Poner límites también es dar amor

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Anoche pensaba en un diálogo que tuve con un docente amigo. Hablábamos de ortografía y yo le remarcaba los horrores con los que escribían sus alumnos en su muro. Me dijo “Es que no sabés los problemas que tienen esos chicos en casa”. Yo me pregunto: ¿Hasta cuándo la “inclusión” va a seguir siendo sinónimo de permisividad?, ¿porqué el alumno con una historia difícil debe ser excluido de seguir las reglas? ¿No nos damos cuenta que les hacemos un daño permitiéndoles todo? Sé que la docencia es un trabajo que exige mucho y también sé que los que tienen la noble tarea de enseñar, quieren hacerlo de la mejor manera. El problema viene de más arriba, de aquellos que flexibilizan las normas para algunos y terminan haciéndoles daño a todos. Cuando en la casa no hay una buena base y los niños se ven solos con todo, es ahí cuando alguien más debería poner un freno, hacerle respetar las reglas.

No se trata sólo de las reglas de ortografía (las cuales, cuando yo iba al colegio, corregían hasta los profesores de música y ahora parecen no importar demasiado); se trata del mensaje que les damos a las criaturas. Les estamos palmeando la espalda, creyendo que les hacemos un bien cuando, en realidad, el amor también se demuestra poniendo límites. Aquel que se esfuerza por ser mejor a pesar de lo que se vive en su casa, será excelente en lo que se proponga. Si no se le corrige ni una palabra mal escrita, ese niño crecerá pensando que tiene derecho de cambiar las reglas a su antojo, porque “su historia es triste”. Hay millones de personas con historias horribles, que hoy están totalmente realizadas y felices. Porque supieron vencer a pesar de las dificultades. Porque nadie les regaló nada y el mensaje siempre fue “esfuerzo y recompensa”.

Antes, a nuestros abuelos y padres, se les golpeaba en la escuela cuando hacían algo mal (hasta les ataban la mano izquierda en la espalda a los chicos zurdos, obligándoles a escribir con la derecha). Métodos aberrantes como estos son extremos y es obvio que nadie quiere que éstos regresen, pero a lo que hemos llegado hoy en día es, creo yo, mucho peor. Y con esto no justifico los golpes que daban antes, sino remarco la diferencia entre un mundo represivo y otro totalmente permisivo. Un mundo con demasiadas reglas (del cual los chicos salían sabiendo mucho, pero totalmente carentes de empatía) y este otro en el que los chicos no aprenden nada, ni siquiera las reglas básicas de conducta. Este es mucho peor, porque estamos mandando al mundo una generación de futuros líderes que creerán que se les está permitido todo.

No digo que no se los deba contener, pero contener no es sinónimo de apañar. Los límites que esos niños no reciben en casa deberían recibirlos de algún otro modo, o ese niño crecerá pensando que tiene derecho a exigir sin esforzarse, que la gente está obligada a darle todo. Ese niño crecerá sintiendo que todo le pertenece porque nadie le puso un freno. Las reglas son para todos iguales, en la escuela y en la vida. Aprendamos a respetarlas y hacerlas respetar. Yo, como madre, me comprometo a corregir a mis hijas y seguir poniéndoles límites; porque la educación comienza en casa.

Escrito por Bestabé Salomón para la sección: