El gris de un amanecer plagado de cenizas, fue cediendo a un perfecto día de verano. A medida que el sol fue iluminando los cerros, las plantas y las piedras, los miembros de la silenciosa procesión se fueron quedando. Cuando los tibios rayos solares tocaban los cuerpos de los sobrevivientes estos se sentaban en el lugar y descansaban. Algunos hasta se dormían. Los rostros dejaban los gestos de tensión, dolor, miedo o tristeza, por una sonrisa relajada.

Kali me siguió hasta la cumbre y allí, como parte del sortilegio, al entrar en la ciudad que se extendía hacia el oeste, desapareció.

El sol estaba en el cenit. No había viento. El silencio oprimía los oídos. A diferencia de la ciudad de Mendoza totalmente devastada, calcinada hasta la vegetación más resistente, el pueblo de casas de una planta parecía que había sido abandonado ayer. Las edificaciones eran de todo tipo, con techo a dos aguas, simples o modernas. Las ventanas y puertas estaban cerradas. El olor era inquietantemente familiar. Un aroma que disparaba en mi cerebro recuerdos del hogar.

Adelante, estaba la gran plaza, donde se distinguía una figura humana sentada en una piedra.

Accedí a una gran espacio circular, a cual convergían todas las calles. El suelo estaba hecho de piedra. El viejo estaba sentado sobre una del mismo color que la que llevaba en el bolsillo: amarillo casi marrón. Tenía una túnica de una tela similar a la arpillera, de color sangre, como el de la mancha de la roca. Sus ojos miraban el piso.

Un instante de expectativa, seguido de un suspiro del anciano. Levantó y giró la cabeza hacia mí. Tenía una barba canosa muy desordenada. El rostro surcado de arrugas. Los ojos marrones. Era todo lo que podía ver adentro de la capucha roja oscura. Y un inquietante parecido a la cabeza que llevaba Kali en la visión de la destrucción.

– No quiero que preguntes otra vez que pasó aquí. Creo que lo intuyes – dijo.

Dudé en contestar. Porque es cierto, algo intuía. Había una sensación de familiaridad que se extendía más allá de la primera visión.

– ¿Cuántas veces he venido por aquí?

– Varios cientos. Tu presencia aquí es regular. Vas alejando la destrucción..

– ¿Alejando?

– Las primeras veces que apareciste, que lo hiciste con dos mujeres, esto bullía de vida. Se respiraba felicidad. Luego una de tus acompañantes no vino y la gente se empezó a ir. Y una oportunidad que no viniste el fuego consumió todo…

– Tengo memoria de una primera vez, en que todo estaba destruido. Superpuesto con visiones de esto activo, lleno de gente feliz. Pero estaba solo.

Estuvo un rato en silencio mirando el suelo.

– Algo se retorció y ahora se mueve – dijo y sacó un ovillo muy enredado de la misma hebra que constituía su túnica. Tomó una de las hebras, la levantó a la altura de sus ojos y dejó que se enderezara.

– Esta podría ser tu vida. Empieza y termina. Pero está entretejida con otras. Si ves la trama contemplas las vidas de la gente que te rodea en su totalidad.

Había leído sobre varias teorías sobre el tiempo, pero todas tenían una objeción.

– Pero ¿y el libre albedrío?

– Siempre me haces esa pregunta. Y ahí está la clave. Se puede cambiar la dirección de la hebra, se puede alargar y acortar. Se puede sacar. Metido en el tejido nunca sabrás que las cosas cambiaron. Nunca tendrías conciencia de los cambios.

– Ah. Es una paradoja. Por un lado siento que voy eligiendo un camino. Pero ese camino ya está fijado. Pero se puede cambiar. Solo que no podría saberlo, porque la elección que haga el cambio es parte del camino que me llevó hasta aquí.

– Es una paradoja para los que están en el tejido, pero si te sales deja de serlo. Eso es lo que estás haciendo.

– ¿Yo? Pero desde que vine aquí en medio de la destrucción siento que estoy siendo arrastrado…

– Recibiste una piedra.

– Si. Luego las quemaduras. Y un montón de señales.

– Todas cosas que te hacían sintonizar sueños. En ningún momento supe cómo te llegan esas fuerzas. Menos desde donde. Pero curiosamente, todas te traen aquí, a través de símbolos muy tuyos, o que tienen que ver con tu vida. Por eso supongo que eres tú mismo.

– ¿Y las criaturas como las diosas que vi?

– Imagino dos explicaciones: o lo que vos viste como real, es en realidad manifestación de cosas más grandes. Divinidades de más dimensiones, que en tu hebra se ven como semejantes tuyos; o esas divinidades, de existencia real en el multiverso, han influido en esos seres cercanos tuyos. O son avatares, o casos de posesión.

Las manifestaciones eran de cosas ajenas a la hebra. Y la movían hacia algún lado. Me imaginé recorriendo un loop. Y a la vez trasladando este presente.

– Un lazo que se va corriendo… -dije.

– Exacto. En algún punto del futuro, en tu vida algo se interrumpió. Y esa fuerza está retorciendo las hebras para volverlo a la normalidad. El efecto no lo veras nunca allá. Aquí, si. No sé cuánto tiempo ha pasado desde tu primera visión hasta ahora, pero aquí ha pasado justo un día desde la primera vez que te vi.

– No me cierra algo. No te moviste de aquí en un día, y primero era todo lo que soñabas, sobrevino el caos, luego la destrucción, moriste supongo. Y luego todo…

– Ha ido mutando a la normalidad – interrumpió.

Hay como dos tiempos –proseguí- por un lado todo a tu alrededor va retrocediendo muy lentamente hacia lo que era, pero tu tiempo avanza.

– El tiempo tal como lo conoces es un concepto muy limitado a la hebra. Y esta realidad es una proyección de algo más complejo.

Mi mente estaba confusa. Proyección.

– Tu mente está concebida en un mundo de tres dimensiones con el tiempo fluyendo hacia adelante. La cosa es mucho más compleja, repito, en un multiverso de complejidad creciente. Tu vienes aquí siguiendo una línea de tiempo que tu mente entiende. Por eso has venido cientos de veces. Yo soy parte de esta construcción y veo el tiempo en dos variables, como en un plano. Cada vez que vienes, las cosas van cambiando. Avanzamos y retrocedo. Pero el rulo terminará siempre aquí. En esta piedra. En mi.

Demasiada información. Mi cerebro estaba aturdido. Contemplé el celeste del cielo, las casas que me despertaban añoranzas de algo que no podía explicar. Algo levemente familiar. Algo soñado. Y una figura se representó en mi cabeza:

Una infinidad de yo recorriendo la superficie interna de una ola. Pero todas esas vidas empezaban y terminaban. Delante de mí vendría otro yo de nuevo, y correría otra vez la hebra y le agregaría vida a este pueblo.

La angustia fue subiendo a medida que fui entendiendo que no vería el final de esta historia. Y se me llenaron los ojos de lágrimas.

– Algo nuevo – dijo el viejo – mirá.

Sus dedos señalaron en dirección de una de las tantas calles que convergían a la plaza. De lejos, distinguí a Kali adolescente que venía hacia el centro – Y allá – En la dirección opuesta, en principio me costó discernir, pero luego recordé la última manifestación de Eris antes de desaparecer. Por las dudas, miré a las otras calles ¡Esperaba encontrar a alguien! Tenía una mezcla de intuición y certeza. Aunque no había nadie. El futuro incluía otras personas cercanas, o importantes. En mi presente conocía a Eris y Kali. Pero, en el fondo de mi corazón, sabía que existían o existirían más.

Y sentí felicidad.

Todo se fue difuminando a un negro y luego a la sala de un hospital. Alrededor de la cama estaba mi familia y un par de doctores. Todos serios. Yo sentía paz, y no me alarmé cuando en la cama distinguí mi figura. Supongo que tanto salir y entrar de mi cuerpo se cobró su precio. Actividad cardiaca. Respiración. Estaba catatónico.

Miré hacia arriba y percibí tanto el techo del hospital como un cielo añil recorrido por infinidad de hilos blancos.

Era hora de salir a explorar.

FIN

Compartí, no seas paco