Memorias de un bandoneón roto

Te escribí nueve canciones, setenta mil mensajes y cinco cuentos. Dibujé tu rostro en mis horas libres y guioné cada viernes por la noche a partir de tu cintura. Te soñé despierto y te abracé dormido. Diseñaste mi habitación, mis suspiros y mi columna vertebral. Me conocí mientras te conocía. Aprendimos que el romance no era otra cosa que la expresión artística del amor. Hicimos tríos con Bunbury y orgías con Johnny Cash. Fueron tus piernas el mejor recital de mi vida y tus orgasmos, mi sinfonía favorita. Me regalaste un capítulo del libro que leías y el último rincón de nuestro bar. Cristalizaste mi lagrimal y volaste mi cabeza. Fuiste mi groupie y yo tu fan. Escondí sobre tu ombligo la manera de hacerte enojar y aprendí donde tocarte para hacerte reír y llorar a la vez. Bailamos lentos en la concina después de desayunar, fuimos equilibristas de la pasión y la rutina. Aprendí que primero hay que sufrir y después amar, pero no entendí como partir y mucho menos como andar sin pensamiento. Fuimos, volvimos y nos volvimos a ir. Descubrí que el tiempo no existe cuando el insomnio te nombra. Logré sustituirte por momentos, incluso olvidarte durante algún viaje lisérgico. Pero sentí en la mañana siguiente, que ninguna resaca es peor que la emocional.

Tiré tus fotos, rompí tus cartas y al día siguiente las volví a buscar. Te bloqueé de mi Facebook y mi celular. Te llamé desde el fijo de casa y creé otro perfil solo para volverte a encontrar. Toqué borracho, sobrio y psicótico las puertas de tu casa. Grité tu nombre en la terraza, en el colectivo y en la plaza. Te llamé de nuevo a las tres, a las seis y a las diez de la mañana. Fuiste la sombra de cada una de mis amantes y la palabra errante por excelencia. Te vi con otro y viví con otra. Recordé que sabía cómo calmar tu pánico cuando el inverno me abofeteó. Me quedé quieto en movimiento; bailando, cogiendo, sintiendo, sin dejarte nunca de pensar. Me conformé con la comodidad de la tristeza y la insolencia de mi juventud. Poco a poco te dejé de pronunciar.

Vi tu cuerpo desnudo tantas veces como el mío y sin embargo ya no recuerdo tu anatomía, las rimas que te compuse me suenan desafinadas y mi backup borró intencionalmente todos tus textos. El masoquismo a veces golpea sobre mi abdomen para volverte a extrañar, pero no lo consigo. Intento pintarte dentro de mi imaginario pero todo se ensucia por mi olvido. Al final el tiempo existía y nos arrebató el cine, la ternura y la poesía. Por ser real, detestaste mi nostalgia sin saber que te convertirías en la mayor de mis melancolías. Ante la nada y el dolor, preferí el dolor. Pero ni el dolor es gratis en la vida.

No me quería olvidar de vos.