El velorio de doña Lidia

  •  
  •  
  •  
  • 48
  •  
  •  
    48
    Shares

La familia Sandoval era una familia rara, atípica, muy extraña incluso para sus más allegados. El padre de familia, don Jerónimo, era un tipo muy respetado y conocido en el pueblo. Sin embargo, nadie hubiese sido nunca capaz de imaginar lo que don Jerónimo fue capaz de hacer.

Una noche de sábado, en pleno verano, los hijos del matrimonio de fueron a bailar, lo que les dejó la casa para ellos solos toda la noche. Hacía muchos años que Jerónimo y Lidia vivían en esa casa separados, eran solo una pantalla para la sociedad. Pero esa noche algo terrible iba a ocurrir. Jerónimo volvió muy borracho de la cantina, se sentó en la punta de mesa, abrió una damajuana de vino y se sirvió un vaso puro. Mientras bebía y bebía, vió que su esposa dormida, en la cama matrimonial, se había destapado por el calor que azotaba a la comunidad.

Jerónimo tomó otro trago, juntó coraje y mientras se dirigía a la habitación comenzó a desvestirse. Se acostó sobre Lidia y comenzó a besarla fervientemente. Entonces ella despertó.

—¡¿Pero qué hace?!— gritó Lidia asustada, entonces Jerónimo le tapó la boca mientras intentaba penetrarla.

Lidia luchó con todas sus fuerzas, pero no podía zafarse, esto impactó en la erección de Jerónimo. Poco a poco fue bajando hasta que desapareció. Se centró más en el forcejeo que en la penetración.

Cuando se dió cuenta que la había perdido al todo, tomó la almohada que Lidia usaba para dormir y la colocó sobre la cara de su esposa. Comenzó a presionar y a presionar, Lidia soltaba sollozos e intentaba escapar, pero se le era imposible, puedo evitar la violación, pero cada vez su cuerpo se cansaba más por la falta de oxígeno y eventualmente dejó de pelear.

Cuando Jerónimo vió que su esposa se dejó de mover, recuperó la erección. Era la erección más dura que había tenido en su vida, entonces violó a su esposa muerta. Tuvo el mejor sexo de toda su vida.

Cuando acabó la ebriedad había desaparecido, se dió cuenta de lo que hizo y no sintió ni el más mínimo resentimiento. Limpió todo y se acostó a dormir junto al cadáver. Por la mañana siguiente llamó a la policía, les mintió y ellos les creyeron.

Doña Lidia había fallecido por una muerte súbita.

El velorio se celebró al otro día en una casa funeraria. El calor era insoportable, nadie salía del interior de la casa por la temperatura agobiante. La noche llegó, pero el calor no arremetía a pesar de la ausencia del sol. A lo lejos, la esperanza de una tormenta de verano daba la impresión de que al día siguiente el día no sería tan pesado.

El reloj avanzó hasta la media noche, entonces el cuidador de funeraria, un hombre tosco y pequeño salió de su despacho para comunicarle algo a los presentes.

—Señores —su voz era extremadamente grave, como la de alguien que ha fumado toda su vida.

No es necesario que se queden esta noche, últimamente se acostumbra a cerrar la sala desde las cero hasta las siete de la mañana, no obstante, si alguien quiere quedarse lo puede hacer. Yo estoy en mi casa al frente, mi número está anotado en la en la heladera de la cocina. Decidan que van a hacer, pues cuando yo me vaya cierro todo para evitar robos. Nos ha pasado mucho últimamente.

El hombre se despidió, todos los presentes decidieron irse, a excepción de Jerónimo, él quería pasar la última noche con su amada y excelente esposa. El guardia volvió a explicarle las indicaciones a Jerónimo y se fue; dejándolo sólo en el recinto fúnebre.

Jerónimo no quería pasar la noche velando al cadáver, él quería poseerla por última vez. Esperó más o menos que pasara una hora, no quería que algún olvidadizo volviera por algo y lo agarrara con las manos en la masa. Alrededor de la una de mañana se acercó al ataúd y miró a su difunta esposa, solo imaginar lo que estaba por hacer lo enfermaba de excitación. Su pene se ponía durísimo, era imposible de contener. Pero todavía era muy pronto.

Se volvió a la silla que estaba al otro extremo y se sentó. Comenzó a jugar con su teléfono y sin darse cuenta se quedó dormido. De repente cayó un rayo cerca de la sala velatorio, parecía que el cielo se iba a caer y que el mundo se estaba partiendo en dos. Se despertó asustado, la electricidad se había ido, sólo unas luces de emergencia en las paredes alumbraban el recinto. Se paralizó del miedo, miro al ataúd de su esposa y le pareció que ella asomaba la cabeza para observarlo de reojo, como escondiéndose pero queriendo ser encontrada.

Jerónimo casi se cayó de la silla. Se levantó y muy lentamente caminó hasta el ataúd. Miró al interior y sintió un poco de alivio, todo estaba aparentemente normal.

Tocaba el rostro de Lidia, ya no lo soporto, necesitaba poseerla en ese mismo momento. Comenzó a quitarse la ropa, cuando otro rayo mucho más potente resplandeció en el interior la funeraria, todo se quedó blanco, por dos segundos no vió absolutamente nada.

Cuando la visión volvió el ruido que acompañaba el rayo parecía demoler el pueblo, era como si el mundo se estuviese terminando. El rayo asustó a Jerónimo, pero lo que más lo asustó fue que el cadáver de su esposa despareció del ataúd durante el resplandor. Jerónimo cayó de espalda al suelo llevándose con el ataúd. Miraba en todas direcciones, “¿donde se fue el cuerpo?”, quería gritar, pero su voz se perdía en el trayecto no podía hablar. Corrió a la cocina, tomó el teléfono e intentó llamar al guardia, pero no entendía nada, los números se transformaron en signos extraños. La piel se estremecía en un escalofrío, los ojos estaban dilatados y vidriosos, el corazón latía tan fuerte que parecía querer salir por la boca de Jerónimo; cuando de repente oyó.

—¡Ey! —el cadáver de Lidia yacía en el umbral de la puerta, su piel estaba blanca y tiesa, sus ojos eran dos bolas negras tan oscuras como una noche sin luna y sin estrellas, pero lo peor de todo era la boca. Una sonrisa maléfica se dibujaba de oreja a oreja, era como si se saliese de proporción y ocupase toda la cara. Entonces el esfínter de Jerónimo lo abandonó, se orinó y de defeco encina. Lidia comenzó a caminar hacia el lentamente, gozando que su presa no podía escapar. Jerónimo se colocó de espaldas en posición fetal, listo para gritar cuando ella lo tocara.

Por la mañana, a las siete a.m., todos volvieron a la funeraria a la espera de carroza para el posterior entierro. El guardia se dirigió a la cocina y vio que Jerónimo estaba en el piso, sucio y duro… paralizado. Una mueca de terror desfiguraba su rostro…

“Muerte súbita” le decretaron… “pobrecito, no iba a soportar la soledad” decían los vecinos consternados.