Morcilla de caballo

Lo que la oruga llama el fin, el resto del mundo le llama mariposa.
Lao Tzu

Se relamió los labios secos y áridos, y dijo en un susurro: morcillas se pueden hacer con cualquier cosa que tenga sangre…

Le hablaba a su fiel partenaire: la soledad que apuñalaba con amor y dulzura a cada latido de su corazón. Su voz rebotó en el universo y luego colapsó en la alacena en donde guardaba las especias y las copas de cristal.

El filo del cuchillo picaba la cebolla de verdeo en rodajas pequeñas, uniformes y perfectas.

El hombre se dirigió hacia la mesa, sobre ella estaba el cadáver del caballo, un alazán. Las patas del mueble lo sostenían a duras penas, crujían amenazando con derrumbarse a cada momento. Los ojos del equino reflejaban lo último que vio antes de morir: la calle de tierra con cañaverales a sus costados, el sol seco sobre el horizonte partido, sus gotas de sudor mezclándose con el polvo y de golpe el negro eterno.

El hombre lo encontró en una calle ciega, agonizando por haber vivido tanto; esperó que muriera y lo metió en su bolsillo trasero, junto con el pañuelo y las llaves de su casa.

Con una habilidad dictada por años de oficio cercenó el cuello del animal con un gran tajo y le introdujo un  catéter con una manguera transparente que iba a dar a un gran balde de metal.

La sangre comenzó a circular por el tubo lentamente, como un río por la noche con la luna reflejada en su panza.

Él arremangó su camisa y se puso a revolver con su mano la sangre que iba a dar al recipiente. Lo hacía lento, parsimonioso, con cada giro de su brazo parecía que el placer que sentía aumentaba. Miraba el remolino formado por el movimiento y le pareció que la estela que dejaba su brazo era sagrada, pura por el amor que le dedicaba.

Con satisfacción notó que no se había coagulado.

Cuando dejó de salir sangre por el tubo se dispuso a destazar a la bestia; cortaría su cabeza y sus patas y las herviría con mucha sal. Buscó el ají molido, la pimienta blanca y la cebolla picada.

Tenía todo listo.

Sacó su lanzallamas y puso el agua a punto de ebullición, quemó un poco las cortinas y la puerta de la heladera pero no se preocupó, siempre le pasaba.

Lo faenó con paciencia, con una dedicación quirúrgica, con un amor inconmensurable; primero las vísceras, que cayeron al piso en un orgasmo orgánico, después el cuero. Lo trozó por las articulaciones, le sacó la poca grasa que tenía. Quedó la osamenta pelada.

El hombre, un poco cansado, decidió que era tiempo de parar. Salió al patio y junto a la madreselva, entre los malvones, se armó un cigarro. Las hebras finas de tabaco gritaban mientras caían sobre el papel que se creía seda, una mosca quedó atrapada en el cigarrillo, de puro distraída.

Él arrojaba el humo contra la luz del sol y las volutas formaban paisajes de otros mundos en el aire tibio del atardecer.

Tiró la colilla en el piso de tierra y brotó una flor verde y amarilla. Ésta se puso a mirar el celaje que explotaba en rojos y fucsias, quizás algún azul.

Con un suspiro el hombre se dispuso a continuar el trabajo, según sus cálculos le quedaban poca labor, tenía casi todo listo.

Al entrar a la cocina lo recibió una catarata de mariposas mal gestadas, se abrió paso como pudo a través de la maraña de alas para ser golpeado por una lluvia tropical con gotas de plata. Empapado, se tomó un tiempo para seguir avanzando; conjeturó que esos eventos no eran para retrasarlo, eran más bien una especie de epifanía sobre un evento casi maravilloso y mágicamente mentiroso.

Dio un par de pasos hasta llegar al lado de la heladera, en ese sitio la actividad era nula. Se sacó un par de mariposas de la boca y entonces lo vio.

El esqueleto del jaco estaba parado sobre la mesa. Brioso, vital y con el agregado de un par de alas que crecían suavemente, como la flor del jardín que miraba el crepúsculo. De a poco los huesos se fueron rellenando con venas, arterias, órganos y músculos. El ser corcoveaba y bufaba. El pelaje le creció de golpe.

Fue un caballo completo nuevamente, con el agregado de esas alas blancas, espumosas y que tenían el espanto del que ve al mundo por primera vez.

Al hombre le dieron ganas de fumarse otro cigarrillo, aunque el gusto del que había fumado antes le llenaba con su sabor la boca.

El ahora pegaso salió volando, se confundió por unos segundos con las mariposas rezagadas y se escapó por la hendija de la ventana.

Entonces el hombre decidió nunca más hacer morcillas de caballo, las haría de chancho, por lo menos a estos no les salen alas y se van volando.