El sol del veinticinco viene asomando

Hay fechas que marcaron nuestra historia como el 25 de mayo de 1810 y que siempre las vamos a recordar, pero hay otras, que no tienen ninguna posibilidad que puedan ser tenidas en cuenta, quedando condenadas a cadena perpetua en la cárcel del olvido, siendo que no cometieron un delito y merecían un juicio justo a la espera de un nuevo veredicto. Ese día fue el 24 de mayo de 1810 en Mendoza.

Ese día… una niña en plena adolescencia, con toda la vida por delante y sacando fuerzas de donde no las tenía, le pedía a su padre y a su madre, que convocaran al escribano Cristóbal Barcala y algunos testigos, entre los que se encontraban Josef Obredor, Francisco García y Pedro Antonio Ramírez, para dictar un documento oficial que a todos los presentes conmovería. Manuela Suares, hija legítima y de legítimo matrimonio de Antonio Suares y María de las Nieves Videla, según texto original decía:

“Sin embargo de no tener que disponer cosa alguna en orden a las cosas que pertenecen al descargo de su conciencia, por hallarse apenas en la edad de 17 años y bajo la potestad de sus padres, sujetándose su ciega voluntad al arbitrio de éstos, y para obviar dudas que sobre el particular puedan suscitarse, hallándose gravemente enferma y en su entero juicio, otorga en la forma que más haya lugar en derecho, que da y confiere al citado Antonio Suares, su padre, tan amplio poder como es necesario, para que en su nombre y representando su persona, formalice y ordene dentro o fuera del término legal su última voluntad; determinando en todo a su arbitrio y como le pareciere, así en orden al hábito con que ha de amortajado mi cuerpo, dónde ha de ser sepultado, la forma de mi entierro y demás sufragios funerales; que todo lo aprueba como si ella misma estuviera en estado de determinarlo.”

Ante tamaña declaración y para sorpresa de los presentes, Manuela Suares había dictado y emitido su última voluntad, su valentía excedía lo impensado. No se conocían hasta aquel entonces referencias similares y los documentos oficiales resguardados en los Archivos Judiciales, no contenían registros de algún acto que equiparara tan nefasto preludio.

El escribano Barcala había perdido el aliento y necesitaba llenar sus pulmones con aire para recuperar nuevamente su voz, no tenía mucho para decir y a duras penas certificaba: “doy fe que conozco a Manuela Suares” que por no saber escribir y por la gravedad de su enfermedad no firmaría, y a ruego de los presentes, el testigo Obredor en su lugar lo haría.

En mi interior sabía que debía contar los sucesos históricos que ocurrirían al otro día, en pocas horas más, una fecha que opacaría cualquier conmemoración provincial y nacional, de las tantas que festejamos en el año. Debía olvidarme de Manuela Suares y proseguir, la había extirpado de su hábitat en un frío documento oficial y la había transcripto a un relato tibio y fugaz en una página digital, más no podía hacer.

Me embargó la culpa por tan corto sentimiento de mi parte, tenía una gran cantidad de información sobre los eventos de aquel 25 de mayo, desistí de seguir, debía encontrar la forma de incluirla a ella a la par de los sucesos que vendrían. Imaginé un puente invisible para sortear ese abismo entre dos hechos tan disimiles y unirlos en una sola frase. Ese 24 de mayo no sería un día más, ese 24 de mayo dos destinos diferentes: “una Niña en busca de la eternidad, una Nación en busca de la libertad”.

A partir de aquellas palabras había elevado a Manuela Suares al mismo nivel de nuestra Patria ¡ahora sí! mi corazón estaba en paz y aliviado de tan pesada carga. Debía acomodar mis apuntes para continuar con el relato, ya que el sol del veinticinco viene asomando y es hora de transcribir el Acuerdo firmado aquel día…

“En la Ciudad de la Santísima Trinidad, Puerto de Santa María de Buenos Aires, a 25 de Mayo de 1810; los Señores del Cabildo… los alcaldes Juan José de Lezica y Martín Gregorio Yaniz, los regidores Manuel Mancilla, Manuel José de Ocampo, Juan de Llano, Jaime Nadal y Guarda, Andrés Domínguez, Tomás Manuel de Anchorena y Santiago Gutiérrez, y el procurador Julián de Leiva; se enteraron de una representación que han hecho a este Cabildo un considerable número de vecinos y varios oficiales, por sí y a nombre del pueblo, indicando haber llegado a entender que la voluntad de éste resiste la Junta y Vocales que este Ayuntamiento se sirvió erigir, y publicar a consecuencia de las facultades que se le confirieron en el Cabildo abierto del 22 del corriente; y porque puede, habiendo reasumido la autoridad y facultades que confirió, y mediante la renuncia que ha hecho el Señor Presidente nombrado y demás Vocales, revocar y dar por de ningún valor la Junta erigida y anunciada con el Bando de ayer, 24 del corriente…”

Dejé de escribir, no lo podía creer… nuevamente aparecía el 24 de mayo en un documento oficial, pensé que había saldado esa deuda histórica con Manuela Suares, pero no fue así, entendí que mi relato debía cambiar de rumbo y dejar de lado la data que poseía de aquel veinticinco de mayo con la conformación de la Junta Gubernativa y al pueblo aclamando en la Plaza de Mayo, y regresar a la provincia de Mendoza.

Pero qué podría llegar a contar de aquella niña que era una perfecta desconocida y que como mucho tendría un par de documentos a su nombre, un acta de nacimiento en manos de su madre con copia en alguna Iglesia y el testamento en poder del escribano Barcala, tal vez o quizás, la historia médica en la que se explicaba la enfermedad que puso en riesgo de muerte a su vida, no más.

Mi mente en trance… trataba de encontrar una explicación mundana a aquellos pensamientos sobrenaturales que en mi se generaban, no podía verla a ella pero sentía en mi interior que algo reclamaba y que no le permitía descansar en paz. La frase a modo de pensamiento no había sido suficiente, aunque no creo en brujas, supe que era hora de confirmar o descartar una de las tantas leyendas urbanas que en nuestra ciudad pululan.

En la antigua Iglesia de los Jesuitas, hoy Ruinas de San Francisco, en una de sus torres había un reloj, testigo de un altercado entre el corregidor Juan Antonio de Ovalle y el vicario Francisco Correa de Saa, previo a la misa del 9 de marzo del año 1749. El Corregidor al ver que no comenzaba el oficio religioso y al escuchar el repique de campanas que indicaban las 10 de la mañana, se retiró de la Iglesia Matriz y cruzó a la Iglesia de San Agustín; el cura fue reprendido por impuntual y el reloj de los Jesuitas se detuvo y dejó de funcionar.

Siempre se dijo que aquellos sucesos fueron obra del Diablo, tal vez sea el motivo por el cual los mendocinos llegamos tarde a todos lados. Me fui a la plaza Pedro del Castillo con un reloj de mano muy antiguo que estaba descompuesto, puse las manecillas a las 10 de la mañana; a su vez llevaba mi reloj y al llegar a la hora 10 los introduje en una caja en la que había una cruz negra; el reloj antiguo comenzó a funcionar y mi reloj se detuvo por completo. Escucho mi nombre de una voz que provenía de las Ruinas, me acerqué al lugar y bajé por unas escaleras a una bóveda.

Una vez dentro, el Diablo y el Tiempo, eran personas y así se presentaban. Sabían el motivo por el cuál los había invocado y no se anduvieron con rodeos. Pactamos un juego, me dieron la posibilidad de elegirlo y con quién jugarlo, no lo dudé, una sola mano al truco y a Dios por compañero. Antes de empezar impusieron las reglas y las correspondientes apuestas; si ellos ganaban reclamarían el alma de la niña como premio, si ellos perdían elegiríamos una fecha en el calendario con la idea de retroceder en el tiempo.

Comenzó la partida… envido y truco gritó el Diablo, Dios miró sus cartas y se escuchó un paso el primero y quiero el segundo; miré las mías y me vi con el uno de espadas, supe que el Barba tenía algo, no sabía mentir se le notaba en la mirada. Dios me miró y me guiñó un ojo, tenía el macho de basto y lo estampó en la primera mano, yo clavé el ancho de espada en la segunda. Partido liquidado a llorar al Calvario.

El Tiempo debía pagar su apuesta con una fecha, habíamos salvado el alma de Manuela Suares de las flamas. Supe en mi interior que debía elegir el 24 de mayo de 1810 y encontrarme con la niña para escuchar su reclamo, Dios arrebató de mis manos el calendario y señaló el 23 de mayo de 1815, no dijo más nada y desapareció de la misma forma en que había llegado.

Pensé que Dios me iba a transportar al pasado, estuve parado en el lugar un rato y nada de nada, todo a mi alrededor seguía igual. No existía una máquina creada por un ser humano que pudiera hacerme retroceder hasta aquel día, aunque, tenía la posibilidad de volver en el tiempo y de una forma muy sencilla, me dirigí a mi biblioteca y de un viejo cuaderno obtuve los sucesos de aquel año.

La fecha no me era para nada familiar, no la tenía presente y después de un visteo rápido logré visualizarla, al ampliar el tema descubrí que eran una orden dada por José de San Martín, en la que había dispuesto cómo se llevaría a cabo el cumpleaños número de cinco de nuestra Patria en Mendoza:

“El conocido Patriotismo de este virtuoso vecindario, no necesita recordar las demostraciones con que debe celebrar el aniversario de nuestra Regeneración Política, pero para que todos se informen de nuestro regocijo mando lo siguiente:

1º) Que los días 24, 25 y 26 por la noche, haya una iluminación general.

2º) Al salir el sol del día grande de la América, se saludará con salva, y se manifestarán en Cabildo las Armas de la Patria, haciéndose un repique oral.

3º) Se convida a este noble vecindario para que asista a la función de Iglesia en este memorable día, lo mismo que a las Corporaciones y Comunidades Religiosas.

4º) Que todo individuo guarde el mejor orden y armonía como no lo dudo lo verificarán en las diversiones que el Muy Ilustre Cabildo les prepara.

5º) Que siendo tiempo de gracias, se levanta la orden que se dio a los Europeos Españoles para no poder salir de su casa después de las diez de la noche, deseando este Gobierno gocen del fruto de la libertad que participamos los Americanos, y sean testigos de nuestra felicidad y unión.”

Otra vez aparecía el 24 de mayo en un documento oficial, supuse que era una nueva señal que enviaba la niña, con la diferencia que ahora quedaba claro el mensaje, el reclamo era contra su propio destino por haberle arrebatado la vida y el sueño de conmemorar los festejos de un 25 de mayo y de ser parte de una Nación libre y soberana.

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