El pozo

Ella corría por el patio trasero de su casa, no recordaba como llego ahí. Solo sabía que sus manos estaban llenas de sangre y tierra. Tenía que esconderse adentro de la casa. Algo la acechaba, la vigilaba, quería hacerle daño. El simple acto de mirar por encima del hombro hacia atrás, era para ella una acto de valentía aun mayor al de salir de la casa.

Llegó jadeando a la puerta, casi al borde del colapso físico y mental, el aire apenes se filtraba en sus pulmones, sentía una asfixia similar a la que sufrió el día que decidió nunca más salir de la casa.

Edith sabía que tenía que entrar urgente, sus arrugadas manos, ya débiles por la artritis, le jugaron una mala pasada cuando intento abrir la puerta. El picaportes escapaba de sus dedos, no podía abrir la puerta y lo que fuese que vivía en su patio estaba cada vez más cerca.

Se quedó pasmada, sus débiles manos fallaron en la última gran tarea de su vida, solo cerró los ojos y frunció el seño, como buscando en su mente una energía psíquica que le ayudara a abrir la puerta.

Faltaban unos segundos, estaba por alcanzarla, un escalofrió recorrió su espalda hasta la nuca, ella profirió un grito tan fuerte que la hizo despertar en su cama. La noche ya estaba terminando y ella por cuarta vez esa semana se despertaba gritando después de haber sufrido la misma pesadilla.

Se levantó lentamente, todos los huesos y las articulaciones le dolían. Ella se preguntaban si eso era por la artritis o porque en realidad corrió los treinta metros de patio trasero de su propiedad. Giró sobre si misma muerta de frio, había transpirado por la pesadilla, observó el reloj de mesa,  ya eran  las ocho de mañana, en cualquier momento su sobrino Julián llegaría a la casa.

Fue a la cocina lentamente, Edith temblaba de miedo, vivía sola desde hacía años en una casa prefabricada estilo americana, un poco más vieja que ella. Estaba acostumbrada a los quejidos y sonidos extraños, sin embargo casi sufrió un infarto cuando golpearon a la puerta.

¡TOC! ¡TOC! ¡TOC! Tuvo la reacción de salir corriendo. “Tranquilízate “, pensó, “no seas estúpida vieja decrepita, es solo Julián”.

Si… eras una vieja decrépita” dijo otra voz en su interior.

Efectivamente era él, muchacho joven de 17 años. Todos los días Julián hacia cinco kilómetros en bicicleta, lloviera, nevara o granizara, para ayudar a su tía con los quehaceres del hogar, a cambio de un poco de dinero. Él tenía la llave del pórtico, la puso en el cerrojo y tuvo acceso a la antesala de la casa de Edith.

– Tía, soy yo, déjeme entrar.

Edith sabía muy bien que era él, sin embargo siempre mitraba por la ventana, ella tenía una agorafobia muy intensa, cada vez era peor. Temía salir de su hogar, pero también temía por quién podía entrar. Después de unos treinta segundos de reconocimiento, lo dejó ingresar.

– ¿Cómo esta tía? – era una pregunta estúpida, se notaba en la cara de Edith que cada vez se sumía más en la locura.

– Bien – dijo ella en un tono neutro casi carente de vida. Entonces vio algo junto a Julián, había un pequeño perro, algo viejo, de un aspecto similar al de ella, era muy pequeño, no más  grande de lo que es un caniche.

– ¿Qué es eso?

– Me siguió del pueblo tía, no debe tener familia, quizás se deshicieron de él porque es viejo. No se preocupe, cuando me vaya me lo llevo – Julián dejó los víveres que traía sobre la mesa y salió al patio después de que su tía se escondiera en la habitación.

Mientras que trabajaba en el patio, Edith, no la normal, si no la otra, la que solía salir de su interior dijo.

– ¡Mirá ese costal de pulgas! Lo que faltaba… una mierde de perro en la casa.

– A mi me parece lindo.

– ¿¡Lindo!? Es la peor mierda de perro que he visto en mi vida.

La Edith buena no contesto, el perro estaba solo como ella, nadie lo quería porque era viejo como ella, y lo peor de todo es que el perro buscaba compañía, como ella.

– Muy bien tía, terminé – Julián se inclinó para alzar al perro.

– ¡NO! – gritó la Edith mala, no le gustaba el perro, pero ella convivía con la Edith buena, a veces discutían, y ella le obligaba a hacer cosas horribles, y planeaba hacer algo con el perro. Julián creyó reconocer otro tono de voz, similar al de su tía, pero más agudo. Le asustaba cuando ella hablaba así, cambió de conversación casi naturalmente, él temía por su vida, siempre que iba a la casa de su tía tenía miedo de no volver, pero cuando el tono agudo se hacía presente, temía más aun.

– ¿Lo va a adoptar?

– Si – respondió con aire asuste.

– Bueno, me voy… hasta mañana – dijo Julián pensando pobre perro.

Esa tarde después de comer, Edith se sentó frente al ventanal que daba al patio-. Ella sabía que lo que la perseguía en pesadillas estaba ahí. Todos sus días eran iguales, solo que esta vez, Joseph, como ella lo había bautizado después de una discusión con la Edith mala, yacía en su regazo.

– Estas loca en ponerle Joseph, ¿quién carajo bautiza a un perro con el nombre de un esposo muerto? Además era mal tipo.

– No – la Edith tranquila se expresaba como un demente empestillado – él me amaba.

-Se te amaba tanto… ¿porqué dejó que el malviviente entrara y te hiciera eso?

– ¿Me hieran qué? – entonces su memoria, que por lo general era pésima, le trajo un recuerdo de un hombre, parecido a Joseph, que la violó en el patio – Pero Joseph no oyó nada – se respondió.

– ¿No oyó? ¡Si oyó! Oyó todo, no te defendió, pero eso ya no importa… él lo mató antes de irse.

– Si… pobre Joseph – Edith se mecía en su silla – Pobre Joseph.

La noche llegó rápido, quizás fue porque tendría que enfrentar su miedo, el perro necesitaba hacer sus necesidades, oler, orinar, defecar, etc. Estuvo casi tres horas reuniendo valor, hasta que por fin abrió la puerta.

Se quedó en la ventana esperando que volviera, el perro se demoro casi tres horas en regresar. Estaba muerta de sueño cuando el perro recién apareció.

– ¿A dónde mierda estabas?

– No lo retes.

¿Qué no lo rete? ¡tendrías que matarlo como a…

– ¿Cómo a quién? – siguió la Edith buena – ¿Cómo ha quien?

¡Como a él! Nos hizo mucho daño… Sé que me costó convencerte, pero…

El sueno envolvió a Edith y se fue con Joseph a la cama, por suerte esa noche no sufrió ninguna pesadilla. La mañana siguiente, Julián llegó como siempre, se dirigió al patio para realizar sus deberes, pero se volvió inmediatamente.

– Tía, sé que no le gusta salir, pero tiene que ver eso urgente – Julián parecía exaltado y asustado. Después de casi media hora logró sacarla del interior de la casa. Ella se aferraba fuertemente al brazo de Julián, como si estuviese a punto de caer en un acantilado.

En el medio de los arboles, había un pozo enorme, en forma de cono, de casi tres metros de profundidad.

– ¿Quien hizo eso? – pregunto la Edith buena mientras silenciaba a la mala.

– Creo que su perro, hay huellitas en los bordes, pero el centro es extraño, es como si alguien a hubiese  escarbado desde abajo. Da la impresión de alguien que está enterrado y quiere salir – intentó bromear.

¡Vamos! – dijo con el tono agudo Edith y volvió a la casa, mientras que Julián se disponía a tapar el pozo. Una vez que terminó, se fue sin mediar palabra, pensando seriamente si unos cuantos pesos valían tener que soportar a esa mujer todos los días.

Esa noche, una tormenta se aproximaba por el sur y Joseph estaba muy, muy inquieto. Edith, no quería que el saliera, pero el perro a pesar de su pequeña estatura y desdichado aspecto tenia más fuerza que un pitbull, luchó contra Edith y se le escapó.

¿Ves? ¡No sirve para nada!, como el último Joseph… yo me encargo de él – La Edith mala salió casi corriendo, cuando llegó hasta el animal este había cavado un metro de profundidad en menos de un minuto. Estaba loco, enceguecido por lo que había en el patio. – ¿Así que te haces el rudo perro de mierda?

-No le hagas daño.

No le voy a hacer nada… solo matarlo – rió como una bruja con las primeras gotas de lluvia que cayendo sobre su cara. La risa no se vio opacada ni siquiera por un trueno que abrió el cielo sobre su casa.

Pateó a Joseph y se lo llevó adentro, después de una hora el perro luchaba por salir, tanto fue así, que logró abrir el picaportes con el hocico y salió nuevamente.La Edith buena estaba enojada con la Edith mala por hacerle daño al perro, peleaban tanto que ella no escucho cuando Joseph salió.

– ¡Corre estúpida! Mira la puerta… se escapó.

Entonces la Edith buena corrió lo más rápido que pudo, pero ya era demasiado. Lo que se escondía, lo que la acechaba en pesadillas, salía del interior del pozo con la ayuda de Joseph que lo arrastraba hacia arriba…

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