Hoy es un día muy especial, puesto que se cumplen exactamente 462 años de la fundación de nuestro querido y lítico vecino del norte, San Juan, más conocido como “el departamento más feo de Mendoza” o “el patio trasero de Mendoza”.  Como hombre abocado a la cultura, historia y tradición, me he decidido a develar la verdad detrás de tan icónico acontecimiento.

En el año 1561 el adelantado Pedro del Castillo funda la ciudad de Mendoza, lugar ganado al desierto por los laboriosos Huarpes. De los 200 españoles arribados al lugar, 199 se abocaron de inmediato a dotar de la infraestructura a la naciente ciudad. Pero si han terminado la primaria sabrán que 200-199 es igual a 1, por lo que la lógica nos lleva a preguntarnos ¿qué paso con ese 1? ¿Se equivocaron al hacer la suma?, ¿enfermó el pobre español  y debió abandonar a sus compañeros? Pues no, en cada grupete hay un vivo y en este caso no era la excepción.

El “vivito” del grupo era un tal Juan Jufré, que cuando sus compañeros estaban levantando una pared, el muy culiado se ponía a hacer sapitos en el rio; al momento de inaugurar la fuente principal de donde se servirían para beber el hijo de puta la estaba meando, cuando preparaban la mezcla para unir el adobe, el chanta hacía caca ahí mismo. Pero como tenía cara de “niño”, nadie podía tomarse muy en serio el hecho de retarlo. Además Pedro del Castillo era un hombre pragmático y sabia que no estaba en condiciones de perder un hombre, por lo que se abocó a la tarea de encontrarle una ocupación, pero pronto se dio cuenta que no iba a ser tarea fácil. Juan era bastante vago, le gustaba dormir la siesta y había un dejo de envidia en lo que sus compañeros día a día lograban… y él no. Además se la pasaba tomando vino y consumiendo una extraña mezcla de agua, harina y chicharrones.

Tras meses de buscar infructuosamente una ocupación para Juan; y cuando todo parecía estar perdido, la respuesta llegó a modo de “easter egg”. Durante el almuerzo Juancito se sentó al lado de Pedro, quien cansado de tan terrible pelotudo pregunto:

– ¿Juan para que bosta servís?

– Mi papá tenía canteras, sé todo lo que hay que saber de piedras, cuando termine la conquista voy a ponerme un negocio de venta de piedras. En un buen día, puedes sacar 4000 kilos de camarones.

Si todo va bien, dos hombres trabajando 10 horas diarias…

Como estaba diciendo, el camarón es la fruta de la tierra.

Puedes tirarlas, romperlas, apilarlas.

Hay piedras chiquitas, canto rodado, laja…

…ripio, piedra pome, salteados.

… Cuarzo, granito, mármol.

– ¿Che pero sabes donde hay muchas piedras así?

– ¿No jefe, donde?

– En el norte. ¿Y sabes quienes necesitan piedras?

– No jefe.

– Nosotros.

– Ohh, ¡alguien debería ir a buscarlas!

– Podrías ser vos, ya que sabes tanto de piedras.

– Ooohhh jefe.

Viendo esta increíble oportunidad para sacarse de encima a Juancito, el señor Pedro del Castillo dispuso que se le dieran dos burros y media docena de indios para que lo ayudaran en su tarea.

– Jefe es un honor que haya pensado en mí para tan noble tarea. Pero ¿cómo sabré donde detenerme?

– Juan, Dios te enviara una señal.

El camino fue complicado, ni bien abandonaron la seguridad de la ciudad de Mendoza se encontraron con una peligrosa tribu de indígenas que los cagaron a piedrazos, mientras gritaban cosas rara que parecían insultos o groserías, estos eran los antepasados de los que hoy conocemos como “Laserindios”.  El agua era escasa y para peor en aquellos tiempos todavía no se creaban las grutitas y nadie dejaba botellas para su santo predilecto.

Cuenta la leyenda que tras 4 meses de penosa peregrinación Juan llegó a un promontorio de rocas apiladas de manera desordenada, en la cima había un chimango comiéndose una culebra; y lo entendió, ese era el lugar indicado. Juan tenía una tarea titánica por delante pero todo indica que se abocó de lleno a ella.

En torno a su figura han nacido innumerables leyendas, puesto que tras su arribo a lo que sería San Juan la ficción y la realidad se desdibujan.  Lo que está claro es que quiso nombrar al lugar como San Pedro, en honor a su jefe y a que básicamente quiere decir San Piedra.

En los años venideros Mendoza creció a pasos agigantados, nadie parecía preguntarse por aquella expedición enviada a conseguir tan preciado y escaso recurso como eran las piedras. Para sorpresa de todos, allá por el año  1600 llegaron noticias de que un asentamiento estaba cobrando vigor en el norte. Cientos de viajeros la describían como una cultura anacrónica, que basaba su economía en la extracción y manufactura de utensilios de piedra, una especie de involución hasta la edad de las cavernas. Sin dudas las particularidades de esta nueva especie atrajo la mirada de las autoridades coloniales, clérigos, humanistas, que tenían ante sí una muestra de lo que podía ser el pasado del hombre.

Si n dudas las primeras interacciones con esta primitiva cultura fueron difíciles, no conocían otro medio de comunicación que las piedras, jugaban, saludaban, e incluso se hacían cariños con ellas (situación que acarreó una acusada deformidad craneal). Pero la constancia de las instituciones occidentales logro adaptar las costumbres de esta atrasada sociedad y transformarla en la que conocemos hoy.  Con los años, se decidió honrar al verdadero fundador del asentamiento y se lo renombró como San Juan.

En honor del valeroso Juan Jufré y su gallardía, se erigió un imponente monolito en la ciudad de Concepción, pasando a la eternidad tal como vivió, cubierto de piedras.

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