El odio y la rabia hacían hincapié; y se agigantaban a cada minuto mientras Joaquín iba en su vehículo a la casa de Darío, el muchacho quien según su mejor amiga Luz, era su novio de la infancia.

Por primera vez en su carrera, el fiscal Galarte tenía problemas para controlar la ira, quería tomar al chico por el cuello de la remera y lanzarlo contra una pared. Partirle la cabeza y qué los sesos se desparramarán por el suelo.

“Como puede ser que exista gente tan hija de puta, este asesino la va pagar, no va a salir hasta que sea un viejo choto que no pueda valerse por sus medios”, pensaba mientras conducía.

Se desvió a la residencia de Diario, entró en un barrio demasiado humilde, de calles de tierra donde la mayoría de las casas eran de ladrillos vistos y los grafitis inundaban las paredes que separaban la propiedad privada del espacio público. Avanzó un par de calles, pronto se percató que era normal en ese lugar ver a muchachos de solo 15 o 16 años cuándo mucho, beber en las esquinas. Dobló en la intercepción de Concepción y Garibaldi, y llegó. Se detuvo delante de una pequeña casa, algo descuidada, pero a simple vista se veía mucho mejor que el resto de las casas del barrio. El fiscal se bajó de su vehiculó y camino a la pequeña entrada donde residía Darío.

Golpeó a la puerta y el padre de Darío, Gregorio López, salió primero.

—Se puede saber, ¿quién mierda es usted? —dijo el hombre con rotunda violencia en su voz.

Joaquín sonrió de costado, como si una broma le cayera mal y le respondió: —Soy el fiscal Joaquín Galarte —dijo mostrándole una identificación.

—Sé quién es, la cara de rata lo vende. Los policías no son muy bienvenidos en este barrio.

—No me diga —respondió irónicamente—. He venido a entrevistar a su hijo.

— ¿Por qué si se pude saber?

—Él es el único sospechoso por la muerte de Johana Ruiz, la chica que era u novia.

—Supuse que iba a venir alguien por lo que pasó —suspiró demostrando un aire de tristeza —usted no puede hablar con él porque no tiene un abogado presente.

—Mire don López, puedo hacer esto por las buenas o por las malas, él puede acompañarme por voluntad propia, o en un rato van a venir policías con orden de detención. Hace falta que le diga los pros y las contras, ¿o es usted medio boludo?

Gregorio suspiró enardecido, sus ojos se enrojecieron, era evidente que estaba a punto de golpear al fiscal.

—No hay problema papa —una voz resonó en el interior de la vivienda—. Lo voy a acompañar, no tengo nada que ocultar.

Joaquín sonrió con cinismo, deseaba golpearlo en la cara— bueno vamos entonces.

—No, él va a ir a la comisaria, pero yo lo voy a llevar y no va a declarar hasta que hable primero con un abogado.

Los roles cambiaron, ahora parecía que el imbécil era Joaquín y no don Gregorio— como quieran —dijo el fiscal— y se dirigió a su auto a la espera de que Darío y Gregorio lo siguieran a la comisaria.

Después de un par de horas de asesoría, Darío estaba dispuesto a hablar. Un abogado muy anciano y por lo tanto con mucha experiencia, se encontraba sentado a la derecha del chico, su rostro era serio e impetuoso, parecía una cara tallada en piedra, no reflejaba ni la más mínima expresión.

—Bueno Darío —el fiscal dio comienzo a la declaración, colocando una grabadora sobre la mesa, que puso nervioso al muchacho acusado de asesinato. —Sos el único sospechoso en el caso de Johana Ruiz. ¿Sabes porque se te considera el único sospechoso?

—No puede hacer preguntas capcionas —se apresuró a decir el abogado— no les respondas.

—Estas bien, mala mía. Sos el único sospechoso, porque varios allegados a Johana, confirmaron que eras su novio. ¿Es eso cierto?

Darío miro a su abogado, este asintió, entonces el muchacho respondió—: Si, yo fui su novio.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Es difícil decirlo, creo que desde los 5 o 6 años más o menos.

—¿Cómo te pusiste cuando te enteraste que falleció?

—No respondas Darío, esa pregunta no tiene nada que ver con el asesinato.

—Me puse muy triste, falté dos días a la escuela, no quería llegar y no verla ahí. Hace casi un mes que estábamos separados.

—¿Por qué se separaron?

Una lagrima se deslizó por la mejilla de Darío— ella me engaño con otro tipo, creo que su mejor amigo, se llama Sergio, según lo que él dice es homosexual, pero para mí es mentira. Él pasaba más tiempo con Johana que yo. Comenzó a portase muy raro, no dejaba su teléfono cerca mío y si empre que llegaba un mensaje, lo escondía o no lo sacaba de su bolsillo en todo el tiempo qué estaba con ella. Esperé a que se descuidara y se lo saqué. Tenía más de mil mensajes con un número agendado como Silvina, en realidad era un hombre con el que se enviaba mensajes eróticos, sospecho que era Sergio. Se lo planteé y me dejó, a pesar que le dije que la perdonaba, ella me dijo que no quería a estar más conmigo y que estaba buscando el momento para decírmelo y dejarme.

Joaquín sintió que un balde de agua fría caía sobre su cabeza, conoció una faceta de Johana que creía imposible en ella. —¿Cómo te enteraste que falleció?

—Lo vi en el Facebook cuando su mejor amiga lo público. Después fui a su casa y me encontré con que no había nadie. Le pregunté a los vecinos y me dijeron que ella se había suicidado.

—¿Dónde estuviste el lunes en la noche?

—Jugando a la pelota con amigos desde las 18 hasta las 22, después d jugar nos quedamos a comer un asado.

Joaquín miro desaminado al abogado— ¿le molestaría que el médico forense le saque una muestra ADN para que quede libre de sospechas?

—¿Cree que no fue él? —preguntó el abogado.

—Creo que no, solo quiero descartarlo definitivamente como sospechoso.

—Si él no tiene problema no veo porque no.

Darío consintió hacer el test de ADN, el cual dio como resultado negativo. Otra vez el fiscal se encontraba con pocas pistas y sin un sospechoso clave, excepto por Sergio, él amanerado amigo de Johana.

El día siguiente al interrogatorio de Darío se celebró el velorio de Johana. El cual fue a cajón cerrado, debido a las dos autopsias y a los días trascurridos desde su fallecimiento.

Joaquín esperaba fuera la llegada de Sergio, que no se presentó al funeral, “eso lo hace más sospechoso”, pensó.

El cuerpo fue llevado en la tarde al cementerio, donde un mar de personas, incluyendo toda la escuela fue a despedir el cuerpo de Johana. Joaquín acompañó a Carlos durante todo el trayecto. El fiscal se quedó después que todos se fueron. Cuando faltaban solo diez minutos para que el cementerio cerrara, Sergio se hizo presente en la tumba de su amiga con una rosa en sus manos, se agachó para dejarla sobra la tierra recién removida, cuando Joaquín se acercó detrás de él y lo asustó al llamarlo por su nombre.

—Sergio Morales, soy el fiscal Joaquín Galarte, ¿puedo hacerte unas preguntas sobre Johana?

Continuará…

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