Personajes familiares: el tío gorila de espalda plateada

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Cuando me animé a escribir mi primera nota, no encontraba algo para contar que fuera trágico, ridículo y gracioso a la vez.

Pensando y pensando se me vino como por arte de magia, como una especie de mensaje divino, las dos palabras que más me generan estrés: Familia Política.

Desarrollé a estos seres de una manera general, porque tengo mucho contenido para explayarme. Pero tampoco quería que se aburrieran al segundo párrafo.

Hoy elijo escribir sobre el tipo al que llamé en mi primer texto: “gorila de espalda plateada”.

Es un auténtico mono. No tiene buenos modales, es ordinario en todo sentido, machista, soberbio y extremadamente ambicioso.

Busco darle un toque de humor pero me cuesta muchísimo. Tengo tantas anécdotas deplorables que no sé por dónde empezar.

Lo conozco hacen muchos años, desde muy chica. No tiene filtro alguno a la hora de gritar, putear, hablar mal de quien sea donde sea. De niña me asustaba, ahora me da risa.

Soy una persona con ideas ecologistas y defiendo a los animales con toda mi alma. Él lo sabe así que por lo tanto se mufa de los que como yo, estamos en contra de cualquier tipo de maltrato hacia ellos. Una vez dijo que los circos eran los de antes, donde habían animales para que los chicos se diviertan viéndolos encerrados. Que los osos tienen que laburar.

Si dale, un oso laburando. Ridículo. Antes discutía, pero he llegado a un momento en mí vida en que sostengo que el boludo es boludo y eso nunca cambiará.

Le encanta llamar la atención. Puede ir desde que tengas que escuchar un pedo suyo, refregarse la nariz en la mesa, decir barbaridades como “cajeta”, “pija” y demás, hasta hacer berrinches como niño de 3 años que quiere un caramelo.

Es un niño. Pero un niño peligroso para todo aquel que lo rodea. Es raro. No te saluda aún si te pasa por al lado. Te cae con dos pares de zapatillas o un celular, pero después te manda a laburar. Porque todos somos vagos, menos él. Maltrata a quién quiere y como quiere. Amenaza a su mujer enfrente de sus suegros y nadie se mueve.

Sus hijos son los que peor sufrieron y sufren su violencia. Te pega, te revienta el seso con incoherencias y después cae con un regalo caro. Es nefasto. Demasiadas buenas personas han salido esos chicos.

Nunca lo pude sentar en una misma mesa con mi viejo. Es como juntar a Trump y a Mandela. Ni pito que ver. El tipo es capitalista a un nivel tan extremo que su familia le importa tres carajos. La guita es lo único que perdura, los hijos que se las arreglen con un psicólogo. En cambio mi padre, que nada más lejos está de ser perfecto, es una persona tan diplomática que te duelen más sus “charlas” a que te cague a trompadas. Es cariñoso, dulce, confidente, correctísimo, amable, un caballero. Lo quiere y lo respeta todo el mundo. En cambio al mono, nadie. Y con esto quiero decir, que el respeto se gana con respeto no con miedo y violencia.

Por supuesto dediqué muchas sesiones de terapia para tratar de entender como puede ser que yo haya caído en esta situación en la que un grito y un insulto del peor nivel en un almuerzo de domingo supuestamente, es algo normal. Chicos yo soy un ser puro, celestial, una auténtica mártir. Así es que lo único que puedo concluir, es que me esperan muchos años más con mi psicóloga. Caso contrario, ya hubiera cometido un homicidio.

Ahora tengo el diálogo completamente cortado con él. Porque entendí que no tengo la necesidad de tolerar sus comentarios, sus chistes de macho, sus insultos, sus atropellos y que le importe un pedo que su nieto esté presente. Cuando estaba embarazada me quiso elegir obstetra, después pediatra, guardería, y jardín. Una invasión tan agotadora que a veces deseo ganarme la lotería y retirarme hacia el continente vecino para no verle más la caripela.

Por el momento solo puedo seguir luchando por mis convicciones y creencias. Nunca bajar la cabeza ni ceder ante la violencia y el odio. Soy una histérica, pero no busco otra cosa en mi vida y en la de mi hijo que el amor.

El amor nos va a salvar de este mundo oscuro y cruel.

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