A vos, la gallega de mis flamencos

Revisando mil papeles donde escribo más de lo que hago y menos de lo que siento, me dí cuenta de que jamás escribí para vos; vos que fuiste la faceta más triste del amor, que fuiste más desencuentros que hermosas casualidades, la pitada más amarga de mi cigarrillo, la nota más baja de mi cursado.

Recordé que fuiste sonrisas de domingo por la tarde y llantos de eternos lunes por las noches, recordé como cambiaste mi mundo hasta convertirte en él, y mirando estos empolvados y ya borrosos recuerdos solo me queda reconocer tu esfuerzo para serlo todo, y el mío para que un día, ya no fueras nada.

Porque mientras intentabas volverte mi mundo, yo ya te había convertido en mi universo. Admiro hoy esa capacidad que teníamos ambos para olvidarlo todo con un beso, para borrar el dolor con un abrazo eterno. Pasábamos tanto tiempo soñando en convertirnos en algo intangible, que a fin de cuentas, siempre olvidábamos ser en ese instante.

Recordé nuestra despedida,  esa amarga desazón y arrepentimiento en largas y oscuras noches, luego por las mañanas, hacía su aparición triunfal la brecha que siempre nos separó, porque mientras uno pedía los fracasos con sal y tequila el otro se declaraba abstemio al alcohol y al sufrimiento. Porque mientras tu cortabas flores y las acariciabas hasta que ya no tenían más belleza que ofrecer, yo podaba feliz un sauce lleno de lágrimas de sabia y años, añorandoverlo la próxima primavera aún más alto.

Y así llenos de desencuentros fue que nos encontramos. Por allá, en un lejano octubre de un año que casi no recuerdo, cuándo tomando coraje me acerqué a vos, y de a poco fuimos pintando, este cuadro de Fridas y Diegos. Aún hoy me duele, al pensar que incansablemente luchábamos en ser iguales, creíamos que el amor se trataba de igualdad y pares. Dejamos de lado nuestra propia esencia hasta perder la identidad, y un día ya sin reconocernos, solo nos quedaba hacernos daño.

Sueño por las noches al mirar en el cielo eterno, observando las ilusiones y penas que me acompañan, añorando poder encontrarnos, después de tantas cosas vividas, poder ver una vez más tu rostro, oír tu canto como en aquellas noches de invierno, en las que me recitabas canciones de las cuales ya no puedo reconocer ni el autor, ni el destinatario. Quisiera poder ver de nuevo tus caderas, que siempre se movieron al compás de mis latidos, tus ojos color miel siempre rebalsados de tanta inocencia, y quizás hoy al verte con tus ropas donde sé que ocultas tus tristezas y añoranzas, quisiera que pudieras verme, con mi sonrisa donde guardo mis dolores y eternos suspiros de ausencia.

Poder decirnos cara a cara cuanto nos equivocamos, dejar que el viento, por fin, se lleve nuestros rencores, los que nos motivaron a cambiar tanto, los que te motivaron a ir al Sur y a mis pies al Norte, poder mirarnos a los ojos y de una vez por todas poder obsequiarnos al adiós que jamás nos dimos, para al fin llegar a casa, mirar el espejo y dejar de lamentar la imagen que nos muestra.

Creo que cambiamos demasiado, creo que nos guardamos demasiadas cosas, creo que aún me duele decir tu nombre Lucía, creo que estas líneas no van a ningún lado, sin embargo, no puedo dejar de escribirlas, mientras el whisky se añeja unos minutos a mi lado, solo puedo recordar tu sonrisa. Pienso e imagino, mil realidades donde nunca nos separamos, donde nunca nos dijimos cuanto nos odiábamos, donde por fin somos más de dos.

Se me agita el corazón al recordar como jugábamos en las tardes por el jardín, me provocabas y corrías deteniéndote a cada instante solo para dejarte alcanzar, y una vez que lograba atrapar tus cintura en mis manos, me besabas agitada y allí ibas una vez más, a correr bajo los columpios, me llamabas con la mano y te reías mirando al cielo, quisiera atraparte una vez más, y como antes abrazarte hasta que el viento nos enfríe el rostro y las manos, vayamos adentro, avivar el fuego de la estufa y que te duermas una vez más en mi pecho mientras murmuras alguno de tus flamencos preferidos.

Me toca beber el whisky más amargo del mes al escribir estas líneas, ojalá sigas sonriendo al sol de primavera, ojalá le permitas al viento de otoño recorrer tus largos rizos, ojalá tus caderas se muevan al compás de tus latidos, y aún te guste el flamenco, a vos mi primer amor, ojalá fluyas con el viento y rebosante de amor. Sé que lograrás lo que siempre soñaste, tu nombre recorrerá cada rincón del mundo. Y de modo muy egoísta espero que solo seas mi musa, y siempre mía, mi “gallega”.