Ya había transcurrido un mes desde el homicidio de Johana y el fiscal Galarte no tenía sospechosos, las pruebas de ADN descartaron a Darío Lopez y a Sergio Morales.

Como si fuera poco el dolor de cabeza y el vicio del cigarrillo se había vuelto algo espantoso, no podía pasar más de diez minutos sin fumar, se estaba consumiendo así mismo. Sin embargo, lo peor de todo eran las terribles jaquecas que no lo dejaban dormir, se sentía como si estuviese florando en una tormenta eléctrica, donde cada rayo impactaba sobre él como un recuerdo que quería olvidar.

No podía creer todas las cosas que descubrió de Johana, aun así, él la seguía queriendo.

Ese día, volviendo de su oficina, Joaquín llegó a su casa y vio que su amigo Carlos se estaba yendo. Juntó sus cosas en una mochila, como lo hizo cuando decidió irse de la casa donde falleció su hija.

Estaba sentado en la entrada, esperando la llegada de Joaquín. El fiscal apenas lo vio se dio cuenta que su amigo planeaba marcharse.

—¿Estás seguro, Carlos? —preguntó un poco triste.

—Sí, Joaco, muy seguro, ya paso más de un mes, tengo que volver y enfrentar la soledad. Ya lloré todo lo que lo que tenía que llorar, aunque estoy seguro de que voy a llorar cuando llegue y vea su pieza, sus cosas —los ojos de Carlos estaban a punto de desprender una lágrima. Es la vida Joaco —suspiró intentando sonreír.

—¿Queres que te acompañe y me quede un rato con vos?

—Dale, después de todo, he sido más que un inquilino en tu casa.

El viaje a la casa de Carlos fue triste, similar al día del entierro. Joaquín sentía un poco de vergüenza por no haber podido atrapar al asesino, pero mantenía la esperanza de atraparlo algún día.

Entraron a la casa, observaron la viga donde habían ahorcado a Johana y ambos sintieron un vacío en el pecho, fue como si el mundo se terminara y ellos fueran las últimas personas sobre la tierra.

Bebieron café y conversaron sobre los tiempos de su juventud, intentado olvidar el amargo recuerdo de Johana meciéndose en la viga. Hablaron de mujeres, la universidad, etc.

Entonces Joaquín comenzó a prestarle atención a la habitación de Johana y se dio cuenta que se veía desordenada, no estaba de la misma forma que él la recordaba. Se levantó de la silla y se movió velozmente hasta la habitación. Encontró un mínimo desorden, es decir, pequeñas cosas cambiadas de lugar.

—¿Vinieron peritos después a indagar? —preguntó Joaquín alterado.

—No, yo pensé que vos llevabas el seguimiento de los procedimientos.

—Por eso te digo, yo no ordene nada, alguien ha estado acá adentro buscando algo y no ordenó del todo antes de irse.

—¿Quién pudo haber sido?

—El mismo que la mató y casualmente tiene una llave de la casa. —Joaquín giró sobre sí mismo— le has dado una copia a alguien.

—No a nadie, solo yo he venido con Menendez muy pocas veces para ventilar la casa, pero no he soportado más de diez minutos aquí dentro.

—Lo importante no es, quién entro; ¿si no qué buscaba o de qué se olvidó? Mira, Carlos, tu hija conocía a quien la mato, lo más probable es que ella lo dejase entrar o que el asesino, viendo esto, tenga su propia llave, ¿me entendés?

—Si —Carlos se encontraba al borde del llanto. – No me imagino quién pudo haber sido.

Joaquín suspiró profundamente, deseaba fumar un paquete completo de cigarrillos. —Revise su teléfono y redes sociales; no hay ningún indicio, nada, que diga quién pudo haber sido el asesino.

—Ella tenía un diario íntimo Joaquín, yo se lo guardaba porque ella tenía miedo que se le perdiera, siempre lo extraviaba, en la escuela, en la casa; en cualquier lugar.

—¿Lo tenes acá?

Carlos asintió y se fue caminando hasta su habitación, Joaquín pudo escuchar como abría con llave un cajón o una puerta, y volvió con libro bastante grande color rosa.

Joaquín lo tomó en sus manos y comenzó a leerlo, el libro tenía datos desde hacía dos años. Lo ojeó rápidamente y se detuvo en una página. —Te voy a pedir que vuelvas a mi casa, esto es evidencia, tengo que estudiarla ahora.

Una hora después Carlos estaba otra vez en la casa de Joaquín y el fiscal junto al juez Santibáñez, estaban en el despacho leyendo las últimas páginas que Johana llenó en vida.

Fue muy simple a decir la verdad, en el diario no era tan reservada, allí estaba escrito el nombre y el apellido del amante mayor con el que ella estaba a punto de tener un hijo. Era como si ella hubiese vuelto de la muerte para contarle a Joaquín quien había sido su asesino.

El juez Santibáñez firmo una orden de arresto. Él, Joaquín y dos oficiales se subieron a un móvil policial y condujeron hasta la casa del asesino…

(Bueno queridos lectores, sin han llegado hasta aquí en la historia les quiero agradecer por tomarse el tiempo para leer este cuento, pero bien, sólo quiero darles una ayuda de memoria sobre las pistas y hechos ocurridos, para ver si fueron capaces de determinar quién fue el asesino:

Primero, Johana conocía al que la mato, segundo, por la marca en el cuello, el fiscal pudo determinar que el tipo era un hombre casado, tercero, las huellas dactilares y de calzado que se encontraron en el domicilio, eran de los policías que estaban en la escena del crimen.

Espero que estos datos les sean útiles. Ahora a continuar con la historia.)

—Se detuvieron frente a la casa de Carlos y como Joaquín lo sospechó, no pasó mucho tiempo para que el oficial Menendez saliera de su casa.

—¿Qué pasó Galarte? —lo prepoteó el oficial.

—¿Qué paso? —respondió irónicamente— que Johana tenía diario íntimo, un diario que vos fuiste a buscar y no encontraste, acá ella especifica que vos eras el amante. La mataste porque no querías perder a tu familia y lo más probable es que ella hubiese querido conservar al bebe y decirle a tu esposa que la engañabas.

—No, estás equivocado —el oficial comenzaba a demostrar signos que estaba perdiendo la paciencia.

—El ADN encontrado no coincidió con los dos primeros sospechosos, no habían huellas que no fueran mías o de la policía, y ahora que lo pienso bien, vos sabes muy bien como encubrir un asesinato. Pero lo que te hace sospechoso es que ella viene escribiendo sobre vos hace más de un año, en el diario intimo. Te amaba, pero te tenía miedo, era como si sospechase que algún día la ibas a matar, por eso el diario no estaba en su habitación. Ella le pidió a Carlos que lo guardara.

Menendez intentó atacar a Joaquín, pero fue en vano, apenas osciló a moverse los oficiales o aprendieron y lo redujeron.

***

Once meses después, en el primer aniversario de la muerte de Johana, Carlos y Joaquín estaban frente a la tumba.

—¿Pensaste qué se te podía escapar?

—Si —respondió Joaquín. —Pero por suerte mencionaste el diario, ahí estaba todo.

—No puedo creer que me ocultara algo así.

—No importa lo que haya hecho, lo importante es lo que ella significaba para nosotros.

—¿Cuántos años le van a dar?

—Cadena perpetua.

Carlos suspiro y junto a Joaquín, se dieron la vuelta y salieron del cementerio caminando juntos. Dos amigos que estarán unidos en resto de sus vidas.

FIN

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