Putos éramos los de antes

El mundo ha evolucionado e, indefectiblemente, por una cuestión global, Mendoza ha tenido la misma suerte. Aún sin que fuese el deseo de sus oxidadas estructuras, su derechosa forma de vida y su decrépito conservadurismo. Si señores… Mendoza también ha evolucionado y ha entendido que lo que sos, no se mide por lo que hagas o dejes de hacer con tus partes íntimas.

Pero esto no fue siempre así… la vida no fue siempre tan fácil, desinhibida y desatada. Había una época en que manifestar tu elección sexual no era “moco de pavo”. Desde el momento que te hacías consciente de que no sentías ningún tipo de atracción hacia el sexo opuesto y te enrojecías de placer cuando te rozaba algún chico, comenzaba una difícil y casi imposible misión en tu vida. Muchos intentábamos ocultar nuestro verdadero gusto probando con mujeres, haciéndonos los novios o amantes, terminando siempre en relaciones monótonas más parecidas a una excelente amistad que a un noviazgo.

Ser homosexual en la Mendoza de los 80 y los 90 era una tarea de machos, había que bancarse la insistencia de tus viejos llevándote a jugar al fútbol o a hacer karate, las avasallantes preguntas de las tías de “¿para cuándo una novia el nene?”, el ahínco de nono en que te decidieras por Ford o Chevrolet o que te pases un verano en la finca ayudándolo a cosechar. Ir al colegio era una tortura, entre los malabares que tenías que hacer para no mirar con lujuria los festejos de tus compañeros al hacer un gol y el bullying que podía ocasionar que se blanquease tu situación. Si hasta los maestros hablaban de una forma déspota de “la adolescencia de hoy y los raritos”, como solían llamarnos.

La presencia de la iglesia era una tortura. Casi todos hacíamos la confirmación, luego de haber hecho la comunión. Ahí, al peligro de que sepan lo que te gustaba, se le sumaba la mirada de un Dios inquisidor, que había castigado a los homosexuales en la Biblia y que nos hacía pecadores furtivos.

La facultad era todo un tema, el impacto de salir del secundario e ingresar en tu futuro no chocaba tanto como la ausencia de mujeres hasta el momento. Cuando los grupos de amigos comenzaban a contar sobre el momento en el que perdieron la virginidad, teníamos que desplegar una batería de mentiras galopantes, ocultando cómo había sido nuestra primera vez (si es que había existido) o cómo en realidad nos gustaría que fuese. Tu viejo te regalaba preservativos con aire picarón, pero se le notaba en los ojos la preocupación… y eso nos hacía mierda. La mamá bancaba en silencio… aunque tampoco le gustaba.

Ser gay era pecado, era una abominación, incluso la ciencia lo consideraba como una degeneración. Pensar en ir de la mano con otro tipo por la peatonal era similar a soñar con volar o con mover cosas con la mente, darse un beso en la calle… bue… eso era parecido a un milagro o un apocalipsis.

Encontrar lugares donde divertirnos era toda una aventura, había encuentros muy secretos, fiestas muy privadas, eventos totalmente under, que solo un pequeño grupo conocía. Y entrar a ese lugar era extremadamente difícil o peligrosos, lugares de “giro” en el parque o en la calle Mitre y Espejo. Lo “top” era como una logia secreta, como una cofradía. Y ahí había de todo, empresarios, políticos, deportistas, padres de familias “bien”, gente de la iglesia… de todo. Era peligroso, adrenalina pura, detrás de una complicada red de logística y mentiras para que no se enterase ni la familia, ni los amigos. Luego se popularizaron boliches como Estación Miró principalmente para los travestis, Queen para el público gay y La Reserva un toque orientado para las lesbianas, aunque toda la comunidad recorría ese circuito semana a semana.

No había acceso a internet, ni tampoco información clara. El fantasma del sida era un anochecer que nos atormentaba la salud. Muchos cogíamos sin forro porque creíamos que eran solo para no tener hijos, contrayendo enfermedades venéreas que se hacían un karma tratar. Se le sumaba las mentiras a los médicos y enfermeros.

Ni siquiera los gays famosos, como Canci, se animaban a mostrarse sexualmente libres. Y fueron las hermosas chicas travestis quienes fueron las que dieron el primer paso en presentarse a la sociedad de día y de noche, sin tapujos: Quetas, la Turca (que fue la primera reina de la vendimia gay), Susana Del Moro (QEPD, ex dueña de Estación Miró) y Juana Herzigova (también ex reina).

Por todo esto, “salir del closet”, era una cuestión arriesgada, extremadamente compleja y difícil. Y así muchos morían “héteros”, sin haber podido disfrutar libremente de su sexualidad, sumidos en la más terrible depresión, miedo y vergüenza.

Hoy, gracias a la vida, el mundo ha progresado. Ser gay incluso hasta está de moda. Hoy un gay divertido alegra los canales, suena mejor en la radio, escribe notas más intensas, le da color a un programa, embellece a una banda de música y genera sensación de inclusión en las empresas. Hoy los niños crecen sin miedos a contar qué les gusta sexualmente hablando y no miden la integridad de una persona por sus gustos. Hoy la bisexualidad y homosexualidad son moneda corriente en cualquier círculo social, incluso en los más ortodoxos y recalcitrantes.

Hoy es fácil, pero putos… putos éramos lo de antes.

Escrito por Ricardo para la sección: