Con la sirena apagada, moviéndonos entre patrulleros y ambulancias, seguimos en dirección Oeste, hacia el Parque General San Martín. Intentamos ingresar por calles oscuras y sitios solitarios hasta que salimos en dirección al cerro Arco. En el mismo lugar que habíamos dejado a las chicas dueñas de la camioneta escondimos el Focus del Pampa. Un tráiler cubierto enganchado al Ford tiraría las bolsas con nuestra colecta.

Fuimos cumplidores y decidimos dejarle la camioneta en el mismo lugar a las chicas… quizás un poco hacia el costado… o hacia abajo. En ese lugar había un barranco de unos quince metros de altura que terminaba en una especie de cauce seco. La noche nos acompañaba, todas las fuerzas de seguridad se iban diseminando por la ciudad, a lo lejos se veía el humo de los incendio y el resplandor de las sirenas, era un espectáculo televisivo, generado por nosotros tres, pero no había pasado ni siquiera una hora del primer impacto, aún estábamos cubiertos por el velo de la conmoción. El corazón nos explotaba, había salido todo como lo planificamos. Pero aún no terminábamos de deshacernos de la evidencia.

Estábamos los tres en silencio, manejando tranquilos e híper atentos a todo lo que sucedía. Mientras el Toro manejaba, sin darnos cuenta, el Pampa y yo llevábamos las pistolas en la mano, ahora si que no nos iban a atrapar, nos sentíamos seguros sobre el vehículo. Ante cualquier inconveniente íbamos a salir a los tiros, ya no había dudas de ello. El plan había sido perfecto, era magia, ilusionismo, como nos había enseñado el mago ridículo aquel, quién dice que sus absurdas palabras motivaron a tres tipos a quedarse con la plata que en toda su vida no va a tener. Quizás nos pasamos un poco al desviar la atención del público, pero no había otra manera, la conmoción había sido nuestra aliada. Los teléfonos seguían sin señal, sin dudas la ciudad había colapsado, una parte se veía sin luz, quizás algún generador enganchamos con tanta virulencia.

Entre unos arbustos nos esperaba el Focus, mientras nos quitábamos la ropa, el Toro hacía el trasbordo. Cuando nos sacamos todo lo subimos dentro de la Toyota, sin quitarnos los guantes y el gorro de latex que llevábamos bajo el traje antibombas. No podíamos dejar ninguna huella. Continuamos cargando nosotros y el albañil se quitó su disfraz, los guantes negros, la peluca y los restos de maquillaje. Tampoco se sacó el gorro ajustado y los guantes de latex que llevaba bajo los otros. Cuando se terminó de descambiar tiró todo en el habitáculo, procuramos no olvidar nada. Rociamos la camioneta con combustible y casi cinco litros de napalm que nos había sobrado. Ardería durante toda la noche hasta fundirse. La empujamos al barranco y arrojamos una bola de diario incendiado… en segundos una llamarada voraz comenzó a consumir todo, pronto explotaría por los aires, así que regresamos a nuestro escondite con el fulgor en nuestras espaldas. Habíamos acabado con el último de los móviles delictivos.

Tomamos por el corredor del Oeste, alejándonos de la ciudad, mientras veíamos vecinos en las calles, las luces encendidas de las casa y cada dos por tres una ambulancia o auto de policía que se dirigía en dirección contraria. Por el frío de la noche y la hora, era evidente que la gente había salido por el ruido y el desastre. Pensábamos que jamás en la provincia había sucedido algo así, quizás era comparable con el terremoto del 85, pero nunca igual.

Cuando llegamos a la Panamericana todo estaba calmo, sereno. Bajamos por los caracoles, atravesamos Chacras de Coria, yo miraba con soberbia las hermosas casas que pasaban frente a mis ojos… pensar que ahora, después de tantos años, la había por fin pegado… era más rico que cualquiera de estos estúpidos esclavos del sistema. Giles… nos salimos con la nuestra, “sin rencores… era solo plata”

Decidimos seguir hacia Perdriel, de ahí a Maipú y finalmente manejar hacia Dorrego por el Este, para no conducir cerca de los accesos principales. Temíamos por cámaras y posibles seguimientos, lógicamente la patente del focus estaba adulterada… por la del Fiat. Ya no teníamos que huir de nadie, el golpe fue perfecto… el gran golpe.

Continuará…

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