionamiento, sacó la hermosa cajita que contenía las alianzas y colocó la mía en el dedo anular de mi mano izquierda, a la vez que me prometía amor eterno.

No salía de mi asombro. Completamente emocionada y con un nudo en la garganta, tomé el anillo y lo coloqué en su dedo pronunciando la misma promesa. Era todo lo que había soñado.

Al día siguiente vino a verme a mi casa, y desde esa tarde ya nunca más nos separamos. Siempre nos veíamos. Consiguió un trabajo cerca de mi casa, por lo que prácticamente vivíamos juntos. Empezaba a conocer lo que era ser feliz.

***

Siete meses después de conocernos, el 8 de marzo de 2012, me encontraba en un auto, con el vestido blanco más hermoso que vi en mi vida. Entré por un camino de velas encendidas y allá, al final de mi camino se encontraba Gustavo. Me esperaba vestido de traje y tres hermosos niños de nuestras familias traían los anillos con los que sellaríamos nuestra eterna unión.

Cuando estuve lo suficientemente cerca, pude ver que me miraba como yo siempre había soñado.

– Prometo que, a partir de ahora, sólo vas a llorar de felicidad.- dijo.

Han pasado casi cinco años desde aquel maravilloso momento que guardaré por siempre en mi corazón. Naturalmente, esa promesa fue rota varias veces. Como toda pareja hemos tenido nuestros altos y bajos… Pero aquellos vientos fríos que soplaron en nuestras vidas, solo han logrado que nos abracemos más fuerte y sigamos adelante juntos.

Hoy se sin lugar a dudas, que hice la mejor elección.

Hoy al mirarme al espejo, veo a una joven un poco endurecida por las tristes experiencias pasadas, pero plena y feliz.

Por eso a veces cuando mis amigas se quejan de las películas porque cuentan historias que jamás podrían suceder, yo simplemente sonrío y les cuento la mía.

Fin.