Exploración Urbana | Cuarta parte

El aspecto de la habitación era muy, pero muy extraño. Ninguno de los muchachos, ni los suscriptores, que por cierto ya eran casi un millón doscientos mil, podían describir lo que veían en el interior de esa habitación. Martin como de costumbre buscó en su mente lógica una respuesta, algo surgió de ella, no muy convincente, pero al fin una respuesta:

– La habitación debe estar limpia porque las ventanas están cerradas – Ignacio parecía ignorarlo, su respiración se desbocaba, estaba más asustado que nunca en su vida.

– Puede ser – secundó Francisco.

Los lentes que usaban para filmar y alumbrar el interior de la habitación, revisaron cada rincón, cada mísera hendidura del piso del parque, cada ranura de pared, etc.

– Bueno ya vimos todo, ahora vayámonos.

– Espera un segundo Ignacio – Martin le enseño la tablet para que viera los comentarios de las personas que lo seguían en vivo.

– Un millos dos mil – dijo Francisco sorprendido.

– Si, pero lean los comentarios – Al ver que ninguno quería leer, comenzó a hacerlo el mismo.

“No sean cagones entren”

“Tanta propaganda al pedo”

“Me voy a ir del canal, no puedo creer que inventen una mentira tan grande”

– Cada vez hay más dislikes en el video, piensan que tenemos miedo.

– Es que tenemos miedo, no seas imbécil.

Martin hizo como si no escuchara, pero por dentro deseó partirle la cabeza a Ignacio. Francisco notó que la tensión entre ellos aumentaba cada vez más.

– Entremos, miremos un poco y nos vamos – Se miraron entre sí, ninguno estaba de acuerdo al cien por cien, pero sabían que ese era el precio a pagar por la fama y lo aceptaban.

Al ingresar la habitación, esta se hacía enorme, se desplegaba por casi siete metros cuadrados. En el medio había una cama pequeña con un ropero antiguo al frente, al lado del ropero una mecedora con un payaso enorme sentado en ella. Ignacio lo observó de lejos, el payaso parecía seguirlo con la mirada, eso lo asustó, pero recordó que hay un efecto que usan los artistas cuando crean sus cuadros, en el cual parece que la persona en la pintura te sigue sin importar la dirección que vayas. Eso lo calmó un poco, sin embargo sentía algo raro sobre ese payaso, era como si él también tuviese la electricidad, el magnetismo que sintió al abrir la puerta.

Al otro extremo de la habitación había una ventana, Martin pensó que fue en esa donde vieron al animal moverse. También tenía una mampara solo que esta es más clara, alcanzaba a dilucidarse lo que había afuera.

Los chicos inconscientemente se separaron, Martin se dirigió hasta el payaso, la sensación que le causaba era similar al de un accidente de auto. Era un morbo que lo desbordaba, es como cuando ves un accidente en la ruta, sabes que lo que hay es horrible, sabes que te a dejar una huella en tu memoria, pero sin embargo desaceleras y pasas despacio para ver con más detenimiento la terrible escena.

Martin se acercó más al payaso, tuvo la sensación de que este casi podía oírlo respirar, media alrededor de un metro sesenta, su risa era diabólica y amenazadora. “Si se lo usaba para un acto en el circo, no debió ser muy popular”, pensó. Quería salir de ahí, pero algo lo retenía.

Ignacio salió hasta la ventana, miró el auto y deseó salir de allí cuanto antes, algo estaba a punto de pasar, entonces se agachó y tomó uno de los listones del piso de parque. Estaba medio podrido, pero sería útil para defenderse de las marionetas del piso inferior volvían a atacar.

Francisco fue a la cama y tuvo el impulso de mirar abajo. Encontró un cofre enorme, parecía un baúl usado para emigrar de Italia a Argentina en la segunda guerra mundial. Para su sorpresa estaba abierto.

La tapa profirió un rechinido cuando la abrió y cayó de espaldas al ver lo que encontró. Debajo de un lienzo muy fino, yacía una marioneta de una niña de no más de un metro veinte, y debajo de ella muchísimas hojas y recortes de periódicos.

Francisco la levantó, se le hizo muy pesada para ser una marioneta, le costó trabajo imaginarse como un tipo podría sostener una muñeca tan pesada sobre su regazo. La dejó sobre la cama.

A Ignacio le pareció que el aspecto de la muñeca era cadavérico, pero lo ignoro, sabía muy bien que todas las marionetas tenían ese aspecto.

Entonces Francisco comenzó a leer los recortes en vos alta:

– Chicos encontré recortes de diario de hace más de 40 años.

– Debe ser de la época en la que el circo era una eminencia. Léelos por favor, de acá te escucho.

“15 de marzo del 69: El circo sorpresa es galardonado con un premio internacional”

– No sabía que a los circos le daban premios – dijo Ignacio.

– Ellos eran el YouTube de antes, hacían payasadas para entretener a la gente.

Francisco sonrió por el comentario de Martin. – ¿Puedo seguir?

“El circo sorpresa es mundialmente conocido, gira internacional”

– Le iba bien enserio – agregó.

– Los recortes saltan del 69 al 74, es raro que no guardase los recortes de cinco años si tenía tanto éxito – Francisco elevó la mirada y vio que Martín estaba cada vez más cerca del payaso, mientras que Ignacio estaba a solo medio metro de él.

“Fracaso y ruina total para el circo Sorpresa”

La mirada se Francisco se heló y continuó leyendo lo que había debajo del encabezado.

“Murió la hija de Mauricio Llaver mientras que realizaba un acto para el circo”

– ¿Mauricio Llaver?

– Debe ser antiguo el dueño del circo.

Francisco pasó al próximo recorte:

“18 de agosto del 78 Capturan a Llaver, el propietario del circo Sorpresa por presunto robo de cadáveres”

Aparentemente el señor Llaver habría profanado la tumba de su hija en el cementerio de Buen Orden, haciéndose con el mismo. Esto es un golpe para el circo Sorpresa que levantaba cabeza después de una mala temporada.

Francisco observó a Ignacio asustado, ambos miraron sobre la cama y la conclusión cayó sobre ellos como un balde agua fría. La marioneta que parecía una niña y que estaba descansando sobre la cama, era la hija de Llaver.

– Nunca encontraron el cuerpo – afirmó Francisco luego de leer el recorte – Quedan dos mas – el primero lo leyó por encima, ya quería irse de ahí, el titular rezaba:

“Sigue la desaparición de niños en todo Mendoza”.

Ignacio le suplicaba a Francisco que se fueran, mientras que Martin, que por fin dejo de ver el grotesco payaso decidió levantarse y abrir el ropero. Encontró miles de hojas ordenadas y almacenadas con etiquetas, como si se tratase de alguna clase de descripción. Sacó la primera y leyó para sí mismo. “Día uno, matar al niño”, debajo de este explicaba un proceso detallado de cómo terminar con la vida del niño para que este al morir no sufriera y quedase listo para el segundo día de proceso. Martin se quedo sin palabras mientras  escuchaba a Francisco leer el último recorte de diario.

“15 de marzo del 80, El dueño del circo Sorpresa, Mauricio Llaver, se suicido en su habitación del hospital psiquiátrico del Sauce. Murió al morder su lengua con mucha fuerza, se trago un pedazo de misma y falleció ahogado en su sangre.

– Eso no tiene sentido – dijo Martin que no podía sacar las manos de los documentos que sostenía.

– ¿Por qué? – preguntó Ignacio.

– Es simple, si él murió. ¿Quién guardó ese recorte?

En ese momento, con la misma velocidad que un rayo golpea la tierra el payaso se levantó de la silla y apuñaló firmemente a Martin entre las costillas, mientras que caía al suelo, pudo ver como unos cordeles colgaban del techo.

La mueca asesina del payaso se giró hacia Francisco e Ignacio que no podían creer lo que estaban viviendo…

Continuará…