El gol de la reivindicación

Matías se jugaba mucho más que los cuartos de final de un torneo de fútbol amateur donde los equipos estaban compuestos por quiosqueros, mozos, albañiles, tacheros y uno que otro jugador que fracasó en la Liga Mendocina de Fútbol. Él no jugaba por el trofeo, tampoco por los ocho kilos de asado, ni por un conjunto de camisetas berretas, ni por las botellas de vino sin etiqueta que no servían ni para cocinar.

Él jugaba por mucho más. Sus objetivos, a pesar de ser individuales, eran nobles. Le iba a demostrar a su viejo que aunque ya tenía 26 años, que aunque fumaba los fines de semana acompañado por maratones de cerveza, que a pesar de haber tenido un romance con la merca aún podía quebrar algunas cinturas, meter un par de goles, delirar tirando unos caños y, de esta manera, volver a recuperar el cariño de los ojos que lo vieron crecer pero que también lo vieron equivocarse tantas veces en su vida.

Si hay algo que jamás se le ha podido reclamar a Matías es su locura dentro del rectángulo verde. Tipo aguerrido que se banca sin rechistar pelotazos en las piernas, pecho y huevos y sigue corriendo y metiendo. Traba al piso con la cabeza, jamás saltó tapándose la cara en un tiro libre rival, como así tampoco, pidió disculpas cuando hizo que el 10 oponente se besara su propio culo después de una patada asesina.

La noche anterior al partido decidió no tomar la cerveza de todos los viernes, al salir de trabajar a las cuatro de la mañana prefirió ir derecho a casa. Jugó dos partidos en la play, se acostó a dormir con el ventilador cerca de su cama e imaginó la conferencia de prensa de su equipo de los videos juegos luego de haber caído bochornosamente frente al Deportivo Alavés.

La mañana siguiente, luego de cinco horas de sueño pesado, se levantó entusiasmado sabiendo que ese era el día en que se reivindicaría de tantos errores no forzados. Preparó los botines, las vendas, medias, pantalón y camiseta perfectamente combinados. Caminó varias cuadras para tomar el micro que lo llevaría a la Plaza Independencia, luego esperaría pacientemente que viniera el otro colectivo que lo dejaría a un par de cuadras de la casa de su novia.

Luego de dos horas de viaje, ochenta y cinco canciones en sus auriculares, algunos coqueteos con chicas que viajaban con sus hijos, llegó a la casa de la morocha que lo tenía totalmente enamorado. Masticó la bronca cuando su suegro le consultó contra quién les tocaba perder hoy, se vengó en silencio besando el cuello de su amada pasándole el dedo por el elástico de la tanga.

Después del postre ella le recordó que saldría a bailar con Lore, quien acababa de cortar con su novio y estaba muy triste, que necesitaba salir. Matías nunca entendió la necesidad de ir a bailar cuando estás triste, ni la de tomarse unos tragos y comerse a cualquier tipo pensando que es el amor que perdiste. Sin embargo, aceptó y le dijo que se diviertan intentando ocultar el infierno que se desataba lentamente en su interior.

Ya cambiado caminó hasta las canchas donde lo esperaba su equipo vestido de bordó, con el escudo de la Roma sublimado en el pecho. Entró en calor buscando a su viejo con la mirada, pero no lo encontró. Cinco minutos antes de empezar el partido la organización les comunicó que iban a ser dirigidos por Raúl, un árbitro con cuarenta kilos de más, que dirige desde el círculo central y que varias veces lo había perjudicado a lo largo del torneo, no por mala intención, sino por falta de criterio. Además, habían pedido explícitamente no volver a ser dirigidos por él. Sin embargo, la organización del torneo explicó que la cancha cuatro iba a ser utilizada por un cumpleaños infantil, que Raúl es el jefe de árbitros y que sólo había tenido un partido así que era la única opción que les quedaba.

A regañadientes el equipo aceptó y a los quince segundos del primer tiempo ya se comenzaron a visualizar los errores del colegiado. A los cuatro minutos no expulsó a un jugador rival luego de que tocara la pelota con la mano siendo el último hombre. De ese tiro libre la pelota cayó en el área, donde no alcanzó a ver un claro penal.

El infierno interno de Matías que se había encendido horas antes fue creciendo más y más. A los seis minutos agarró la bocha tres cuartos de cancha, mientras esquivaba a dos rivales pudo ver a su papá que había llegado a verlo, tomó coraje y pasó a otro jugador para luego dar un pase largo entre líneas dejando a Fernando, su mejor amigo desde los cinco años, mano a mano con el arquero. Gol. Lo gritó por lo bajo, pensó que recién ahora iba a comenzar a jugar, que su viejo iba a ver todo lo que él tenía para dar.

Sin embargo, un minuto después, luego de un lateral mal cobrado, el gol del rival puso el 1 a 1 en el marcador. No le importó, quedaba mucho tiempo para ganarlo. Es por eso que cuando le tiraron un pase largo que supo dominar mareando rápidamente al defensor y quedando frente al arquero, supo que su momento había llegado. Atrás quedarían sus convulsiones, la mirada triste de su padre, los cigarros fumados con culpa y cientos de latas de cerveza.

Levantó la pierna derecha definiendo fuerte y cruzado, el uno rival atajó dando rebote, Matías la volvió a agarrar, gambeteó al arquero dejándolo tirado en el piso, la pelota le quedó larga pero alcanzó a pisarla en la línea antes de que saliera del campo de juego, cuando estaba a punto de definir pensando en el abrazo del alma que iba a darse con su viejo, en el que le diría que lo perdone, que lo ama, en que va a ser un hijo mejor, soñó en lo orgulloso que se iba a sentir su papá, en la risa de su mamá al teléfono cuando le contaran, en el aplauso y felicitaciones de sus amigos pero de repente escuchó un pitido que tiró por el verde pasto sintético toda su fantasía: Raúl, desde la mitad de la cancha, sancionó saque de arco.

El infierno se desató. La bronca surgió desde debajo de las entrañas, chocó contra su hígado algo marchito, subió por su pulmones, la garganta se inflamó, los ojos enrojecieron, la mandíbula se le endureció y desde su boca se materializó el rugido de un león herido que exclamó: “La concha de tu madre, árbitro hijo de una gran puta, de una camionada de putas, todas las semanas lo mismo con este hijo de puta, la concha de su madre y de su abuela”.

Las palabras se iban amontonando en su garganta pero sorpresivamente salían muy claras de ella. Tuvo la oportunidad de parar. Pero todos sabemos que Matías no es de andar tomando buenas decisiones.

“¿Quién me manda a jugar al fútbol con este hijo de puta dirigiendo?”. Raúl sacó la tarjeta amarilla y la levantó apuntando al cielo. Matías pateó la pelota a la cancha cuatro, donde estaban festejando el cumpleaños el grupito de niños, mientras gritaba: “Encima el caradura me amonesta, hay que ser muy hijo de puta”.

Los que estaban presentes dicen que inventó insultos relacionados con la madre del colegiado, que de su boca surgieron expresiones jamás escuchadas y nunca repetidas. El árbitro no dudó, cambió la tarjeta amarilla por la roja pero a esta altura Matías ya iba camino a la cantina y por fin pudo tomar su – no merecida- birra del fin de semana.

Su equipo ganó el partido y pasaron a semis, a los días se enteró que le habían dado tres fechas. Ya no tenía novia, la relación con su padre tampoco mejoró. Ante la insistencia de sus compañeros escribió un descargo para que le disminuyeran la sanción y así poder disputar una posible final.

Es por eso que escribió:

A la Organización: Acepto conforme las tres fechas de sanción que me han dado. No jugaré por tres semanas al fútbol, al menos, en este torneo. Sin embargo, hay algo que no pueden cambiar, Raúl va a seguir siendo un hijo de remil puta toda su vida”.

Después firmó con una sonrisa en su rostro: “Matías Suárez, ex yerno de Raúl”.