Exploración Urbana | Segunda parte

 

 

 

 

Martin y Francisco se pararon en la pórtico con un aire desafiante, pero a la vez oscilante, era como si se desafiaran mutuamente para ver quién era el más valiente para entrar primero.

“Algo anda mal, todo es muy raro, no es como siempre”, pensó Ignacio mientras se reunía con sus amigos en el pórtico de aquella vieja casa.

– Chicos – dijo- vámonos, no sé porque, pero esta vez tengo un mal presentimiento, siento que algo malo a pasar. En serio – hizo el amague de irse. Martin y Francisco se miraron mutuamente y el aire desafiante que circulaba sobre ellos se trasladó inmediatamente a Ignacio, la cobardía que él demostró los enalteció.

– Dale Nacho, no seas cagón, siempre el mismo vos – refutó Francisco.

– Ya te he dicho un millón de veces Ignacio que lo que ves, o crees ver, son en realidad sugestiones de tu mente. Son efectos que tu propio cerebro crea para que le encuentres explicación a los fenómenos paranormales que hemos presenciado: como sombras, ruidos, etc. Todo, pero todo, Ignacio tiene su explicación científica. Ya te lo dije la ultima vez, madurá.

Ignacio lo observo con muchísima ira, el miedo que percibía, así como la atmosfera pesada desapareció por un segundo, avanzo hacia ellos y los apartó con el cuerpo. Al tocar el picaporte de la malgastada puerta de la casa, una sensación como un magnetismo, o una corriente galvánica recorrió su cuerpo, estremeciéndolo de pies de pies a cabeza, fue como tocar un cable pelado estando descalzo y con la piel húmeda.

Su garganta se seco y su cuerpo se contrajo, quiso gritar y salir huyendo de allí, pero se volvió a donde Martin estaba, sus ojos estaban muy abiertos he inyectados de sangre, era como si el cuerpo de Ignacio estuviera poseído por un demonio medieval muy poderoso. Martin retrocedió, quiso entrar en pánico, pero su mente racional no lo dejo, pensó que la reacción de Ignacio se debió a que por fin enfrentaba sus miedos.

Francisco detectó la presión entre Martin e Ignacio, la atmosfera era tan pesada que el aire era tan denso como el agua. Cruzo entre ellos y percibió un poco de electricidad proveniente de Ignacio. Asomó la cabeza al interior y lo que vio lo dejo sin palabras. Al ver lo que había adentro comprendió dos cosas: primero que ese video seria por mucho el mejor del canal y por último que era el lugar más extraño que vio en toda su vida.

– Martin, sacá el drone y filmá la parte exterior de la casa, cuando termines vamos a entrar.

Martin nunca hacían tomas de la parte exterior de la casa. Sin embargo no objetó nada, pensó que al ser el último video tendría más relleno, sería similar a una película de cine independiente.

Sacó el aparto, le conectó la cámara y procedió a grabar lo que Francisco le pidió. Martin realizó la interfaz con el drone y el resto de sus cámaras, para comenzar a grabar el video en vivo. El aparato se elevó sobre ellos dando una toma de ellos tres juntos.

– Hola queridos suscriptores – dijo Francisco alegre – esta es la casa del cirquero, estamos a punto de explorarla. Para los amigos que no se han conectado, todavía están a tiempo, avísenle a todos lo que puedan.

En solo un minuto se conectaron seiscientas mil personas, era algo increíble, quizás nunca antes visto. Los tres jóvenes sonrieron, pero no estaban contentos, más bien estaban muy nerviosos.

Los tres descendieron del pórtico y se reunieron alrededor de la pantalla de la tablet, como si esta se tratara de una fogata en una noche fría de agosto.

Sin saber porque Martin guiaba al drone sin mucha habilidad, las manos le temblaban. No sabía que le sucedía, mientras más intentaba guiarlo, mas difícil era manejarlo, era como si la casa desprendiese una especie de campo magnético que afectara a los circuitos del vehículo.

Se alejo un poco más y tomo una visión panorámica de la casa. Era completamente de madera, con unos tablones de más de 20cm de grosor. El color que salía de los mimos era de un morado con incrustaciones verdes. Por lo que Martin sabia, ese color se trababa de putrefacción blanca, un tipo de hongo que se genera en la madera viva. Eso lo asustó y casi precipito el drone contra una pared. “¿Cómo es posible que ese hongo se haya desarrollado en madera muerta ya hace muchos años?”, pensó en decírselo a sus amigos, pero decidió no hacerlo en el último segundo. Sería peor para Ignacio, el creería que se trataba de un suceso paranormal.

Las ventanas de la casa se veían como ojos de un psicópata, en parte agradaban, era como si sonrieran simpáticamente, pero a la vez manaba un aire neurótico a su alrededor, como si se tratase de un loco que hace el enfermo para que lo ayudes, y mientras te acercas tienen un cuchillo escondido en la espalda en la mano que no podes ver.

Rodeó la casa por la parte lateral sur, ahí había una pequeña ventana de no más de 25cm de ancho. El drone paso por ahí y los tres vieron que algo se movió.

– ¿Quizás sea un animal? – dijo Francisco desanimado.

– Quizás – replicó Martin. Ignacio no pudo hablar, pero el corazón le latía en las sienes, nunca había estado tan asustado en su vida.

El fondo de la casa era más tenebroso aun, Martin no hizo descender el drone, pero vio que habían alrededor de 20 muñecas tiradas en el piso, envueltas en maleza de más de y tres metros de alto, que se extendía por toda la parte de atrás de la casa hasta perderse en campo.

– ¿Creo que es suficiente no?

– Si Martin – respondió Francisco- Entren con cuidado, lo que hay adentro es raro, pero no es para asustarse.

– Podríamos ocupar mi última adquisición – Martin sacó de su mochila tres gorras con cámaras equipadas y lentes infrarrojos.

Los chicos quedaron sorprendidos  -¿Para esto querías plata? – preguntó Francisco.

– Si, se demoraron en llegar. Ahora no tenemos que cargar la cámara en las manos. Va a ser más ágil y rápido. Configuró la tablet y los chicos se quedaron maravillados cuando la pantalla se dividió en 4, mostrando lo que cada uno de ellos veía.

Se colocaron las gorras con los lentes e ingresaron. – ¿Qué es lo raro que viste? – preguntó Ignacio.

– Mira al techo.

Ignacio no se percató de entrada como Martin, que ni bien entró torció su cuello como si estuviese mirando un ataque aéreo. Del techo de la casa colgaban cientos de marionetas y títeres, hechos de plásticos y madera. Con muecas imposibles de descifrar. Algunas parecían expresar temor, miedo, horror, tristeza, locura, pero había algo que las caracterizaba a todas por igual y era la mirada. La mirada de todas las marionetas mostraba maldad, ese tipo de maldad que se percibe en los asesinos en serie.

Ignacio tragó saliva y quiso retroceder, pero cuando lo hizo vio que la puerta estaba cerrada, creyó que Francisco la había cerrado para que él no huyera, pero se equivocaba, nadie cerró la puerta, los tres estaban impactados viendo las marionetas que pendían del techo.

– Deben ser miles – dijo Martin, con aire ausente, como si por primera vez en su vida veía algo que no podía explicar.

– Si – añadió Francisco asustado – miremos rápido y vayámonos de acá.

Ignacio se paro más cerca de él – ¿A dónde vamos?

– Miremos por acá y después subamos al segundo piso.

– ¿Se dieron cuenta que las ventanas tienen mamparas al frente?, de esas que se unan para hacer sombras chinescas – observó Martin.

– ¿De dónde viene la luz que se proyecta atrás?

– Debe ser la luna – afirmó Martin.

Avanzaron un poco más, el viento se escabullía entre las tablas que se encontraban dañadas, parecía como si la casa de alguna manera se estuviese riendo de ellos, de la suerte que les esperaba.

– Es solo el viento – dijo Martin. Entonces de la nada las marionetas comenzaron a mecerse, como si estuvieran en un columpio y cayeron sobre ellos quedando a solo unos centímetros de su cabeza.

Los tres se lanzaron hacia adelante impulsándose con todas sus fuerzas, las caras ahora estaban más cerca, sus expresiones habían cambiado, los tres lo sabían, pero ninguno lo mencionó, las marionetas los miraban, como si estuviesen a punto de matarlos y disfrutaran cada segundo de tortura psicológica y física.

Continuará…