La noche destilaba sus últimos ardores… El verano comenzaba a partir entre la brisa del otoño y la leve caída de las hojas de los árboles que rodeaban el campamento.

Los carros, repletos de vida e historias, descansaban ocultos bajo las frondosos árboles…  a lo lejos asoma el calor y color de un fogón.

La música guía mis pasos. Veo mis pies descalzos asomar tímidamente entre la hierba verde del suelo y mi pollera larga, repleta de rosas… la suave tela del vestido marca mis piernas, mientras mis pasos firmes y seguros, se dirigen al centro del campamento. Una traviesa gota de rocío, cae sobre mi hombro izquierdo, acariciándolo, mis uñas largas pintadas en rojo (ese rojo pasión, que mi padre tanto censuraba) apagan esa leve gota de rocío, como alguna vez, apagaron mis lágrimas.

Las risas comenzaban a mermar ante mi presencia, algunos cuchilleos, algunas reprobaciones, miradas dispares, censuras silenciosas, se posan sobre mí.

Me acerco al fogón, repleto de mis hermanos, de ese pueblo nómade sin tierra, sin tiempo, sin más propiedad que sus cantos, su música, sus colores, y su libertad.

Algunas mujeres se alejan a cada paso que realizo, mientras mi cabeza gacha, esconde mi sonrisa atrevida entre mis largos cabellos negros repletos de grandes ondas como el mar.

Un violín, entona una leve melodía, triste y risueña. Conociendo el creador de ese sonido, levanto mi mirada que termina por perderse en los expresivos y negros ojos de Bavol… Bavol, ese hombre silencioso que volvió de la ciudad, repleto de perfumes y telas con rosas que dejo a los pies de mi carreta en señal de amor…

No puedo evitar dedicarle una sonrisa, mientras continua mirándome fijamente, mientras su cuerpo se balancea a la par de su ritmo, el mismo ritmo que comienza a subir por mis pies, acelerando mi corazón, aumentando los latidos, mientras mi respiración agitada me señala que el amor esta asomando salvaje entre los pliegues de mi corazón.

Bavol susurra mi nombre… puedo leer en sus labios mi nombre prohibido, ese nombre maldito que herede de la belleza de mi madre. “Choomia…”. Mi madre, dicen, fue la mujer más hermosa del campamento años atrás. Mi padre, me contaba sumido en sus borracheras, mientras lloraba su ausencia, que decía que mi belleza haría que los hombres se enamoraran de mí con solo un beso. Eso soy, Choomia, un beso, el beso maldito de cualquier hombre. Soy consciente de lo que poseo, y también de lo que genero.

Mientras los jóvenes seguían haciendo música, no pude evitar posarme delante de ellos, mirando fijamente a Bavol. Entonces, como quien gobierna la atmosfera de lo imposible, comencé a danzar.

Mi cuerpo se contoneaba a la par del ritmo, mis cabellos como cobras encantadas bogaban su propio ritmo, mientras mis caderas se mecían atrevidas, a la par que mis brazos no dejaban espacio sin conquistar…

Bavol, hipnotizado ante mi descaro… no dejaba espacio de mi cuerpo sin recorrer…

La música cesó sin aviso. Levantando mi mirada, veo al pueblo, observándome en un silencio desaprobador. Veo en los ojos de Bavol, el dolor afónico de quien ama un imposible, repleto de lágrimas, baja su rostro, mientras sumiso, se retira sujeto por los brazos de su padre.

Furiosa contoneo en un paso rápido mi cadera, latigando la punta de mi pollera, que como una cobra endemoniada, refleja mi dolor. Sin dudar, me alejo del fogón, con la cabeza erguida, mientras las últimas lágrimas de amor, se esfuman con la brisa de la noche.

Me pierdo entre las sombras de los árboles, mientras mi pecho, henchido de tristezas y silencios, vibraba bajo el descontrol del tambor de mi corazón.

Enojada conmigo misma, me acerco al río que en furiosa correntia, mostraba su poderío ante mi desespero. Mirando al cielo despejado las estrellas brillaban más que nunca, como si fuera la última noche que brillarían, en una despedida inusual.

Abriendo mis brazos, regalo al aire un abrazo que jamás recibiré… es entonces que siento una mano fuerte sujetar mi boca, mientras el frio metálico de una daga, traspasa mi blusa de rosas, perfumada con jazmines de un campo lejano a mi memoria… impulsada por el dolor, caigo a las aguas violentas del rio, que bajo el brillo soberbio de la luna , me demuestra el teñido rojo de las aguas, mientras desde el fondo del rio, una mujer vestida como una reina en oro, me recibe con una sonrisa maternal, sujetando en su mano un espejo, donde puedo verme abrazada a Bavol…

Escrito por Leticia Gaete para la sección:

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